Los elogios a la guerrilla; la nueva moral

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Todo comenzó con el diagnóstico, aparentemente personal y exaltado, de un historiador afín a la IV-T, Pedro Salmerón, quien desde el Instituto de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, elogió la valentía de los (jóvenes) asesinos de Eugenio Garza Sada (en el lenguaje de esta “izquierda”, la palabra joven es un adjetivo siempre elogioso).

A pesar de haber hecho el servicio de sembrar el elogio en el lenguaje oficial, Salmerón fue retirado del cargo, como el disciplinado bateador a quien el manager envía a la jugada de sacrificio para permitir la entrada de una carrera. Estrategias del beisbol.

Después vinieron las semanas de conmemoración del “2 de octubre” y todas las demás causas inaplazables: el rabioso feminismo incluido. La constante fue, la simbiosis entre el gobierno y la protesta “social”. Lo incivil, no quita lo social.

Luego el premio a quienes de manera alevosa secuestraron durante días enteros a los choferes de autobuses en el Estado de México, para presionar hasta conseguir todo cuanto en el campo cómodo y mediocre del pase automático y otras lindezas, quisieron los vándalos de la escuela normal rural “Lázaro Cárdenas”, de Tenería.

Esa escuela, como todas las demás normales rurales, es una academia subversiva, como “El Mexe”, en Hidalgo, o la “Isidro Burgos” de Ayotzinapa. Ahí se forman los grupos de choque del neosistema.

Pero la guerrilla, egresada en los años setenta, cuando los actuales hombres del poder incubaron el germen de la “guerra sucia” (como se le llamó a la respuesta estatal ante el desafío armado), también tuvo sus aulas en Ayotzinapa y sus mejores alumnos fueron Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, a quienes ahora el jefe del Estado cubre de elogios por su actitud y hasta los coloca en un plano comparativo junto a los insurgentes del siglo XIX, lo cual es—con todo respeto—, una exageración monumental. Como Pedro Salmerón con el comando criminal de la “23 de septiembre”, autor de aquel ya dicho, y otros crímenes menos notables.

“…Es cosa de que se piense en Juan Álvarez, en los Hermanos Galeana, en los que participaron durante la Revolución Mexicana, guerrerenses… incluso que se piense también en Genaro Vázquez Rojas —“duro” gritó un hombre—, en Lucio Cabañas, porque ellos en ese entonces tomaron la decisión de cambiar una realidad de injusticia y opresión con las armas”.

“Comentó (La Jornada. 9 de septiembre) que Miguel Hidalgo y José María Morelos y Pavón “los dos no querían la violencia, eran sacerdotes; (Benito) Juárez, tampoco. Francisco I. Madero, menos, era pacifista pero miren lo que hizo: convocó al pueblo a tomar las armas para el 20 de noviembre de 1910. ¡Imagínense, un hacendado, una gente con dinero! Su familia porfirista”.

Y tras este arranque de entusiasmo, en el cual Vásquez Rojas y Cabañas son equivalentes a Hidalgo y Morelos, muy poco se puede agregar en cuanto al criterio reduccionista de la historia por parte de nuestro Señor Presidente. Una vez más, con todo respeto.

Y quizá como cereza en este indigestible pastel, la Presidencia decide otorgarle la medalla Belisario Domínguez (la devaluada presea supuestamente conferida por el Senado) a Rosario Ibarra de Piedra, cuyo hijo fue desaparecido tras participar —precisamente— en el fallido secuestro y cumplido homicidio de Garza Sada.

Quizá sea por una reminiscencia de sus lecturas juveniles (cuando El Ché fracasó en Bolivia y fue ejecutado, nuestro actual Señor Presidente tenía 13 años de edad), pero las comparaciones con el binomio Cabañas-Vásquez Rojas, parecen extraídas de estos añejos y fracasados conceptos:

“…—¿por qué lucha el guerrillero?

“Tenemos que llegar a la conclusión inevitable de que el guerrillero es un reformador social, que empuña las armas respondiendo a la protesta airada del pueblo contra sus opresores y que lucha por cambiar el régimen social que mantiene a todos sus hermanos desarmados en el oprobio o la miseria. Se lanza contra las condiciones especiales de la institucionalidad de un momento dado y se dedica a romper, con todo el vigor que las circunstancias permitan, los moldes de esa institucionalidad… (Ernesto Guevara, Guerra de guerrillas, Proyecton Espartaco).”

 

PUEBLA

Bien podrían Javier Jiménez Espriú, el elocuente secretario de Comunicaciones y Transportes, y su escudero, don Alejandro Morán, tirar a la basura ( si no están ya ahí)  sus investigaciones sobre el accidente mortal de los Moreno Valle.

Con la delicadeza de su alta cultura, el gobernador morenista de ese estado, Miguel Barbosa ha descubierto las causas del accidente: Dios los castigó y los mató, por una fraude electoral previo.

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