El régimen político de la Cuarta Transformación V

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Cipriano Flores Cruz

Si la Cuarta Transformación es en realidad una regeneración de las desviaciones de lo que somos, si es el rencuentro de lo que somos, la lógica nos ordena indagar qué es lo que somos, cuáles son los contenidos de este ser nacional, que se perdió, por ejemplo, con el neoliberalismo.

Desde luego, no es fácil contestar la pregunta puesto que implica una posición epistemológica adecuada y sobre el tema existe un sinfín de posiciones, incluso contradictorias. Sin embargo, debemos de intentar contestar la pregunta desde lo que somos, no desde lo que queremos ser o desde lo que otros de afuera o de adentro quieren que seamos. Partir desde nosotros hace convergencia con lo que Bonaventura de Sousa Santos ha llamado Epistemología del Sur.

El primer elemento de lo que somos nos lo otorga Miguel Hidalgo en su Proclama de octubre de 1810: la libertad política. Somos la constante lucha por la libertad política. No se trata de la libertad individual que la libertad política la lleva implícita, no la libertad burguesa para alquilar la fuerza de trabajo a quien la pueda pagar, no es la libertad de la fuerza de trabajo sino la libertad del trabajo, la libertad colectiva, la libertad de todos, sólo se puede ser libre si todos lo son.

La libertad política no es una aspiración, es una lucha cotidiana, está en el ser mexicano esta constante lucha, llevamos en la frente el sello de la lucha, por eso cuando alguien nos quiere entregar a alguien, a una ideología distinta de lo que somos nos enfrentamos, nos indignamos. La libertad política nos convierte a todos en ciudadanos, quien no es ciudadano no es un hombre afirma el filósofo.

El ciudadano o propiamente el conciudadano, es el único que hace posible la llegada de la felicidad, puesto que no es un estado personal sino una situación colectiva. Los mexicanos nos sentimos siempre comunitarios por ser el lugar de la libertad política, en sociedad existe por el contrario la servidumbre voluntaria. Los tiranos, los malos gobernantes han intentado e intentan que nos neguemos en esta lucha por la libertad política, nos dicen que la globalización nos ha hecho en hombres del mundo, que nuestra colectividad como libertad son cosas del pasado, retrógradas nos dicen.

Los pueblos comunitarios, antes llamados indígenas, viven en la libertad política por sus debates colectivos en las reuniones del pueblo, por eso, han resistido durante más de quinientos años ante los embates en contra de su libertad política. Sin libertad política los más débiles de la sociedad se verán sujetos a la correa o las cadenas de los poderosos.

Somos demócratas, que la trae consigo la libertad política, en el sentido que la democracia es la formulación institucional de la libertad política. Somos demócratas en cuanto que en la libertad política somos dignos de ser escuchados y atendidos por los gobernantes y porque reprobamos a todos aquellos gobernantes que exigen por derecho, por la fuerza, ser obedecidos. Este es el punto nodal del tipo de régimen que requerimos. El gobernante es la expresión de sus conciudadanos que se hacen escuchar, que reclaman, por eso reprobamos aquellos gobernantes que por el mandato de la sola ley quieren ser obedecidos, el gobernante es en sí la voz del pueblo en la libertad política, quien intente callar o suplantar la voz del pueblo degenera.

Reprobamos aquél gobernante que sólo se compromete en hacer valer la ley y reclama para sí el principio de autoridad. El verdadero gobernante no reclama para sí el principio de autoridad pues puede conducir al autoritarismo, desprecia el compromiso e inteligencia del gobernante y quebranta la confianza ciudadana. El principio de autoridad se fomenta y fomenta la falta de civismo del pueblo, es mediatización y no gobernación.

El gobernante debe ser creído para ser obedecido y no por mandato solo de la ley. Los gobernantes que creen que basta el mandato de la ley para conducir la sociedad no han entendido que los mexicanos siempre han requerido de los gobernantes algo más: amor a la patria, compromiso con los desvalidos, la recompensa que sólo lo otorga la libertad política. Por eso, los presidentes mexicanos que han asumido este “algo más” han trascendido en la historia, son los que han regenerado al pueblo.

El principio de autoridad causa un enorme daño a los pueblos, no sólo en su relación con los demás pueblos sino en su interior, en su ser. Por eso los gobernantes que han reclamado para su obediencia el principio de autoridad han estado fuera del ser de los mexicanos. Por eso, el líder de la Cuarta Transformación no reclama para sí el principio de autoridad, sino asume su calidad moral derivado de su lucha por la libertad política, primer signo de lo que somos. Este líder será capaz de regenerar la Nación.

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