Más del culto a la personalidad

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Sigo con la reseña del fascinante libro de Frank Dikötter que empecé la semana pasada sobre la adoración popular que concitan todos los líderes autoritarios, ilustrada por ocho prominentes dictadores del siglo XX.

El común denominador que encuentra es que el culto a la personalidad creado por el líder autoritario no se construye para convencer o persuadir sino para “sembrar confusión, destruir el sentido común, imponer una obediencia ciega, aislar a los individuos y aplastar su dignidad.”

La admiración desmedida de los seguidores del líder se nutre de su ubiquidad, al estar constantemente ante “su” pueblo en los medios de comunicación, con una frecuencia inverosímil, sonriendo, regañando, acusando o dando lecciones de todo, desde recetas de cocina hasta clases de moral y economía.

Tras estas imágenes están las tóxicas campañas de desprestigio contra sus “adversarios,” que de inicio son culpados de cualquier crímen, casi siempre fabricado, y sufren el exilio o la cárcel, pero conforme se consolida el dominio del líder sobre los poderes y las entidades autónomos, suelen tornarse letales.

Sin el escrutinio y los frenos que proporcionan congresos plurales, un poder judicial independiente y una prensa libre de presiones, muchos suelen morir a resultas de la locura dictatorial, como la campaña colectivista de Stalin (6 millones), el Gran Salto Adelante de Mao (entre 18 y 56 millones) y su Revolución Cultural (2 millones). Colofón: “a creciente miseria, más ruidosa propaganda”.

Otro tema que aparece recurrentemente en el texto es la corrupción del idioma por parte del líder, pero también de sus serviles aduladores. Scînteia, diario afín al régimen del dictador rumano Ceaușescu, lo comparaba con “Julio César, Alejandro Magno, Pericles, Napoleón, Pedro el Grande y Lincoln.”

Los tiranos que estudia el autor despliegan una acusada habilidad histriónica pues se encuentran actuando cada vez que aparecen ante un micrófono y en sus interminables y bien coreografiados “baños de pueblo,” y son capaces de fingir todas las emociones, desde la comedia y la desilusión, hasta la furia desbordada.

En ello también recurren a reescribir la historia de forma que de sustento a su narración política. El caso de “Papa Doc” Duvalier en Haití es paradigmático: gustaba de disfrazarse como el espíritu del Vudú, con levita negra, sombrero de copa y anteojos obscuros, como los hounganes de ese culto.

Dikötter concluye que los caudillos que examina alcanzaron un éxito tan efectivo como turbador alentando el culto a su personalidad con una mezcla de demagogia, relatos históricos amañados, escenarios muy cuidados en sus actos públicos, una propaganda engañosa e incesante, y escondiendo su verdadera persona tras una cortina de leyendas inventadas por ellos mismos.

Es alarmante que recién publicado este fascinante relato del siglo pasado, apenas en la segunda década del actual ya haya suficiente material para una secuela, con zafios líderes que aspiran a emular a aquellos tiranos.