Emmanuel Macron: el verdadero líder de Europa

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La Cumbre del G-7 (Cumbre de los países más industrializados del mundo) convocada en Biarritz, en el Sur de Francia, por el primer ministro Emmanuel Macron, ha supuesto un triunfo diplomático, de quien parece designado a tomar el poder en Europa, tras la progresiva retirada de la escena política de la canciller alemana Angela Merkel. Un gran triunfo diplomático frente al tosco Donald Trump, que ha visto cómo le habían puesto en bandeja una Cumbre con el presidente iraní, Hasan Roani, que el político norteamericano ya ha demonizado, y que incluso ha estado a punto de bombardear en una Operación relámpago sobre su país, paralizada en el último minuto.

Macron no solo ha conseguido lo que parecía imposible “un acercamiento al Gobierno iraní” , sino también, establecer una línea roja para los principales Países europeos en torno al futuro de la Amazonia. Con solo el gesto en defensa del Amazonas, como una línea roja que la humanidad no puede olvidar, pone de manifiesto cuál es el papel de Francia en el salvamento del planeta. Al citar a Chirac y referirse a los incendios en la Amazonia como una “crisis internacional”, el presidente francés define la cuestión medioambiental, y la defensa del cambio mediático como una línea roja que bajo ningún concepto ninguna potencia europea puede cruzar..

Como una de las historias más dramáticas de los últimos años, el humo provocado por los incendios en la Selva Amazónica alcanzó el Palacio del Elíseo, y tubo casi el mismo efecto que del incendio de Notre Dame, Macron, no dudó en convocar el tema para la reunión del club de los países ricos, evocando, incluso, la urgencia de una “crisis internacional”. “Nuestra casa se quema”, alertó el líder francés, retomando las palabras del discurso del entonces presidente Jacques Chirac en Río+10, la conferencia sobre el medio ambiente realizada en 2002, en la ciudad sudafricana de Johanesburgo. “Nuestra casa se quema y nosotros miramos para otro lado”, vaticinaba Chirac.

Si la apuesta francesa encuentra eco en la reunión, aún no se sabe. Si depende del presidente estadounidense, Donald Trump, reconocido por su negación del calentamiento global y por la salida del Acuerdo de París, una promesa de campaña cumplida inmediatamente después de asumir la Casa Blanca, el asunto no deberá prosperar en las conversaciones. Por lo menos, no en el mismo tono deseado por Macron.

Los líderes del G7 se reunieron de sábado a lunes en un ambiente más dividido que nunca, en un contexto internacional marcado más por las divergencias que por las convergencias. Trump, además de no ser un fervoroso defensor de las causas medioambientales, es el más recién amigo del presidente Jair Bolsonaro, que está en el foco de la hoguera amazónica. Macron, por su lado, tiene todas sus razones, sean de política interna o externa, para entrar en esta pelea.

Tras haber atravesado las turbulencias de las protestas de los chalecos amarillos y perdido dos ministros de Ecología — incluido el popular Nicolas Hulot, el mismo, de hecho, que había escrito el discurso de Chirac en Río+10 —, la agenda medioambiental fue señalada como prioridad en esta segunda mitad de su mandato. Su agenda ecológica tiene como objetivo el público interno, pero también ganó matices de política internacional, tan importante como sus pretensiones de liderar una reconstrucción europea.

Desde la toma de posesión de Bolsonaro, el índice del termómetro de la relación bilateral franco-brasileña va en la dirección opuesta del calor registrado en la selva amazónica. La temperatura del diálogo diplomático entre París y Brasilia se aproxima al clima de los polos, sin ir más lejos, valga la repentina cancelación de la audiencia del canciller francés Jean-Yves Le Drian, en una reciente visita oficial al Brasil, con el presidente brasileño — que prefirió, a la misma hora, grabar un vídeo en vivo en el Facebook mientras se cortaba el pelo.

Francia ya dejó claro que va a vender cara la ratificación del acuerdo comercial Mercosur-Unión Europea, y la cuestión medioambiental fue definida como una línea roja que no puede ser cruzada, sin posibilidad de ceder. Los analistas evalúan que sería una sorpresa que haya algún avance en la agenda del medio ambiente en el ámbito del encuentro del G7. Pero el hecho de haber propuesto el tema para discusión es una señal enviada por la Presidencia francesa a todos los interesados y, principalmente, a los no interesados.

Sostiene Le Figaro que “Cuando no se sabe a dónde se va, cualquier camino desemboca en un callejón sin salida”. Se daban todos los ingredientes para que esta frase de Henry Kissinger se aplicase al G7 de Emmanuel Macron, hipotecado por un Donald Trump totalmente imprevisible. Pero no ha sido así. Todo lo contrario, el jefe del Estado ha sabido maniobrar de forma hábil para convertir su apuesta arriesgada sobre Irán en una apuesta ganadora. Sea cual sea el resultado de las negociaciones entre Teherán y Washington, Macron ya ha alcanzado su objetivo al imponerse en el escenario internacional como el principal actor europeo.

La estrella descendente de Angela Merkel y los británicos ocupados con su Brexit han abierto la vía. Tras semanas de preparación de su mediación sobre Irán, cuyo objetivo era que rebajar la tensión en Oriente Medio, Macron dio un paso decisivo el sábado al interceptar a Trump para un almuerzo improvisado cara a cara. Le detalló su estrategia para impedir que el régimen de los mollahs adquiera el arma nuclear y justificó el proyecto de imposición francesa de los GAFA. Dos temas explosivos para Trump que ha procurado desminar aprovechando la ausencia de sus consejeros. Era preciso evitar aislar al Presidente americano, al que hay que manipular como un frasco de nitroglicerina durante las cumbres internacionales puesto que de haberse sentido apartado, hubiera podido tomarlo mal y bien se sabe que la más mínima crítica por parte de un jefe de Estado puede herir su ego y desencadenar una tempestad de tuits rabiosos que hubieran llevado a un fracaso de la cumbre… Macron ha sabido encontrar las palabras para integrar a Trump y ha sabido manejar a sus socios creando una atmósfera apaciguadora que incluso el incontrolable Boris Johnson ha respetado.