Dos discursos, la misma congruencia

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Dentro de algunas décadas, cuando lo que hoy vivimos sea historia nacional, López Obrador no será recordado como un político de izquierda, sino como el último líder de masas del Nacionalismo Revolucionario. De nosotros dependerá si pasará a la posteridad por otras cosas que deseemos o no. El ejecutivo ha trabajado su imagen por décadas para convertirse en el “hombre de la profecía” que el PRI nos enseñó a esperar: alguien desinteresado, humilde y austero en apariencia y con un amor tan grande a México que nos salvaría del estado de postración en el que nos encontramos por su propia presencia y voluntad.

Bajo este entendido, se pueden desprender dos discursos. El primero es marcar una visión teleológica de la historia a partir de su figura. Para ello ha tomado la historiografía oficial, adaptándola a su narrativa personal. El mejor ejemplo es la expresión: “Cuarta Transformación”. Se toman los tres ejes del discurso de legitimación priísta (independencia, reforma y revolución) y se le agrega una nueva: el triunfo de López Obrador.

Amparado en esta interpretación, ha legitimado muchas decisiones buscando al mismo tiempo acabar con símbolos y rituales de administraciones anteriores. De hecho, es imposible entender una decisión como la cancelación del NAIM si no fuera por ese afán. En esta misma línea están disolver el Estado Mayor Presidencial, terminar lo que llama “privilegios” de altos funcionarios o instaurar nuevas efemérides. Sin embargo, decisiones como ésta sólo tratan de instaurar un nuevo discurso de poder.

Por otra parte, el segundo discurso busca reforzar los lugares comunes del Nacionalismo Revolucionario como herramientas de gobernabilidad. Se nos enseñó que los mexicanos estábamos predestinados a tener traumas históricos que nos hacían diferentes del resto del mundo. Por eso lo que nos pasaba era parte de nuestra esencia y en consecuencia teníamos el gobierno que nos correspondía. Al inculcarnos la fatalidad se nos liberaba de toda responsabilidad por cambiar el estado de las cosas. «Al fin y al cabo… pa’ qué… viva yo y mi desgracia», era la conclusión.

En ese sentido López Obrador es hasta continuador de muchas declaraciones de Enrique Peña Nieto. Por ejemplo, en septiembre de 2016 el hoy ex presidente había dicho que la corrupción era cultural y que todos éramos parte del problema. Aunque la intelectualidad hubiera aplaudido algo de ese estilo en las administraciones de Echeverría o López Portillo por mostrar una “visión cosmogónica brillante”, en ese momento diversas voces se alzaron para exigir mayo transparencia y rendición de cuentas.

Sin embargo, nadie parece dar un mensaje alternativo claro ahora que se corre un riesgo de regresión. Fiel a su discurso, el ejecutivo habla sobre cómo la corrupción ha desaparecido, pues la ha eliminado “como se barren las escaleras”, cuando en realidad todo avance en materia de combate a la corrupción y la rendición de cuentas es resultado de acotar a los gobernantes y obligarlos a rendir cuentas. De esa forma, no solo está reeditando al Nacionalismo Revolucionario, sino le da un giro que lo culmina: la redención nacional sólo puede darse a través de su figura, apoyado en un discurso moralizante y con ello desempoderando al individuo, despojándolo de su visión ética y su responsabilidad.

A partir de esta intención se pueden entender la intención de abrir canales de televisión a iglesias evangélicas, la distribución de la Cartilla moral, debilitar órganos autónomos hechos para prevenir y evitar la corrupción o ataques a figuras que posibilitan la rendición de cuentas vertical como la posibilidad de reelección inmediata de legisladores y autoridades municipales.

Lo preocupante es que quienes postulan una narrativa de empoderamiento ciudadano y rendición de cuentas sigan sin entender que su reto principal es movilizar emociones y representar una alternativa, en lugar de la simple oposición. Muestra de ello es la poca reacción que generaron las burlas del ejecutivo a la organización Mexicanos contra la corrupción y la impunidad: bastó con que López Obrador hablara de los enemigos que ha creado en su discurso como Claudio X. González para que la burla se hiciera viral.

Detrás de esto hay una falla de activistas, políticos, académicos, líderes de opinión y think tank a lo largo de 30 años, de tal forma que el discurso atávico está ganando terreno. No entender en qué se falló y seguir adelante como si nada hubiera pasado hace que el debate se polarice entre creyentes de uno u otro bando, en vez de generar un discurso que realmente abone a la consolidación de una democracia.

@FernandoDworak