Economía estratégica (y 3) Quién produce y cómo se reparte

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Economía Estratégica (1): Estado, clases y desarrollo

Economía estratégica (2) Planeación vs. intuición

La caída de la Unión Soviética y el capitalismo de Estado representó, entre otros, un desafío económico: no ganó el capitalismo, sino que perdió el modelo de distribución estatal de la riqueza. Han pasado 31 años y los gobiernos, sociedades y productores siguen sin reflexionar sobre los escenarios posibles.

Francis Fukuyama, en 1990, dijo que el periodo 1989-1991 –de la caída del muro de Berlín al fin de la URSS– había marcado el fin de la historia por la victoria del mercado sobre el Estado. Pero he aquí que el propio Fukuyama, con un poco de rubor, en el 2004 regresó al Estado a su papel dinámico en el sistema productivo, solo que ahora con la categoría de estatalidad.

Y no fue el único: en 1997 el Banco Mundial –el pivote del Consenso de Washington, promotor del libre mercado y artífice de las reformas estructurales privatizadoras– emitió un estudio para señalar tres funciones del Estado: mínimas, intermedias y dinámicas, todas ellas sin dominar el modelo productivo, pero con la clara intención de supervisar la producción y distribuir la riqueza.

La crisis del pensamiento económico capitalismo/socialismo ha sido eludida en México por políticos, responsables de definir políticas públicas y sobre todo analistas. El nuevo gobierno mexicano ha regresado al Estado social –Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024– y enuncia sin planteamiento programático un posneoliberalismo. Y para amarrar las cosas, el presidente López Obrador declaró a la revisita Bloomberg que “la política debe coordinar los esfuerzos para el buen funcionamiento de la vida pública (y) la política, no la economía”.

Lo malo de todo es que una corriente importante de empresarios –los que giran alrededor del hombre más rico de México, Carlos Slim Helú– ha reforzado su subordinación del Estado: “el crecimiento puede ser de 0% o 2%; eso no es lo importante”. Pero la economía es el único camino para producir y repartir (capitalismo), porque no se puede repartir lo que no se ha producido (populismo). Y cuando se ha usado el dinero fiscal en subsidios asistencialistas en efectivo a sectores sociales, la economía deja de producir y más temprano que tarde habrá un colapso económico, como los ocurridos en el populismo 1970-1982 y el neoliberalismo 1982-2000.

La crisis del populismo y la crisis del neoliberalismo –los dos fallando en producción y distribución– no ha encontrado el debate en el nuevo gobierno. El Estado ha vuelto a tomar las riendas de la economía, aunque con el detalle de no regresar a la producción; sin embargo, la coordinación de los esfuerzos productivos en los dos sectores productivos –público y privado, el social no produce de manera directa– ha fallado al subordinar a empresarios al Estado y al reducir la planeación del desarrollo a objetivos asistencialistas que reparten recursos antes de producirlos.

El posneoliberalismo cometería un error histórico si regresa al populismo de Estado centralizador o si se rinde a la privatización de la riqueza. La clave se localiza en el papel del Estado como el coordinador de la producción, el diseñador del modelo de desarrollo y el encargado de repartir la riqueza para evitar las cifras de desigualdad social, pero dejando a los empresarios como el motor de la producción.

Éste es el verdadero desafío de la 4-T.

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