Trump-México: el neoimperialismo

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La crisis migración-aranceles en la relación México-EE. UU. mostró el modelo neoimperialista del gobierno del presidente Donald Trump: imponer sus intereses a cualquier precio y por cualquier camino.

Agobiado por la invasión de decenas de miles de migrantes centroamericanos que fueron azuzados por México para llegar a la frontera del Río Bravo, Trump decidió usar el Tratado de Comercio Libre firmado en 1993 para comercio preferencial como un instrumento de presión para que México pusiera un muro de nopal en el Río Suchiate, arrestara a los líderes de las caravanas de migrantes y recibiera a los solicitantes de visas especiales en tanto se desahogaban sus trámites porque por ley el gobierno estadunidense abre un juicio y debe liberar a los solicitantes dentro de su espacio social.

En juegos estratégicos, México no le dio valor político a su apertura migratoria en el sur de su frontera y sólo justificó razones humanitarias para no impedir el cruce sin registros, facilitar su traslado a la frontera de México con los EE. UU. y hasta darles alimentos y dinero. La justificación fue social, pese a las quejas y hasta advertencias de Washington de que México estaba jugando con fuego y, sobre todo, contra la política migratoria que fue la bandera de la elección del 2016 y será la misma bandera en la elección del 2020.

Como México decidió no frenar a la migración centroamericana, Trump usó el arma arancelaria contra México: impuestos especiales a las exportaciones mexicanas a los EE. UU. Ahí México se percató de su error estratégico de jugar a los derechos humanos de los migrantes sin sopesar las reacciones radicales estadunidenses. Sólo ante la amenaza arancelaria de Trump logró México reaccionar con preocupación. En su estilo de negociar con audacia, Trump sometió a México a su juego estratégico. Y logró que el gobierno de López Obrador funcione a partir de ahora como “tercer país seguro”, un mecanismo para dejar en México a los solicitantes de visas el tiempo sin límite y reducir las circunstancias para visas estadunidenses de asilo.

México volvió a perder una batalla más contra el gigante estadunidense. Pero México deberá reflexionar del caso aranceles-migrantes como un caso de relaciones bilaterales. Históricamente, México desarrolló una estrategia de diplomacia defensiva nacionalista (concepto del historiador Lorenzo Meyer) porque la vecindad entre un elefante y una liebre siempre favorecerá al paquidermo. Pero el Tratado de Comercio Libre negociado de 1991 a 1993 llevó a México a ceder su soberanía por el interés de aprovechar el acuerdo comercial como un detonador de una nueva fase del desarrollo.

Sin embargo, México desaprovechó el Tratado, no quiso usarlo como un factor de reformulación y modernización de la planta productiva y se conformó con participar como el socio pobre. De 1993 a 2017, el componente de productos mexicanos en las exportaciones vía el TCL bajó de 59% a 39%; es decir, México se ha ido conformado con ser una república maquiladora aportando sólo mano de obra para armado de bienes y no para aportar productos nacionales. Ello llevó a que el PIB promedio anual en los años del TCL haya sido de 2.4%, cuando venía de un periodo histórico de 1934-1983 con una tasa promedio de 6% e inflación de 2%-5%.

Con el Tratado, México perdió su ventaja nacionalista. Antes del Acuerdo de 1993, en 1986-1988 México impulso una Comisión Binacional oficial Sobre el Futuro de las Relaciones México-EE. UU., ahora se sabe que como paso previo al Tratado iniciado en 1991. Esa Comisión determinó el cambio en enfoques culturales entre ambas naciones, vía modificación de contenidos educativos, para pasar del conflicto histórico por la apropiación estadunidense en 1847 de la mitad del territorio mexicano a un modelo de interdependencia.

México sí cumplió su parte y modificó el tema EE. UU. en sus libros de texto oficiales y en sus enfoques culturales, en tanto que los EE. UU. sólo vieron a México como un mercado de consumidores de 100 millones de personas. Por eso Trump encontró una sociedad racista en su campaña anti migrantes en 2016 y ahora rescatada para su campaña de reelección del 2020. Pero a lo largo de un cuarto de siglo de funcionamiento del Tratado, México también fue desdeñoso en buscar nuevos enfoques culturales en los EE. UU., a pesar de la presencia de cuando menos 12 millones de mexicanos viviendo en territorio americano.

En la crisis aranceles-migración Trump sacó lo peor del viejo imperialismo estadunidense, convertido ahora en lo mejor de la imposición del modelo “América primero” y “hagamos a América grande otra vez”: usar el comercio para imponer a otro país políticas migratorias; son mecanismos legalmente válidos, pero desiguales por el poder de los EE. UU. en materia arancelaria y la dependencia mexicana de aranceles bajos dentro del acuerdo.

Lo que queda por analizar es la audacia mexicana de jugar con la migración a sabiendas de que era un tema vital para la reelección presidencial de Trump y por la falta de peso político de los demócratas en ese tema y en el apoyo a México. Hay que decir que la amenaza arancelaria de Trump fue provocada por la decisión mexicana de abrir sin controles su frontera sur y facilitar el traslado de los migrantes centroamericanos hacia las fronteras estadunidenses. Como se dice por estos lares, México quiso ponerse con Sansón a las patadas.

La apertura de la frontera migratoria sur de México fue un gran error estratégico del presidente López Obrador; dicen que lo hizo por convicción humanista ante la huida de decenas de miles de personas del caos en los gobiernos centroamericanos. Sin embargo, hubo señalamiento al interior de su gobierno de que habría represalias estadounidenses y que no se podía confiar en Trump.

Al final, México perdió fuerza ante los EE. UU. y mostró su vulnerabilidad comercial y Trump mostró la fuerza del neoimperialismo.

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@carlosramirezh