Salmerón y guerrilla: tiene sentido

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El debate sobre la guerrilla 1965-1983 no obedeció a un error de sentido común de Pedro Salmerón como director del Instituto Nacional de Estudio de las Revoluciones de México. En esa institución, precisamente, se debió de estar cocinando el acomodamiento de la Cuarta Transformación entre las tres revoluciones del pasado.

Toda nueva fase histórica tiene, de modo natural, que ajustar sus coordenadas. Y no es casual que el debate sobre la guerrilla de la Liga Comunista 23 de Septiembre y su choque violento con el empresariado mexicano en 1971 se haya cruzado con el ambiente de la 4T que no lleva buenas relaciones con el sector privado.

La historia –Marx completando a Hegel– se presenta como tragedia y suele repetirse como farsa. Pero lo único que quedó claro de ese incidente fue el hecho de que Salmerón tuvo que renunciar a su cargo y el empresariado regiomontano recibió explicaciones debidas de que aquellos recuerdos no tenían que ver con el actual presidente López Obrador, quien por cierto en 1973 estaba a punto de afiliarse al PRI después de terminar sus estudios en Ciencias Políticas, comenzando su militancia priísta real en 1975.

La guerrilla mexicana 1963-1983 no fue una acción desesperada de los jóvenes ante las pocas opciones políticas, como dicen hoy los que la justifican. La guerrilla fue una opción asumida a partir de la reflexión marxista de las revoluciones socialistas y del ejemplo de la Revolución Cubana que comenzó con el asalto al Cuartel Moncada en julio de 1953. Los jóvenes revolucionarios tomaron las armas como primera decisión e irrumpieron en la violencia política: asaltos, secuestros, rehenes, crímenes y choques a balazos contra las fuerzas de seguridad para cambiar el régimen priísta.

El sistema priísta no entendió la lógica de la guerrilla: de 1952 a 1983 la estructura de la política de razón de Estado que justificó la respuesta violenta del gobierno estuvo dominada por Gustavo Díaz Ordaz desde la Secretaría de Gobernación: los sexenios de Ruiz Cortines, López Mateos, el propio, Echeverría y hasta el de López Portillo. La línea dura de la represión se agotó en 1983 con la liquidación de la guerrilla.

La Liga Comunista 23 de Septiembre nació del asalto al Cuartel Madera justamente el 23 de septiembre de 1965; fue una guerrilla armada, ultraizquierdista, de conquista del poder por la fuerza y después sólo irracional y violenta. La línea no-armada hacia el socialismo la mantuvo el Partido Comunista Mexicano con críticas a los radicalismos armados, aunque con apoyos solidarios a la guerrilla. La opción de la Liga se terminó en 1978 con la legalización del Partido Comunista y su participación en elecciones en 1979 con 5% de votos, poco más de 700 mil.

La guerrilla fue aplastada por la fuerza legal e ilegal del Estado; en 1983 el salinismo llevó al país por los caminos del neoliberalismo. Y hoy López Obrador y su coalición dominante –amorfa, de alianzas con los extremos de la izquierda y la derecha– está padeciendo la falta de acuerdos plurales al interior de Morena.

El tropiezo de Salmerón no pudo abrir el debate sobre los pasivos de la guerrilla-represión, pero sí dejo claro que la prioridad de la 4T no es el ajuste con el pasado sino un acuerdo productivo con los empresarios.

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