Orwell y el 68

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I know it is the fashion to say that most of recorded history is lies anyway. I am willing to believe that history is for the most part inaccurate and biased, but what is peculiar to our own age is the abandonment of the idea that history could be truthfully written.

George Orwell

En 1943 George Orwel expuso en su texto Looking Back on The Spanish War un problema fundamental en la creación e impulso de un discurso histórico: la historia sobre la guerra civil española se estaba escribiendo no en términos de lo que estaba pasando, sino de acuerdo con diversas líneas partidistas. Lo anterior le parecía aterrador, pues le daba la impresión no solo de que la verdad objetiva estaba desapareciendo, sino que las mentiras que circulaban podrían pasar a la historia.

Esto planteaba una pregunta de origen, que negaban los regímenes fascistas: ¿existe la verdad? Si había un afán por controlar el pensamiento de la gente, lo que era verdadero era lo que decía el régimen. El reto para ellos, entonces, era no solamente controlar el futuro, sino también el pasado. Vemos aquí una idea que desarrollaría años después, en 1984: el interés de los aparatos estatales no solo por eliminar los registros contradecir la narrativa del poder, sino por reescribir los oficiales de manera constante, con el fin de reforzar una decisión: quien controla el pasado, controla el futuro.

¿Qué salida puede haber? Según Orwell, si todo régimen busca narrar la historia en sus términos, es indispensable conservar los registros de los eventos, para que los historiadores puedan usarlos en el futuro para contrastar las versiones oficiales. Lo anterior puede aplicarse a todo gobierno, toda vez que es una tarea fundamental el definir un discurso de legitimidad.

El actual gobierno tiene un especial interés en definir su propia narrativa, algo que no se había hecho en los últimos treinta años. Fuertemente basado sobre los cánones, prejuicios y lugares comunes del Nacionalismo Revolucionario, está incorporando una visión selectiva sobre los movimientos sociales de mediados del siglo pasado.

Por ejemplo, aunque el ejecutivo fue omiso el 10 de julio durante la conmemoración de la matanza de Corpus, sus voceros fueron activos el 23 de septiembre, fecha donde se conmemora el inicio de las guerrillas mexicanas. Es decir, hay facetas y luchas que le son afines, aunque sea por evocación romántica, como las guerrillas, mientras las movilizaciones de estudiantes podrían serle inclusive o quizás hasta estorbosas para su nueva narrativa. O en palabras de Marco Rascón en su cuenta de Facebook: A como va la historia de la 4T, los asistentes al mitín el 2 de octubre del 68 fueron los asesinos y el gobierno fue la víctima.

Pero, ¿qué hacer del 2 de octubre? ¿Sigue vigente o deberíamos olvidarlo? ¿Qué representa, si acaso algo? Mucha gente ha intentado usarlo para sus intereses y narrativas, desde el plagio que Elena Poniatowska hizo de los testimonios de Luis González de Alba, pasando por líderes que en realidad tuvieron un papel secundario que han vivido lucrando del recuerdo, hasta idealizaciones new age como el libro de Regina, escrito por Antonio Velasco Piña.

En lo personal, reconozco al 2 de octubre como el punto de inflexión del régimen de posrevolucionario: aunque el crecimiento a raíz del “milagro mexicano” no fue tan grande como el de otros países con economías más abiertas, había creado una burguesía que no se veía identificada con los viejos pactos corporativistas existentes. Lejos de poder cooptar o asimilar como hacía y atrapado en una movilización poco cohesiva, intrigas al interior del gabinete, un entorno internacional marcado por a guerra fría y sus prejuicios y la premura por los juegos olímpicos, el gobierno optó por reprimir sangrientamente.

El 2 de octubre definió un antes y un después para la gobernabilidad: el régimen mostró una cara autoritaria de la que él mismo se asustó tanto que el uso de la fuerza pública es un tema casi tabú al día de hoy. Las presiones llevaron no sólo a nuevos movimientos clandestinos, sino a presiones por la democratización que comenzaron a concretarse a partir de 1977, aunque con el control del sistema. Y el acto permanece hoy, como una escena casi mitológica que nadie tiene la capacidad de revisar, cuestionar o siquiera analizar con mesura.

Veamos si la desclasifiación de archivos ayuda a abrir una nueva narrativa o perpetuar el tabú, aunque fuese ligeramente modificado al interés del régimen.

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