Neoliberalismo vergonzante

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En la evaluación que hizo el economista Carlos Tello Macías de la política económica del gobierno de Echeverría 1970-1976 enfatizó la principal contradicción: una estrategia de gasto populista creciente con expansión del Estado, pero con restricciones fiscales de ingresos. A ese modelo le llamó “desarrollo estabilizador vergonzante”.

Las dos partes del lopezobradorista Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 reflejaron, a su modo, la misma contradicción: en el Plan dogmático redactado en la oficina presidencial de Palacio Nacional se hizo hincapié en el gasto social asistencialista, pero en el Plan orgánico de Hacienda se enfriaron las expectativas con un presupuesto estabilizador.

Lo peor es que en el Plan dogmático hay también la misma contradicción: se asume el respeto a las tres condicionalidades estabilizadoras comprometidas con el Fondo Monetario Internacional –inflación baja, respeto a la estabilidad macroeconómica y respeto a la autonomía del Banco de México– planteando un oxímoron o la unidad de dos extremos irreconciliables: populismo y neoliberalismo.

Los primeros siete meses de gobierno lopezobradorista han sido una lucha entre el populismo de gasto asistencialista sin ingresos sanos y el neoliberalismo de gasto acotado por la estabilidad macroeconómica. En el fondo, el modelo lopezobradorista quedó en un populismo típico con neoliberalismo vergonzante. Hacienda se vio obligada a rascar gastos de otros presupuestos hasta llegar al punto de que ya no había de donde allegarse recursos. Cuando Urzúa comunicó al presidente que no había forma de seguir financiando el gasto social asistencialista, la respuesta fue contundente: su salida.

Urzúa es la segunda víctima de del modelo mixto de neoliberalismo con populismo. La primera fue Gerardo Esquivel cuando, como subsecretario de Ingresos de Hacienda, le explicó al presidente López Obrador que no podía haber gasto sin ingreso; y ante la insistencia del mandatario, Esquivel perdió la paciencia: “no Andrés, no se puede”; enseguida fue cesado y enviado de subgobernador del Banco de México.

Ahora fue Urzúa. Detrás de los nombramientos absurdos y de la centralización de la policía económica en el presidente de la república –“la política económica se maneja desde la presidencia”, declaró en 1973 Luis Echeverría cuando cesó al técnico Hugo B. Margain para poner en Hacienda a José López Portillo ya enfilado como sucesor en 1975; “así fue, escribió Gabriel Zaid y así nos fue”– que dejaron al secretario Urzúa como un funcionario sin poder, su sucesor Arturo Herrera se someterá el mismo modelo centralizador: Hacienda se operará desde el despacho presidencial de Palacio Nacional.

Mientras el presidente López Obrador no encuentre una política económica alternativa al neoliberalismo estabilizador que exigen el FMI, el Banco Mundial y la OCDE, la viabilidad del modelo populista dependerá de encontrar dinero presupuestal sin subir impuestos, sin deuda y sin emisión de circulante. Y si la administración lopezobradorista mantiene su nivel de gasto, Herrera durará en el cargo hasta noviembre, antes de presentar el presupuesto de egresos 2020 y los Criterios Generales de Política Económica

El neoliberalismo vergonzante es la piedra atada al cuello del populismo lopezobradorista. Y al final de cada año, el neoliberalismo definirá la política económica.

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