Cuatro principios para reconstruir a los partidos

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El sistema de partidos colapsó en 2018 y tomará varios años en reconfigurarse. Lo más sensato es asumir que nada será como antes, y que habrá calibración o decadencia dependiendo de qué tan bien leamos lo que está sucediendo. Muy probablemente 2021 sea la gira de despedida de los partidos como los conocemos, y a partir de 2022 y hacia 2027 se definirá un sistema de partidos distinto. En ese transcurso de tiempo generaciones de políticos desaparecerán, esperando que surjan nuevos talentos con otras habilidades.

Se compartirán aquí cuatro principios para la reconstrucción de nuestro sistema de partidos, esperando sea útil para aquellos institutos políticos que tengan la visión para sobrevivir. Todos son complementarios entre sí, por lo que no imagino una aplicación selectiva.

Principio 1: discurso. Todavía impera la idea equivocada de que la oposición al ejecutivo puede surtir efecto para detenerlo. En realidad, es todo lo contrario: lo único que terminará haciendo es envalentonar a los simpatizantes del régimen y ahondar a la polarización. En cambio, se puede superar esto si se construye un discurso alternativo que seduzca al votante. Por lo tanto, la pregunta central es: ¿qué van a representar los partidos? Se pueden distinguir dos momentos:

El primero, que va de 2019 a 2024, tratará sobre la defensa de las instituciones ante los intentos por remodelarlas al interés del gobierno. Este intento no puede ser eficaz si los partidos de oposición no tejen una línea clara sobre lo alcanzado, por qué es mejor a lo que teníamos hace 40 años, en qué se falló y cómo calibrar lo que se tiene.

El segundo es de mayor aliento, y lo harán los partidos en lo individual: ¿cuál será su programa? ¿Qué causas defienden? ¿Cómo se distinguirán de los demás? Otra vez, la reacción contra el gobierno será contraproducente.

Principio 2: confianza. Poco importa tener la razón si la ciudadanía votó para que los políticos de siempre se fueran. Por lo tanto, es necesario pensar en restaurar la confianza del votante. Un paso importante es reconocer errores y excesos cometidos: la gente busca algo de empatía. Lamentablemente los partidos consolidaron en 2007 un oligopolio que los puso en una zona de confort tal que terminaron sucumbiendo ante el mejor comunicador político activo del país: el trabajo es cuesta arriba y quizás no lo puedan lograr los miembros de la generación X y mucho menos los baby boomers.

Principio 3: descentralización. Los partidos centrales son ya estructuras demasiado lentas y arrastran demasiadas inercias para poder enfrentar al nuevo gobierno. La reconstrucción de los partidos será a partir de los comités municipales hacia arriba, retejiendo los lazos rotos entre los institutos, los militantes y los votantes. A partir de ahí vendrá la definición de nuevos discursos y, esperemos la noción del nuevo “nosotros” que tanto se habla en este espacio. ¿Es posible esto? De hecho ya lo estamos viendo con la restauración de la reelección inmediata de legisladores y autoridades municipales: personas con bases propias pueden resistir mejor el embate de Morena y crear nuevas formas de comunicación a partir de la rendición de cuentas.

Principio 4: relevo generacional. Soy ambivalente ante las reuniones de notables, conocidos también como “abajo firmantes”, para formar grupos opositores. Si bien no hay otra forma de armar algún frente, ellos son parte del problema que nos llevó hasta aquí: su escasa capacidad de acción fuera de un círculo cerrado, su forma de expresarse elaborada y su propia imagen de élite ayudaron a la victoria de Morena. Para decirlo de otra forma, tienen poco qué aportar aparte de caché.

Sin embargo, podría haber algo interesante si a partir de estos intentos hay una visión honesta de formar y consolidar a los millennials y centennials. Estas generaciones tienen otras formas de expresarse y comunicar, además de ser nativos en las tecnologías. Los partidos que vean esto tendrán las mejores posibilidades de sobrevivir.

@FernandoDworak