México en el Consejo de Seguridad. ¿No hay quinto malo?

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Cuando el pasado mes de julio el presidente López Obrador anunció que por unanimidad, México era apoyado por los países de la región para reingresar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, como miembro no permanente –lo sería de manera bianual– hubo diversidad de opiniones.

La noticia es positiva porque la ocasión otorga visibilidad a la diplomacia mexicana. Puede no ser una oportunidad más oportuna porque el patio no está para protagonismos. El mundo va más convulso que de costumbre y si ya el priista Peña Nieto demostró la ridiculez permanente de su actuar con propuestas sin pies ni cabeza como aquella mafufada de “responsabilidad global” que nos llevó a ninguna parte, mostrando una ignorancia brutal en actuaciones como la de Luis Videgaray que jamás debió llegar al puesto de secretario de Exteriores, causando enormes daños a México, es evidente que la política exterior mexicana actual debe de trazar objetivos claros, concretos, puntuales en beneficio de nuestro país, para así distanciarse de la nulidad priista en la materia. El acuerdo migratorio con EE.UU. bajo una presión extraordinaria, no es un buen comienzo, independientemente de que nuestro margen de actuación era absolutamente limitado, lo que no debería de olvidar el experimentadísimo Porfirio Muñoz-Ledo cuando critica al presente, sabiendo los entresijos en un tema tan puntual como el referido.

México ha participado en cuatro ocasiones anteriores en esta palestra de la ONU: en su primera ronda, en 1946; en el bienio 1980-81 con el propio Muñoz-Ledo a la cabeza sin recordársele una brillante actuación; en 2003-2004 en plena crisis de Irak con la brillantísima participación del embajador Aguilar Zínzer, que tenía las ideas mucho más claras que Fox –a estas alturas sabemos que cualquiera las tiene– y ya no digamos que estuvo muy por encima de la que correspondía presentar en el rubro política exterior y que mal condujo Peña Nieto como “política exterior”; y la última ocasión que fue país miembro ocurrió en el bienio 2009-2010, que fue de una participación proactiva muy exitosa, desmintiendo así la burda postura descalificadora priista de que el PAN no sabía hacer política exterior.

Así que la propuesta de ingresar como miembro no permanente con ese espaldarazo regional, acaso pocas veces alcanzado, resulta ser positiva, no obstante que, en efecto, no deje de ser paradójica. Y que lo sea porque la región no es monocromática ni en las tendencias políticas que gobiernan a sus países ni en los intereses a defender. Y máxime que la postura de izquierda que representa López Obrador, es minoría en la región. ¿Será que la sustenta el prestigio de la política exterior mexicana en su conjunto y es una nueva oportunidad de demostrar que puede liderar a la región? Quizás.

Por fortuna es la nuestra una zona libre de guerras, que ya es una enorme ganancia, pero eso no quita que enfrenta terribles desafíos, tentaciones autoritarias, merodeos de Estados Unidos y de Rusia y China en tiempos recientes, para granjearse favores de los países de la región y permitir la instalación de bases militares que defenderán intereses muy distintos a los de los países latinoamericanos. De manera tal que la agenda de México debe de ser una voz unificada que pueda lidiar con los desafíos mundiales en lo que ataña a sus intereses y retos particulares como país y desde la región en la cual se pronuncia.

Una quinta ocasión es formidable, siempre y cuando existan objetivos claros. López Obrador tiene la enorme oportunidad de ejecutar lo que el priista Peña Nieto estuvo incapacitado de aprender y comprender por sus evidentes limitantes como estadista, y así nos fue de mal en este rubro. La política exterior es posible solo sí se tiene claro previamente, que es viable fijando sus metas desde la política interior y no al revés.

Y en esta tesitura aparece una candidatura más: Agustín Carstens a presidir el Fondo Monetario Internacional. Si el funcionario materializa sus aspiraciones, sería congruente y estratégico que su país lo apoye. En efecto, hay precedentes de distanciamiento ideológico o político entre el gobierno de turno y el candidato de paso, que no han impedido los apoyos. Capacidades probadas aparte, y amén de los diferendos de López con aquel o con el FMI, es valedero hacerlo. Fox buscó que llegara Derbez a la OEA, Calderón impulsó a Gurría a la OCDE, Peña a Jaime Serra Puche a la OMC, que por fortuna no ganó, así que resulta estupendo que el gobierno actual manifieste su apoyo al mexicano. Y Carstens sería la segunda vez que busca la nominación, que perdió frente a Lagarde, que se marchó recién.

Son cartas que México puede jugar y jugándolas bien, pueden redituar beneficios en política exterior.