El nacionalismo en tiempos de la 4T

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De Ronald Reagan a Donald Trump. La autoderrota del nacionalismo mexicano

1.- Fantasmas de navidades pasadas

Cuando el presidente Carter visitó México en 1979, la cereza de la relación iba a ser el gasoducto de México hacia territorio estadunidense. Las negociaciones estaban ya planchadas. El presidente López Portillo relanzaría su estrategia energética que le estaba dando ya miles de millones de dólares de exportación. En los discursos oficiales, sin embargo, Carter detuvo las negociaciones. Enojado, en pláticas privadas, el mexicano le reclamó y le dijo que lo había dejado “colgado de la brocha”. Medio sorprendido, Carter sólo respondió, más o menos:

–No, presidente, yo sí estoy de acuerdo en el gasoducto. Pero Casa Blanca dice…

Si bien las relaciones interpersonales entre los jefes de Estado han reflejado a veces estados de ánimo, en realidad las definiciones básicas se encuentran en los llamados mexican desk de la comunidad de los servicios diplomáticos, militares, financieros, de inteligencia, de seguridad y comerciales. 

Las relaciones bilaterales mexicanas se dieron, en el México contemporáneo, en la delegación de la responsabilidad a la estabilidad en el PRI; en los sesenta, el jefe de la estación de la CIA Winston Scott realizaba más bien oficios de relaciones públicas, como lo revelan, entre otras evidencias, las fotos de su boda teniendo como testigos al presidente López Mateos y al secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, ambos en la nómina de la CIA. Y por esas fechas, el corresponsal del principal periódico del establishment foráneo The New York Times se dedicaba a disfrutar la plaza mexicana, viajar hacer turismo y jugar golf.

De 1910 a 1970, las relaciones bilaterales se dieron en función del entendimiento: los EE.UU. necesitaban a un México desarrollado y el PRI les garantizaba esa posibilidad. Las fricciones que pudieron haberse dado en 1959-1962 con el ascenso de Cuba al escenario socialista regional se allanaron en el entendimiento: México tenía entonces una política exterior de Estado, nacionalista y garantista de los intereses estadunidenses a pesar de Cuba; así, México no rompió relaciones con La Habana pero tampoco permitió que México fuera plataforma de lanzamiento de misiles ideológicos y guerrilleros hacia la región.

De 1970 a 1988 México le dio más dinamismo a su principio de nacionalismo con el discurso tercermundista de Luis Echeverría (1970-1976), López Portillo (1976-1982) imprimió una política energética nacionalista aunque en la lógica estadunidense porque no ingresó al cártel de la OPEP y apoyó a la guerrilla sandinista para derrocar a Somoza, el “hijo de puta” de los EE.UU., y Miguel de la Madrid (1982-1988) llevó la economía mexicana a un capitalismo de mercado aunque mantuvo el papel estabilizador de la policía exterior en los conflictos centroamericanos guerrilleros. A pesar del tono discursivo y algunas decisiones radicales con la izquierda regional que respondían a una hegemonía progresista en la coalición dominante priísta, México estaba muy asentado bajo el paraguas de seguridad política de la guerra fría de Washington.

El arribo de Ronald Reagan a la presidencia de los EE.UU. en enero de 1981 estuvo precedido de una definición política externa de profundización de la guerra fría. Reagan representaba la derecha radical, como líder de actores en los cincuenta había apoyado la Comisión McCarthy de actividades antinorteamericanas. Su crítica iba contra la coexistencia de Nixon y Kissinger, la debilidad de Carter contra los iraníes que mantuvieron rehenes en la embajada estadunidense en Teherán durante 444 días y contra el progresismo demócrata de Carter. Reagan había amenazado al Ayatola Jomeini de lanzar fuerzas militares para liberar a rehenes terminando la cena de toma de posesión pero ese día 20 de enero los rehenes fueron liberados.

La política militar de Reagan –sobre todo la guerra de las galaxias— reventó el presupuesto soviético y puso el escenario para la disolución de la Unión Soviética en 1989-1991.

 

2.- “Un Irán como vecino

En agosto de 1979 el académico conservador Constantine Menges publicó en el periodico San Diego Unión un artículo titulado Mexico, the Irán next door? El republicano Reagan lo mandó llamar y Menges entró en la comunidad de seguridad nacional del reaganismo: analista en la CIA por recomendación del senador ultraderechista Jess Helms, miembro del equipo del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca y jefe de asuntos latinoamericanos del propio CSN. A él te tocó elaborar los análisis sobre el papel de México a favor de los sandinistas y en el Grupo Contadora de 1983 para evitar la invasión estadunidense a Centroamérica.

El dinamismo intervencionista de Reagan se impulsó en 1983 con la llegada al cargo de jefe del poderoso CSN de la Casa Blanca de Robert McFarlane, ex asesor de militar de Kissinger en su acercamiento a China. Marine de formación, McFarlane se rodeó de operadores especializados en actividades clandestinas: Menges y el teniente coronel Olivier North, éste involucrado directamente en el escándalo Irangate-contra: venta secreta de armas a Irán para financiar a los grupos contrarrevolucionarios –la contra— de Nicaragua.

En su libro Las guerras secretas de la CIA, el periodista Bob Woodward hizo un relato minucioso de lo que pudo haberse llamado Operación México en 1983 que había revelado el entonces gobernador demócrata de Arizona Bruce Babbit: “Reagan ordenó apretarle las tuercas a México”, dijo en una conferencia de periodistas hispanos en Tucson. La historia se resume sí:

El director de la CIA, William Casey, le había ordenado al jefe de los asuntos mexicanos en la agencia John Horton que fabricara un documento que señalara que México estaba a punto de explotar; Horton había sido jefe de la estación de la CIA en México, y su principal redactor era el analista Brian Latell, otro agente que conocía bien México. El documento llegaba a la conclusión de que México no iba a explotar. Casey montó en cólera y exigió que se volviera a hacer el texto, pero Horton se negó, renunció a la CIA y publicó un artículo en el The Washington Post denunciando la forma en que la CIA fabricaba análisis irreales.

Los datos de Woodward revelaron apenas una parte de las presiones de Reagan. En México los datos daban un mayor contexto:

–En enero de 1983 el presidente De la Madrid creó el Grupo Contadora para negociar en Centroamérica, sobre todo en El Salvador por la fuerza política de la guerrilla que se perfilaba como el próximo Nicaragua.

–En mayo el columnista Jack Anderson publicó en el The Washington Post la denuncia de que De la Madrid tenia cuentas secretas en Suiza y daba como fuente revelaciones de la CIA.

–El 30 de mayo fue asesinado el columnista Manuel Buendía, quien había revelado el nombre de dos jefes de la estación de la CIA en México y una versión del crimen señalaba a Langley, Virginia, sede de la agencia.

–En 1984 se daba a conocer el informe de Kissinger sobre Centroamérica y uno de sus datos reveladores era que los países en esa zona eran “naciones no viables”.

–En el segundo trimestre de 1984 el embajador John Gavin había promovido cuando menos dos reuniones en Sonora entre panistas, empresarios y obispos conservadores para construir un frente por la alternancia. El motivo: la expropiación de la banca en 1982 y el nuevo estatismo mexicano.

–En febrero de 1985 fue secuestrado, torturado y asesinado en Guadalajara el agente de la DEA Enrique Camarena Salazar. Gavin emprendió una ofensiva contra Mexico denunciando que las policías estaban protegiendo a narcos. Uno de los acusados, el narco Rafael Caro Quintero, fue detenido portando una credencial de la Dirección Federal de Seguridad de Gobernación entonces a cargo de Manuel Bartlett Díaz.

–En abril fue renunciado el director de la DFS, José Antonio Zorrilla Pérez, y enviado como candidato a diputado local por Hidalgo pero luego también lo borraron de la lista.

–En julio de 1985 el The New York Times publicó un largo reportaje denunciando que los servicios de inteligencia mexicanos habían sido “entregados” al KGB soviético, y ésa fue la razón del cese de Zorrilla. La DFS con Zorrilla había firmado acuerdos con el servicio de inteligencia de Alemania Democrática prosoviética, el Stasi, subordinada al KGB.

–En septiembre de 1985 México volvió a firmar una carta de intención con el Fondo Monetario Internacional después de amenazar con declarar que decretaría la moratoria de pagos.

–En la primavera de 1986 el senador Helms realizó audiencias públicas contra México en el Subcomité del Hemisferio Occidental del Senado y ahí estuvieron funcionarios estadunidenses denunciando la corrupción mexicana.

–En respuesta, grupos nacionalistas mexicanos, con el apoyo de De la Madrid, realizaron una manifestación pública contra Helms.

–En abril de 1986 Gavin, envuelto en denuncias y ya sin interlocutores en el gobierno mexicano, renunció y pasó al sector privado.

–A finales de 1986 se hicieron las revelaciones del Irangate-contra y McFarlane fue echado del CSN y el teniente coronel North fue citado en el congreso.

–En octubre de 1987 se resolvió la sucesión presidencial mexicana con la nominación de Carlos Salinas de Gortari y su agenda de conti9nuidad de la política de mercado.

–En 1988 la Comisión bilateral sobre el futuro de las relaciones México-Estados Unidos recomendó cambiar las percepciones mutuas para entrar en la fase de la interdependencia.

3.- La diplomacia política del dólar

El conflicto en las relaciones México-EE-UU. en los años 1983-1986 estalló contra el nacionalismo mexicano en su política exterior. En el periodo 1970-1986 el equilibrio político en el sistema mexicano tenía mayor incidencia progresista. Los ministros de Relaciones Exteriores provenían del sector progresista: Emilio O. Rabasa (constitucionalista) y Alfonso García Robles (desnuclearización) con Echeverría, Jorge Castañeda de la Rosa (derecho del mar y mar patrimonial) con López Portillo y Bernardo Sepúlveda (derechos humanos) con De la Madrid.

La política exterior mexicana tuvo determinantes concretos: Cuba en el periodo 1958-1982, Centroamérica en 1982-1988 y la desestatización, el mercado y el Consenso de Washington en 1982 a la fecha. De 1973 en adelante, el factor disruptor en la diplomacia fue la necesidad de México de obtener el apoyo político y crediticio del FMI, subordinando paulatinamente los principios políticos históricos de la diplomacia. A ello se sumó en 1979 el relevo en la clase gobernante de los políticos y la incorporación de los tecnócratas educados en universidades de los EE.UU, cumpliendo la maldición de 1924 del ex secretario de Estado Robert Lansing:

«Tenemos que abandonar la idea de poner en la Presidencia mexicana a un ciudadano americano, ya que eso conduciría otra vez a la guerra. La solución necesita de más tiempo: debemos abrirle a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto del liderazgo de Estados Unidos. México necesitará administradores competentes y con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes y eventualmente se adueñarán de la misma Presidencia. Y sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queramos, y lo harán mejor y más radicalmente que lo que nosotros mismos podríamos haberlo hecho”.

 El arribo a la Secretaría de Programación y Presupuesto de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari delineó el fin del proyecto histórico de la Revolución Mexicana: en el Plan Global de Desarrollo 1980-1982 se estableció que se había agotado el modelo de desarrollo de la Revolución y que había que ingresar en la lógica del mercado. Con ese PGD De la Madrid ganó la presidencia en 1982 y la continuidad se estableció con los economistas Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo hasta el 2000. En 1992 Salinas decretó la exclusión del concepto Revolución Mexicana de los documentos del PRI y la asunción del “liberalismo social” como la nueva ideología política del partido en el poder.

Salinas llegó a la presidencia con su propuesta de reforma del Estado: la conversión del Estado en un Estado sin articulación orgánica con los sectores del PRI, lo que él le llamó “la autonomía relativa” del Estado. Ahí comenzó la liquidación del Estado corporativo de Lázaro Cárdenas que detectó en 1976 el escritor comunista José Revueltas al caracterizar la clave de la dominación estatal en México en el “control, por parte del Estado, de la totalidad de las relaciones sociales” a través del corporativismo del PRI. Las reformas de Salinas modificaron la estructura social y política del Estado: privatización de las empresas públicas, retiro del papel del Estado como el gestor del desarrollo, ascenso del sector privado y del mercado a la condición de motor del desarrollo, liquidación del Estado sindical que venía desde Cárdenas y terminación del ciclo nacionalista de la economía con la incorporación de México a la globalización comercial que había comenzado con el GATT en 1986 y terminaría con el tratado de comercio libre con los EE.UU. y Canadá en noviembre de 1993 en función del Consenso de Washington.

Las presiones políticas de Reagan en 1983-1986 se dieron al calor de las reformas neoliberales del gobierno de Miguel de la Madrid. Lo que quedaba del viejo régimen priísta era el “nacionalismo revolucionario” como tesis rectoras de su administración, según compromiso de campaña de enero de 1982, aunque sólo expresada en algunas acciones de política exterior, sobre todo en Centroamérica y el Caribe. El apoyo de México al sandinismo en Nicaragua y a la guerrilla salvadoreña era político, impulsado por los grupos duros del PRI en Nicaragua y la alianza con la Francia de Mitterrand para evitar la invasión estadunidense en El Salvador, aunque el final el objetivo era evitar alguna invasión estadunidense para evitar una nueva Cuba o un nueva Nicaragua en el continente. Pero a pesar de que Centroamérica representaba poco en el juego estratégico de Washington, la obsesión antisoviética de Reagan quería ir liquidando la presencia del Kremlin en Nicaragua y mantener encapsulado a Cuba. El auge de la guerrilla en Centroamérica estuvo estimulado por Fidel Castro.

4.- El asalto final al Chapultepec simbólico

Un fantasma ha recorrido la historia de México desde finales de la colonia española y el caótico comienzo de su era independiente: el fantasma de los EE.UU., un fantasma real, existente, materialista. Detrás de la figura de Donald Trump se encuentra esa parte de la historia mexicana que suele olvidarse. Aquí repasaremos cuando menos cuatro versiones:

1.- Ante el fracaso de la Independencia.

En plena guerra con los Estados Unidos, el joven y progresista diputado Mariano Otero publicó a finales su ensayo Consideraciones sobre la situación política y social de la república mexicana, en el año 1847, texto muy oportuno porque en febrero de 1848 se firmaría el Tratado de Guadalupe-Hidalgo que le quitaba a México la mitad de su territorio para anexarlo a los EE.UU. en expansión imperial basado en su destino manifiesto. Otero comenzó su ensayo recogiendo con dolor lo que se decía en medios extranjeros respecto a la facilidad con la que tropas estadunidenses habían llegado a Veracruz y atravesado media república hasta el Castillo de Chapultepec: dicen que “somos un pueblo afeminado” y “una raza degenerada que no ha sabido gobernarse ni defenderse”. En su texto, Otero recogió una frase atribuida al oidor Bataller consumada la Independencia: “no puede darse a los mexicanos mayor castigo que el que se gobiernen por sí solos”.

El ensayo de Otero es doloroso pero actual y en su momento prefiguró la tarea de Juárez: ante el invasor estadunidense, afirmó que “en México no hay ni ha podido haber eso que se llama espíritu nacional porque no hay nación”. Y así era, en efecto: Antonio López de Santa Anna es el demonio histórico, pero fue once veces presidente de 1833 a 1855, aún después de haber perdido la mitad del territorio. La clave de la ruptura institucional estuvo en la pérdida de la fe del pueblo en sus autoridades, la libertad de imprenta se usaba para desmoralizar al pueblo y los periódicos se ocupaban de las “más ruines y mezquinas pasiones”. La división social interna facilitó la llegada del nuevo invasor y conquistador. Y Mexico, concluyó, rescataba su fe en su patria o “no podremos marchar solos como nación” y necesitará el apoyo o la intervención armada y los mexicanos “tendrán que decidirse por los EE.UU. del norte o alguna de las monarquías europeas (prefigurando a Maximiliano)”.

2.- Después del fracaso de la república liberal.

En marzo de 1868 el historiador inglés Lord Acton dio la conferencia Surgimiento y caída del imperio mexicano. Su análisis fue generoso con Maximiliano porque lo dibujó como una víctima de una guerra civil incomprensible para él y “murió por una causa que no era la suya”. Pero la parte que interesa es el enfoque del historiador del México del siglo XIX y la falta de un proyecto de reorganización social y de clases durante la fase de la Independencia; “una sociedad así constituida no podía forjar una nación”. El dilema del México independiente no fue “deshacerse de las cadenas de la servidumbre” sino “romper con la condición de menores de edad”, “superar la incapacidad mental, la falta de espíritu de empresa, la falta de convivencia entre ellos mismos y la ausencia de una ilustración”.

La desorganización social había sido propiciada por los mismos mexicanos que salieron de la colonia y los liderazgos eran menores y mezquinos. Y la única salida era una monarquía importada porque “una monarquía era la única forma de gobierno que podía adaptarse al carácter de la sociedad mexicana, la única capaz de detener su decadencia”. Y Lord Acton tenía razón: desde los imperios indígenas de principios del siglo XIV hasta la Independencia a comienzos del siglo XIX, la forma de gobierno había sido monárquica. Por eso llegó Maximiliano pero las guerras civiles y el propio carácter del mexicano lo llevó al fracaso y al pelotón de fusilamiento en Querétaro.

La derrota de la corona española, de la invasión francesa y del imperio de Maximiliano dejó el destino de México en manos de los EE.UU., escribió Lord Acton en 1868, hace casi dos y medio siglos. “La conquista de la América española puede ser fácil y segura pero está sembrada de peligros”, señaló y de paso planteó la imposibilidad de una confederación entre culturas tan diferentes. Y Lord Acton escribió su profecía: “es más probable que los norteamericanos logren atar a sus vecinos con tratados que serán capaces de abrir a todo el continente a su propio influjo y empresa, sin destruir su existencia autónoma”.

3.- Ante el fracaso de la Revolución Mexicana.

En 1947, cien años después de la invasión estadunidense y la pérdida de la mitad del territorio, el entonces economista Daniel Cosío Villegas publicó un breve ensayo titulado La crisis de México, La falta de enfoque histórico fue señalada entonces por el ensayista marxista José Revueltas y a partir de ahí Cosío devino en historiador. Lo importante del ensayo de Cosío radicó en la colocación de una línea fronteriza entre el saldo social y político de la Revolución Mexicana y su oferta de liquidar el porfiriato para construír una utopía mexicana. Y de ahí partió el enfoque del autor: “las metas de la Revolución se han agotado, al grado de que el término mismo de revolución carece ya de significado”. El debate sobre el fin histórico del movimiento revolucionario de 1910 había comenzado muy temprano, en 1936 con los alegatos de Luis Cabrera y hacia mediados del siglo XX el concepto mismo de Revolución Mexicana había perdido significado, hasta que llegó 1992 cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari decidió cancelar el concepto de Revolución Mexicana en el PRI y sustituirlo por liberalismo social.

El enfoque de Cosío fue procedimental, de compromisos cualitativos y de elitismo; “sin exceptuar a ninguno, todos los hombres han resultado inferiores a las exigencias de la Revolución”. La Revolución fue “un movimiento democrático, popular y nacionalista”. Al final, Cosío también lanzó su maldición planteada como dilema: o la Revolución reafirma sus principios y depura sus hombres –no nada más “se les adorna con ropitas domingueras o títulos… ¡de abogados!”– o confiará “sus problemas mayores a la inspiración, la imitación y la sumisión a Estados Unidos”, la “regeneración vendrá de fuera, y el país perderá mucho de su existencia nacional y un plazo no muy largo”.

5.- Bienvenido Mr. Marshall

Luego del largo periodo de crisis económica iniciado en 1973 que afectó la percepción del modelo histórico y político, las élites dirigentes finalmente llegaron a donde se dijo que iban a llegar y que siempre se negó que se fuera a llegar: la opción estadunidense. Salinas de Gortari arribó a la presidencia en diciembre de 1988 dispuesto a reconstruir un modelo estatista sin bases sociales –la autonomía relativa del Estado– pero se encontró en el año de 1989 con tres elementos diferentes: el socialismo francés de Mitterrand había aceptado la inevitabilidad del capitalismo fondomonetarista, la caída del Muro de Berlín y el foro sobre programas de ajuste en el que se presentó el Consenso de Washington o modelo de apertura comercial y globalización económica. En febrero de 1991 Salinas inició negociones para un tratado de comercio libre con los EE. UU. y Canadá creando un mercado norteamericano.

Pero entre el proyecto reforma del Estado de 1979 con sus reformas para la introducción del mercado como motor de la economía y la aprobación del tratado en el congreso estadunidense en noviembre de 1993 hubo en México un proceso político de cambio en el enfoque del vecino del norte: ¿cómo venderle a la sociedad mexicana, educada en el conflicto histórico con un país que nos “robó” la mitad del territorio, una alianza comercial? El presidente De la Madrid y su principal asesor Carlos Salinas de Gortari idearon en 1987 la creación de la Comisión sobre el Futuro de la Relaciones México-Estados Unidos con carácter bilateral. Esta comisión emitió sus conclusiones en 1988, año de elecciones en México. La tarea fue emitir recomendaciones para cambiar la percepción mutuas del conflicto a la interdependencia, y así se tituló el reporte final: “El desafío de la interdependencia: México y Estados Unidos”. Se trataba, pues, de reescribir la historia de las relaciones bilaterales.

La Comisión tuvo carácter oficial; por parte de México en la tarea de modificar el enfoque de los EE. UU. estuvieron el historiador Héctor Aguilar Camín, el empresario Gilberto Borja, el diplomático Juan José Bremer, la periodista y senadora Socorro Díaz, el banquero púbico Ernesto Fernández Hurtado, el escritor Carlos Fuentes, el senador Hugo B. Margáin y el académico Mario Ojeda. La coordinadora por parte de México fue la internacionalista Rosario Green, directora entonces del Instituto Matías Romero de la cancillería. Del lado estadunidense el coordinador fue el politólogo Peter H. Smith, experto en temas mexicanos.

El punto de partida de la Comisión fue el conflicto histórico 1836-1914, pasando por la guerra 1846-1848 que concluyó con la venta forzada de la mitad del territorio mexicano. De ahí que la principal recomendación fue la de cancelar esa parte de la historia bilateral y pasar a una de interrelación. “Estados Unidos tiene que aprender a trabajar con más prudencia y sutileza con México” y “México debe comprender la naturaleza global del papel que desempeña Estados Unidos y las limitaciones y complicaciones que esto impone a la conducción de la política exterior norteamericana”. De ahí su propuesta de crear en los EE.UU. un puesto de coordinador de alto nivel para su política hacia México y que México tuviera un gabinete de política exterior.

El principal problema que encontró la Comisión fue la existencia de “estereotipos culturales que empañan el entendimiento entre ambas sociedades”, sobre todo el papel de los medios de comunicación y la educación en la multiplicación y profundización de esos estereotipos. Y la Comisión encontró que “las percepciones de los mexicanos sobre su socio bilateral se basan en gran medida en fuentes y experiencias que también dan una imagen parcial y unilateral”. Para ello, la Comisión recomendó modificaciones en los libros de texto como una manera de superar los malos entendidos producto de categorías educativas. Para la Comisión el conflicto histórico 1846-1846 que llevó a la apropiación de la mitad del territorio mexicano producto de una invasión a México es referido como “interacción” de Mexico con los EE.UU.

Al final, el “nuevo enfoque” bilateral promovido por la Comisión, con el aval de historiadores, escritores y políticos forjados en el estudio del conflicto histórico de México con los EE.UU. fue el preludio de lo que vendría en 1991-1993: el tratado de comercio libre que representó la subordinación económica y comercial de México y la modificación del pensamiento histórico con la liquidación de la Revolución Mexicana en el PRI y en el discurso oficial y la nueva doctrina histórica de “liberalismo social” que fue una forma de introducir el mercantilismo disfrazado de juarismo capitalista siglo XX.

En este sentido, Trump podría ser el beneficiario de una ofensiva 1983-1993 para conquistar a México por la vía de la presión política y la integración comercial.

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