¿Y qué hubieras hecho en lugar del presidente?

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Es tan pobre el intercambio de insultos y descalificaciones que unos llaman debate en redes sociales, que se puede hacer una colección de respuestas falaces. Por ejemplo, reducir un argumento al “ardor” y recomendar Vitacilina.

Detengámonos en la frase: “¿qué habrías hecho con?”. La intención es desacreditar al cuestionado, suponiendo que la decisión tomada es la mejor. Se puede agregar lo que se conoce como la “falacia del falso escocés”: ¿cómo se puede atrever la persona a cuestionar si nunca ha tenido un cargo público? Hay que tener clara la alternativa y de preferencia en términos claros y comprensibles. La falacia se desacredita señalándola: enredarse en ella es darle la victoria al falaz.

Imaginemos a un simpatizante enfurecido del gobierno preguntándonos, con su aliento a centímetros de nuestra nariz: ¿qué hubieras hecho en lugar de López Obrador con Trump?

Primero: definir el interés nacional. Nuestro país tiene una posición privilegiada: somos geográficamente América del Norte, Iberoamérica por cultura y podemos comerciar con todo el mundo al tener acceso a los dos océanos. Sin embargo, los últimos 30 años son una historia de oportunidades perdidas: desaprovechamos el TLCAN y otros tratados de libre comercio al no invertir en educación, instituciones democráticas, leyes laborales flexibles, seguridad y otros temas.

Somos un país atractivo sólo por estar al sur de Estados Unidos, el tamaño de nuestro mercado interno y ciertas condiciones geográficas y climáticas: somos maquiladores en lugar crear tecnología o tener una mano de obra calificada. Sin embargo, en vez de impulsar un discurso que hable de potencialidades y sacrificios, escuchamos a líderes que ofrecen victimización, redención y largas contemplaciones de ombligo. López Obrador triunfó gracias a la incapacidad del PRI y el PAN por tejer algo alternativo.

Segundo: pensar tácticamente. Durante el sexenio pasado se aprobaron reformas y emprendieron obras que, aún con sus fallas, eran cruciales para hacernos un país fuerte, competitivo y atractivo, como la reforma educativa, la energética o el NAIM. Sin embargo, el actual gobierno negoció el apoyo de grupos antagónicos a esos cambios legislativos para ganar y había que pagar facturas. Sobre el aeropuerto, debemos comprender que el ejecutivo sólo entiende de símbolos de poder, y la obra era el emblema de la administración de Peña Nieto y por eso no podía tolerarla. Resultado: nuestra economía está en una posición de debilidad.

Tercero: reconocer que el modelo de relaciones México-Estados Unidos está rebasado. Confiamos tanto en el TLCAN, que nos dormimos en una zona de confort. Ninguna institución sobrevive sin revisarla periódicamente y la inercia lleva al deterioro. Urge tejer redes de intereses entre empresas y gobiernos en ambos lados de la frontera. También sería conveniente pensar en la creación de un lobby mexicano en el Capitolio de Washington. Sin embargo, esto es intervencionismo para quien considera a la Doctrina Estrada como un dogma.

Cuarto: diseñar una estrategia asertiva y de largo alcance ante Trump. La amenaza de Trump era un tuit con pocas posibilidades de ser realista. Los demócratas y la mayoría de los republicanos rechazaban el aumento de aranceles y ambos países hubieran sufrido las consecuencias.

Sin embargo, nuestro ejecutivo no entiende de política internacional: sus respuestas fueron una colección de citas para monografías de papelería y la frase “soy dueño de mis silencios”. ¿Una respuesta mejor? Qué tal: “recomiendo al presidente Trump pensar más sus palabras: nuestras economías se encuentran tan unidas que los dos tenemos mucho que perder con una decisión irresponsable”. Después podría poner una cita bíblica o una frase que suene populachera.

Pero bueno, las decisiones se han tomado: sólo nos queda aprender de esto y presionar para que no se hagan tonterías mayores. Y no lo lograremos si no tenemos claras las alternativas.

@FernandoDworak