Continuidad, esa palabra que no sabemos usar

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Si un nuevo gobierno viene arrastrando una curva de aprendizaje que implica la posibilidad no sólo de retrasos, sino incluso de malas decisiones, todo se complica cuando se quiere tirar a la basura lo ya hecho por la administración anterior y empezar de nuevo en todos los temas que le corresponden llevar. Es como si la palabra continuidad fuera un término maldito, algo que no se debiera realizar so pena de caer en el abismo del olvido y no en el Olimpo de la historia.

Todo mal

Una pregunta que comienza a circular en espacios de análisis y en redes sociales, tiene que ver con el tema de por qué razón el actual gobierno federal quiere tirar todo a la basura en materia de políticas públicas, programas e instituciones que provienen de anteriores administraciones.

Es cierto que en materia de seguridad pública tanto Calderón como Peña Nieto tienen poco que presumir, algo que es aplicable al tema del combate a la pobreza, pero se debe considerar el avance que representó la creación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el Instituto Nacional Electoral o el conjunto de órganos reguladores que buscan que las decisiones se tomen no con criterios políticos –como lo estamos viendo en este arranque de sexenio– sino técnicos.

Pero además de lo anterior, nos debemos preguntar si realmente conviene al país que la visión del presidente implique reducir todo a blanco y negro –sin matices– y descalificar todo lo hecho anteriormente con el fin de hacer un borrón y cuenta nueva y empezar de cero o a partir de una visión más dogmática que estratégica.

Y es que los embates que ha orquestado el titular del ejecutivo federal en contra de organismos autónomos, científicos, organizaciones de la sociedad civil y otras instituciones que sirven de contrapeso a la presidencia, puede verse no sólo en los deseos de imponer un nuevo régimen –algo que sería aplaudible, si se hiciera correctamente–, sino de buscar derrumbar todo para comenzar a edificar de nueva cuenta lo que ha costado décadas en edificar.

La palabra continuidad, vista en este contexto, se convierte en un concepto raro, algo que se debe evitar, una política que no debe ser seguida para evitar que se califique al gobierno que la emplee en complice de un pasado que hay que condenar gracias a la magia de las generalizaciones.

Lo anterior en virtud de que si somos objetivos, y para efectos de ilustrar este punto, el gobierno anterior con todo y su incapacidad, su corrupción, frivolidad, manejo patrimonialista de la administración pública y falta de planeación, tuvo algunas cosas positivas –que pueden ser las menos en el balance final–, pero que merecían la pena mantenerlas.

Igual se puede hablar del sexenio calderonista, del foxista, del zedillista y así, hasta la época de los aztecas, pero en este país preferimos tirar a la basura lo hecho por administraciones anteriores y comenzar de nuevo, desechando los conocimientos, experiencias y avances logrados en ciertos campos de la administración pública.

¿Era mucho pedir que en el proyecto del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, se limpiara la corrupción existente, los excesos, se detuviera a los especuladores inmobiliarios y se continuara con un proyecto que permitiría tener una nueva terminal aérea en un par de años, sin los sobresaltos económicos que la cancelación implicó?

¿Cuántos proyectos están siendo cancelados sólo con base en que son de la administración anterior o, en una visión dogmática, que son de panistas y priístas?

¿Realemente hay ahorro si en vez de darle continuidad a programas e instituciones que han probado su utilidad, corrigiendo las fallas que pudieran tener, se les cancela para iniciar de nuevo con gente que está más al pendiente de un proyecto político y no de las necesidades del país?

Para muchos de los defensores de la 4T, es preferible destruir lo existente para comenzar a construir lo nuevo, eso que cambiará el rostro del país y permitirá cumplir las promesas de campaña de López Obrador, sólo que sin considerar que destruir simplemente por el afán de destruir o porque no son los autores de eso que quieren eliminar, puede salir más caro y no contribuir a ese cambio que anhelan, pues la edificación de un nuevo país se debe hacer con el concurso de todos, no de una parte de la ciudadanía, por mucho que haya votado por ya saben quien.

Buena parte de la explicación de porqué no somos un país de primer mundo, a pesar de su riqueza, tiene que ver, precisamente, con el hecho de que cada sexenio se reinventa la nación. Cada gobernante busca imprimir su sello a la administración, desde cuestiones tan básicas como el color de los edificios de gobierno –o de los taxis y patrullas, como sucede en la CDMX– para deslindarse de la administración anterior.

Y no sólo es el hecho de culpar al pasado por lo mal que estamos, es buscar derruir todo para, de acuerdo a la promesa de campaña, construir un nuevo país… que volverá al mismo proceso el sexenio siguiente y así, por los siglos de los siglos.

Y luego nos preguntamos porque no avanzamos.

@AReyesVigueras