Entre el odio y la razón

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Mucho se ha hablado de que el principal motor que anima mucha de la actividad de redes sociales, define el sentido del voto y establece el tono de la conversación pública es el odio. Odiamos a quien piensa diferente, lo señalamos y lo atacamos como se hace con un enemigo al que hay que exterminar. Los miembros de los distintos partidos políticos señalan lo equivocado que están sus adversarios y los ahora defensores o antagonistas de la 4T muestran el desprecio que tienen por quienes son sus contrarios, todo en un ambiente en el que el odio es el principal ingrediente.

Ódiame sin medida ni clemencia

Odiar es parte de nuestras actividades cotidianas. Se ve en actividades incluso triviales como podría ser la afición a un equipo deportivo, aunque uno de éstos ha he hecho del lema “ódiame más” una muestra de su personalidad.

El problema es que a diario tenemos que lidiar con esto, incluso en la calle en donde los automovilistas, ciclistas o peatones parecen mostrar este sentimiento hacia los demás.

El ambiente de polarización que vivimos en el país, en el cual los adversarios de algún gobernante pueden recibir desde etiquetas usadas antaño hasta calificativos bastante graves como desestabilizadores y otros parecidos, muestra también como el odio es el motor que mueve muchas de estas frases.

Ni que decir de las redes sociales, terreno en el cual cualquier periodista puede recibir expresiones insultantes ya sea que critique al presidente en turno o si reconoce algún acierto que tuvo.

Se ha dicho mucho que el voto en la pasada elección presidencial estuvo motivado por el odio que se sentía a cierto sector de la clase política gobernante, aunque ésta no se diferencie mucho de la actual, por lo que no es extraño escuchar desde condenas hasta deseos de que pasen a mejor vida sin presentar alguna prueba de culpabilidad.

Así, en estos tiempos en los que para muchos cualquier cosa es motivo de reprobación y ataque, lo que priva en el ambiente público es ese sentimiento de que es necesario odiar a los adversarios.

Y hay todo un catalogo que muestra como el odio se ha colocado en un lugar importante en nuestra sociedad actual.

Para los de la izquierda lo peor es ser de derecha y viceversa. Muchos hablan de cómo es necesario acabar con estos adversarios, incluso se pueden leer una multitud de artículos señalando como es necesario terminar con este tipo de sectores políticos, aunque se repruebe al mismo tiempo el camino a una dictadura.

¿Hasta dónde podemos llegar si la política, por citar un ejemplo, está inmersa en un ambiente de odio? Sin poder dar una respuesta concreta a esta interrogante, lo que es seguro es que lo que no se tendrá es una solución a muchos de los problemas que tenemos como país, pues si para encontrarla se necesita del concurso de todos gracias a este odio se genera una exclusión de quienes piensan diferente y podrían aportar algo a este tipo de soluciones.

Otro problema derivado de todo esto, es que nos estamos acostumbrando al odio. En marchas podemos apreciar como algunos de los asistentes dan rienda suelta a sus impulsos violentos, pues consideran que es necesario mostrar su odio incluso al mobiliario urbano o la propaganda de los candidatos rivales.

Mucho se ha presumido de la pluralidad que existe en el país, de la diversidad que enriquece nuestra cultura y de la tradición de la cual proviene, pero a últimas fechas ya se han visto expresiones de odio a los primeros españoles que vinieron a lo que ahora es México, incluso alentadas por una misteriosa carta que exige una disculpa por lo cometido hace siglos.

También tenemos sectores que culpan, en una generalización que ya es preocupante, a quienes –según sus designios– son los culpables, así no falta en una manifestación a favor de los derechos de las mujeres quien pida matar a los hombres o en un tuit en el que se critica al presidente, quien pida cerrar la cuenta o eliminar a quien está en contra del mandatario.

Cabe recordar aquellos mensajes en los que se festinaba la ocurrencia, luego del accidente aéreo de German Wings en Europa, de quien pidiera un piloto depresivo para el avión presidencial o quien preguntara a que hora sale el fan del actual gobernante que emulara al que mató a John Lennon.

Y es que parece ser que hemos renunciado a la capacidad de razonar –y con ella a la tolerancia–, para entender que otros pueden tener puntos de vista o preferencias distintas a las nuestras, pero que eso no los hace ni nuestros enemigos, ni despreciables, ni motivo del odio que llevamos dentro.

Razonar es la solución para salir de este entorno en el que nos encontramos y buscar soluciones entre todos, pensando antes en la necesidad de alcanzar consensos –eso que tanto le gusta presumir, pero sólo de dientes para afuera, a muchos políticos–, pero que en la realidad no se tienen a pesar de que son necesarios y que, como dice la canción, “si me odias, quedare yo convencida que me amaste, mi bien, con insistencia, pero ten presente, de acuerdo a la experiencia, que sólo se odia lo querido” (escuche la versión de Estela Núñez).

@AReyesVigueras