Un mensaje de paz

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El justo medio

En todo momento, pero especialmente por estos días, en los que nos permitimos un espacio para la reflexión y la meditación introspectiva, es propicio que adoptemos un mensaje de paz, no solo de palabra, sino también de obra.

La vida humana -cambiante, como es-, se divide y se alterna de modo permanente en dos circunstancias opuestas la una a la otra: a veces nos encontramos en una relación de tensión, de hostilidad o descontento con una misma persona; con la que, a veces, por el contrario, logramos restablecer una relación de tersura, amable y de un agradable trato.

Quienes no son capaces de deponer su encono o su cólera contra aquel de quien la imaginación dice que han recibido un menosprecio evidente e inmerecido -como sucede en el poema de los poemas a Aquiles respecto de Agamenón- les es igualmente difícil desprenderse del afán de la venganza, por el rencor arraigado en su ánimo.

Por lo mismo les es difícil restablecer el estado de paz y tranquilidad internas, tan necesario para el disfrute de la existencia propia. Decía Jacques Lacan que nuestro enemigo es nuestro amo. Y cómo no! Pues habita en todo momento en nosotros y domina permanentemente nuestros pensamientos.

Por eso el hábito y la costumbre de olvidar y perdonar, con ser difíciles de implantar, son en alto grado saludables para el que una vez se ha sentido o ha imaginado haber sido por la acción de otro ofendido, menospreciado o ninguneado.

No es fácil para muchos deponer la cólera o renunciar a la búsqueda de la venganza. Pero en el pecado mismo, como se dice, va la penitencia. Pues la amargura y el rencor corroen el alma. Y nadie que se encuentre permanentemente maquinando en su imaginación un acto de desquite, destructivo o doloroso para otro, puede tener tranquilidad en su ánimo ni disfrutar de su existencia propia por su existencia misma.

Si bien la felicidad supone la concurrencia de muchos bienes, no son los bienes materiales, la posesión de una gran fortuna, de un enorme poder político, de fama ni de ninguno de los bienes externos, lo que primariamente nos procura nuestra felicidad.

La felicidad nos viene dada primariamente por un estado de ánimo interno, de tranquilidad y de paz, que se da dentro de nosotros cuando no somos tironeados por violentos apetitos ya sea de venganza, ya sea de otra índole. Por eso, conviene a todo ser humano ocuparse de sí mismo y poner en práctica la máxima socrática del cuidado de sí mismo, la epiméleia heautoû. Pues en las cosas humanas conviene comenzar por el principio, y el principio es cada uno de nosotros. De modo que, si hemos de mirar el entorno en el que nos encontramos, conviene que echemos primeramente una mirada introspectiva.

jaraiza@cidhem.edu.mx

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