EE. UU.: Trump y el futuro del imperio

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HOUSTON, Texas.- El gran debate abierto por segunda ocasión por Donald Trump ha sido de nueva cuenta sesgado de su punto central: el tema migratorio no radica en el enfoque racial de las minorías hispanas, sino en la ruptura del consenso nacional básico sobre la supervivencia del imperio.

Los EE. UU. nunca han sido un faro de democracia o de desarrollo o de libertad, sino que su función originaria ha sido la de un imperio dominante. En su fundación aplastó a las minorías indias que dominaban las praderas del oeste y a las minorías mexicanas que tenían lo que hoy es un tercio del territorio estadunidense.

En la campaña de Trump por la reelección los dos temas se han colado: el pago de indemnizaciones a las comunidades indias y el tema migratorio mexicano. No son dominantes todavía, aunque en el fondo tampoco necesitan serlo; basta con que estén presentes en el debate de los candidatos. Y son los mismos que fueron la base de la construcción del imperio estadunidense interno.

Lo de menos es caracterizar desde el congreso a Trump como racista. Trump no es más que la expresión de la configuración de la base social que legitimó el imperio: e racismo vergonzante como cargo de conciencia. El día en que los EE. UU. asuman sus diferentes grados de culpabilidades, ese día las bases de su poder como imperio comenzarán a desmoronarse. Los casos de los indios y los mexicanos son los primeros pasos hacia ese punto de ruptura imperial.

Los imperios nacieron para dominar, no para hacer el bien. Y sus tres funciones han quedado claras a lo largo de la historia de los imperios: la conquista o expansión, el Estado de seguridad nacional o la defensa militar y el consenso social o justificación moral. Las pocas ocasiones en que el imperio de la Casa Blanca ha tenido cargos de conciencia han llevado a derrotas: Carter con el ataque de Irán, Clinton con el fortalecimiento de Al Qaeda que condujo al 9/11 y Obama que retrotrajo las fronteras del imperio y permitió el fortalecimiento de China e Irán y permitió el regreso de Rusia.

La primera victoria de Trump permitió calar el estado de ánimo de los estadunidenses: migración, fuerza sajona, dominio de las armas, desdén hacia los aliados, lenguaje imperial. La lucha por la reelección debiera de leerse, también, en el escenario del imperio: el avance de la migración está llevando a la mayoría imperial a una minoría. El rechazo a las guerras, los cargos morales por las guerras imperiales, la iniciativa de pago de reparaciones a los pueblos indios originarios del oeste y la política de puertas abiertas a la migración que movería el centro de la definición de raza significarían el debilitamiento del imperio.

Los análisis del primer gobierno de Trump han eludido los puntos centrales de la crisis de dominación. El establishment liberal quiere llegar a un modelo amorfo: el imperialismo moral. Sólo que todo imperialismo político es consecuencia del imperialismo económico y éste depende de la exacción de riqueza de otras naciones. El dominio tecnológico es un instrumento del poder de dominación, pero no su eje. Todo imperio nace de la dominación sobre otros.

Si a Trump se le ve como un grosero, un racista, un bruto, se estará olvidando que los EE. UU. se juegan su existencia como imperio. Así ocurrió en 1989… y llegó Carter a minar la fuerza, pero luego siguieron Reagan y los dos Bush.

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