Slim, empresario paraestatal

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Dicen los que lo vieron de cerca que el empresario Carlos Slim Helú tenía cierta dureza en su rostro el día en que estuvo en la conferencia mañanera del presidente López Obrador en que se dio a conocer la solución al conflicto de gasoductos. Pero que poco a poco se fue relajando. Al final, con sonrisas, declaró que no importaba si el país crecía al 0% al 2%, sino que asunto estaba en invertir… y aumentar utilidades de sus empresas.

Slim no es cualquier empresario. Sus datos de riqueza registrados por la revista Forbes hablan por sí mismos:

* 64,000,000,000 de dólares, 64 mil millones de dólares.
* Quinto hombre mas rico del mundo, poco más de la mitad de los 124.7 mil millones de dólares de Jeff Bezos, dueño de Amazon.
* Primera fortuna de los ricos de México.
* Casi cinco veces la riqueza del número dos en la lista: Germán Larrea, 13 mil 300.
* En pesos, la fortuna de Slim suma casi el 5% del PIB nominal de 2019.

Nacida su riqueza al amparo de las privatizaciones del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, sobre todo Teléfonos de México, Slim ha sido un empresario inmensamente rico, pero pobre en poder político y empresarial reales. El gobierno de López Obrador canceló la construcción del aeropuerto internacional en Texcoco donde Slim tenía una gran inversión, pero luego de un litigio logró mantenerse en el negocio de los gasoductos de la CFE.

Obligado por los estilos políticos mexicanos, Slim tuvo que estar en Palacio Nacional en el anuncio del fin del conflicto con CFE y al final mantuvo las expectativas de utilidades de sus obras. Hasta ahí había sido lo normal en esos estilos de negociación política de contratos con el gobierno. El plus que dio Slim fue su apoyo al modelo de participación privada en obras de gobierno: el espaldarazo político al presidente de la república en el debate del PIB de 2019, pues la meta oficial de 2% no se va a alcanzar y las tendencias a la baja lo ubican en 0.5%… y disminuyendo.

Ningún empresario del mundo puede ser capaz de usar la argumentación dialéctica de Slim: no importa si creceremos al 2% o al 0.5%, sino que lo importante es invertir. El punto fino del asunto radica en que miles de empresarios no contratistas del gobierno dependen de las expectativas del crecimiento económico, en tanto que los empresarios de contratos gubernamentales van a negocios seguros porque dependen de la voluntad del gobierno y de los recursos presupuestales.

El Slim paraestatal siempre ha negociado su apoyo al gobierno en tanto le vaya bien con sus contratos gubernamentales; se molestó mucho cuando López Obrador canceló las obras de Texcoco, pero mantuvo un sospechoso silencio porque estaba defendiendo otros contratos de obra pública. Sus palabras de apoyo en Palacio Nacional deben ser leídas como las de un beneficiario de contratos gubernamentales.

Slim nunca se ha destacado por ser un empresario militante, con intereses políticos. En todas las elecciones contribuye con los límites legales a todos los candidatos presidenciales de todos los partidos, aunque siempre se le ha visto funcional a los priístas. Carece de grupo político, pero vinculado a los grupos neoliberales del salinismo globalizador. Sus opiniones suelen ser parabólicas, con mensajes cifrados que poco lo vinculan con los debates a corto plazo.

Slim, pues, es un hombre de negocios, de sus negocios. De ahí que sus opiniones no sean sujetos de ofrecer tendencias empresariales, preocupaciones de hombres de negocios o referencias de algún grupo de poder privado. Es decir, Slim no ha construido un bloque de poder. Los medios, en cambio, toman sus declaraciones como si fueran líneas de política de alguna corriente importante de empresarios. Pero al final de cuentas Slim es sólo Slim y le importan nada más que sus negocios. El volumen de su fortuna es importante, pero se basa en intereses personales. Ha dedicado bastante a museos y hasta a un acuario, pero tampoco en esas actividades altruistas ha resaltado algún interés político o intelectual. Y sus hijos han carecido de estrella empresarial, parecen apabullados por el peso del padre y no han destacado en presencia pública o política.

Como empresario salinista, Slim siempre mantuvo distancia de López Obrador, aunque no como enemigo, si acaso sólo por la diferencia de enfoques. En todo caso, la parte sorpresiva ha sido el populismo político de López Obrador, no el económico o empresarial. En nueva meses de gobierno López Obrador ya dejó claro que no va a regresar el Estado inversionista que desplaza a la empresa privada, sino que la inversión pública vía contratos de obra será el detonador de la actividad económica.

Por eso a Slim se le vio relajado en Palacio Nacional, quizá un poco molesto porque no le gusta estar mezclado en público con tantos funcionarios ni empresarios. Su fortuna considerable seguirá careciendo de un factor social y su figura como el hombre más rico de México y el quinto en el mundo no será más que una referencia mediática. Nunca se la ha visto ni se le verá analizando la realidad, calificando la política económica o participando en reuniones sobre líneas del desarrollo.

Slim es Slim y siempre seguirá peleando por sus negocios, no por la economía nacional.

@carlosramirezh