El triunfo de la posverdad

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Aunque todos sabemos que no existe la magia y que todo se basa en la distracción y la prestidigitación, a muchas personas nos gusta ver espectáculos con magos. Podemos conocer incluso la mayoría de los trucos y adivinar en qué podrían consistir los otros. Sin embargo, aún ese conocimiento no puede reemplazar a la habilidad del ejecutante: eso es lo que hace emocionante verlos una y otra vez.

Algo similar sucede con López Obrador. Su discurso es predecible: una mezcla de nacionalismo básico apegado a los cánones del nacionalismo revolucionario, mezclados con altas dosis de victimización y una retórica mesiánica y polarizante. También, como sucede con otros líderes populistas en todo el mundo, ha tenido la habilidad de lucir auténtico frente a élites políticas anquilosadas, impulsando ya desde el poder una serie de reformas simbólicas y protocolarias que marcan una distinción entre su gobierno y un “viejo régimen”. Pero aún así nadie ha logrado atajarlo en tres décadas, menos aún presentar una alternativa clara, viable y atractiva a lo que propone.

Acabamos de ver cómo el ejecutivo volvió a hacer su truco con el primer grito de independencia que dio desde el Palacio Nacional, convirtiendo en un evento partidista lo que debería ser una fiesta para celebrar nuestra unidad como país. ¿A cuáles trucos recurrió para volver a hacer su magia?

Primer acto: romper protocolos. Como ha hecho desde el inicio de su administración, la mejor forma de implantar una noción de legitimidad es rompiendo con las formas del pasado. Eso ayuda hacer que el líder luzca “auténtico” y por ello igual al resto de la gente “de a pie”. En este caso, el anuncio de que la ceremonia no consistiría en una cena fastuosa y que sólo habría antojitos y aguas frescas.

Esta ruptura de protocolo alimentó a su vez a la posverdad de sus seguidores: gracias a gestos como éste, tienen al mejor líder de la historia del país; sin importar que eso sólo se puede definir con un legado y una vez terminado el mandato. Se pueden añadir detalles como el anuncio de que en esta ocasión no habría “acarreados”, o circular en redes imágenes de militantes que refuercen este discurso de felicidad y redención.

Segundo acto: generar expectativas. El mejor recurso para generar una expectativa es despertar la imaginación de un público. Para este caso, tenemos el anuncio de que el ejecutivo gritaría 20 “viva” durante la ceremonia del grito. Bastó con ello para que las redes sociales especularan por horas, algunos haciendo mofa, otros soñando con las alusiones y otros más rememorando los excesos y ridículos de otros presidentes.

Tercer acto: romper expectativas, confirmándolas. Si el protocolo está roto, hay multitudes esperando un evento que los reivindique y la especulación sobre lo que va a decir se encuentra al pleno, es virtualmente imposible no tener éxito. En este caso, una ceremonia aparentemente austera desvió la atención al hecho de que el único protagonista fue el presidente, seguido por su esposa. Las multitudes vivieron en pleno su posverdad, ya sea a favor del régimen o en añoranza hacia otros gritos de ejecutivos anteriores. Sobre todo, los “viva” se discutieron a partir de las expectativas que propios y extraños se habían hecho a partir de lo que habían imaginado horas antes, alabándolas o reconociendo que el ejecutivo no se habría sobrepasado según el caso.

El saldo final: una vez más se partidizó una ceremonia cívica que debería celebrar nuestra identidad en vez de segmentarla por razones políticas. Y todo se hizo a partir de los mismos elementos simbólicos y discursivos que hemos visto a lo largo de décadas.

Mientras tanto, y como ocurre en todo acto de magia, la prestidigitación logró que no prestemos atención al fondo: la agenda pública y su problemática. Chapeau.