¿De quién es la Suprema Corte?

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La escandalosa renuncia de Medina Mora es una advertencia y también un dechado de oportunidades. La advertencia echa por tierra lo que el Poder Judicial al completo niega y reniega de ello más veces de las necesarias: que no hay corrupción ahí y reafirma lo sucedido entonces, que sí la hay y es de altos vuelos. Ya no merece callarse.

Sí, porque nadie renuncia a la Corte nada más porque sí. Ni siquiera Medina Mora. Ni siquiera para lavar su nombre y ni siquiera para darle gusto a un presidente, como trasnochados lo afirman sin pruebas. Después de todo a Medina Mora se le señala desde el exterior por transferencias que minimiza, que involucran a Gran Bretaña y Estados Unidos, donde fungió inexplicablemente como embajador.

Inexplicablemente porque perfil de, jamás lo tuvo, tampoco. Desde allá llega el señalamiento. Lo demás parece ya ser lo de menos.

Y se calla las razones el conspicuo personaje. No se renuncia nada más para hacer que valgan las palabras de Lucha Villa, la reconocida cantante vernácula: “No discutamos, porque después de la primera discusión hay muchas más, hoy terminamos…”.  Palabras sabias que describen un silencio del desprestigiado exministro que calló sus razones de renuncia. Vergonzante renuncia. La Nación debería de sonrojarse ante semejante sujeto. Y en su bochornoso actuar enloda el nombre de la Suprema, no hay remedio en ello.

La Suprema Corte cual garzopeta, parada sobre una pata, no es que se tambalee, pero en cambio decirle ¡ya basta de tanto retozo a la vista de una Nación entera que le paga el sueldo!

¿Quiere alguien quedarse con la Corte? Ahí está el ministro Zaldívar evidenciando en programa nocturno estelar, a toro pasado, a Felipe Calderón por ir presionándola, sin necesidad de poner ministros cómplices o a modo. Porque solo un iluso se traga que a la Corte solo se la domina colocando ministros a modo. Aunque uno a modo y de los graves, Medina Mora, dicho sea. Uno que renuncia y a saber si antes de ser evidenciado, delatado, acaso. Uno que se va y así debe de ser, sin pensión ni nada, como le pasaría a cualquier ciudadano de este país. Uno, Medina Mora, que al renunciar nos ahorra su juicio político de
desafuero. Al renunciar lo pierde ipso facto, admitida la renuncia en la cámara alta.

Las oportunidades derivadas de esta infausta renuncia, son muchas: 1) Poner ahora sí, a un ministro con trayectoria judicial y no a uno como Medina Mora. 2) Poner a un ministro probo, reconocido, no como Medina Mora. 3) Poner a una mujer ¿Qué no las hay de trayectoria judicial? Desde luego que sí. Si bien el gobierno de López propuso a una, en su
gran mayoría son varones los que alzan la mano. La Corte sigue cual Club de Toby en manos de 9 varones frente a 2 mujeres. Por supuesto que sería sano revertir esa mayoría y cierto es que hay más mujeres en el ámbito jurídico que solo las dos que figuran allí. Amén de que hay más mexicanas que mexicanos. La paridad es deseable. Desde luego que sí. Y 4) Para abrir una urgente investigación exhaustiva al exministro, atendiendo las investigaciones en su contra en el extranjero. Y las que aquí se hallaren.

¿Ministros a modo es lo que viene? Nombre usted un presidente que no lo hizo y todos lo negaron. Y por supuesto que la quemada de Medina Mora salpica a los que lo propusieron y a los que lo impusieron. Aquí, en este espacio se dijo entonces que no era la persona idónea. Ya se vio lo certero del veredicto.

Entrando a los detalles, para análisis certeros quitémonos de la cabeza que López Obrador se apodera de la Corte con cualquier candidato que proponga o que si ya somos Cuba y zarandajas similares. Vayamos serios al análisis.

Ningún presidente nombró candidato a ministro que le fuera ajeno. Ninguno. La respuesta entonces no es política, sino jurídica. 15 años en el cargo –cuando no deben de salir por la puerta trasera como Medina Mora– daban para que si bien el de turno le deba favores al de
turno, se fuera alejando la relación ministro-presidente de la República según pasaban los años y los sexenios. Se alejaban de su esfera de influencia. Y así ha sido en gran medida, aunque Medina Mora ya se ve y ya se sabe, que prefirió seguir sirviendo al PRI, pese a que su carrera pública se la debe más al PAN.

Así, da igual si el que llega al cargo lo hace por  López. A López Obrador no le alcanzará el sexenio para controlar la Corte, si se trata de que coloque ministros afines. Solo su reelección lo propiciaría. De lo contrario, el calendario no da. La renuncia de Medina Mora advierte que nadie es eterno y que la Corte tampoco es de nadie y a lo más, de los ciudadanos que la pagan y tantas veces igual la sufren. La Corte no pertenece a ningún presidente y todos la han influido con sus intereses. Así de sencillo, así que ni rasgarse las
vestiduras.

Si Medina Mora no enuncia las causas graves que la Constitución mandata pero no describe ni detalla, para apartarse del cargo, difícilmente otros podrán dilucidarlas. No les corresponde, sino atenerse a los hechos. La Carta Magna es omisa al decir qué son y cuáles aquellas causas graves de renuncia. Pues eso. Si no las enlistó Medina Mora, el aludido, el susodicho…los demás a callar. Después de todo es su decisión frenar su huida, una pestilente, justo lo que el Poder judicial no requiere en este momento y ahora tiene para que sea una mancha más al tigre. Retenerlo carece de sentido, admitirle marcharse, beneficia a la Corte de todas, todas.

@marcosmarindice