¡Priísta!

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Revisando los mensajes que llegan en redes sociales, llamó mi atención que una palabra era usada como una forma de descalificar a alguien, buscando quitarle toda credibilidad y tratando de resumir en sólo 7 letras todo lo malo que hay en el país, a la vez que se trata de un término que denota una militancia. Me refiero a la palabra priísta, una que ha pasado a convertirse en un pesado epíteto en lugar del timbre de orgullo que provocaba en el pasado.

Lo que un día fue…

Una manera de acallar a una persona con la que interactuamos en el mundo de las redes socio digitales, es llamarlo priísta.

Sí es un periodista, con esa palabra lo desnudamos en sus verdaderas intenciones, pues no hay nada peor que ser miembro de ese partido al que se refieren las ahora 7 letras malditas.

Y es que en tiempos de la 4T, ser priísta es el equivalente a ser la encarnación misma de todos los males, pero si se abandona al partido, todos los pecados son perdonados y quién rectifique el camino –a ojos de los devotos— adquiere la calidad de ejemplo para la sociedad.

Así muchos ex priístas son miembros distinguidos de otros partidos, sin que su pasado sea obstáculo para hacer carrera política, por mucho que sus viejas costumbres sigan poniéndose en práctica.

¿Tienen razón quienes lanzan esta etiqueta en el mundo virtual? Algo de razón, al menos, pues el PRI no se caracterizó por sus conductas apegadas a derecho y si acumuló historias en las que lo torcido, la transa que hace que cierta persona avanza y demás marrullerías electorales, fueran la norma y no la excepción.

Pero como en todo lo humano, hay luces y sombras. Generalizar, como le gusta a Ya Saben Quién, no es bueno en terrenos en los que le interacción es la constante.

Y es que así como hay priístas que se especializaron en el arte del mapache electoral, también los hay quienes hicieron valiosos aportes y, para sorpresa de muchos, pueden considerarse honestos.

No se trata de defender al tricolor en esta ocasión, sino de llamar la atención acerca de la manera en como se ha alcanzado, gracias a una economía de palabras, dar por concluido un breve debate lanzando esas 7 letras que le dan la razón a alguien… que puede no tener la razón.

Si bien es difícil hablar bien del otrora «partidazo», de la aplanadora, del instituto político que inventó el ratón loco, la operación tamal, que hizo del fraude electoral una ciencia casi exacta, no es justo que se utilice el término priísta para descalificar a quien piensa diferente a nosotros.

Pero también se puede decir que ellos, los del tricolor, se han ganado esta consideración si recordamos a los Duarte, así como a otros ex gobernadores y políticos que han sido retratados en películas como las que dirigió Luis Estrada.

Frases como aquella que afirma que todos somos priístas hasta que demostremos lo contrario o esa otra que dice que puede despertar el priísta que todos llevamos dentro, no son sino reflejo del efecto que dicho partido tuvo en los mexicanos.

Porque también se habla de una cultura priísta, como una forma de explicar la práctica generalizada de la corrupción, de un egoísmo que impera en las acciones de gobierno y permite que se construyan escuelas que se caen por los pésimos materiales que se usaron para su construcción, de un nepotismo que se practica sin rubor y de una moral que viene de un árbol que da moras.

Todo esto representa el PRI y para muchos está justificado que se fustigue a alguien con este calificativo si muestra algún signo de priismo, en especial en las redes sociales.

Pero el problema adquiere otra dimensión cuando recordamos las advertencias de que el PRI colonizó a los demás partidos, que sus ex militantes son ahora la nueva élite política, que lo que hizo en la década de los 70 al implantar un presidencialismo autoritario que ayudó a acuñar el término de la dictadura perfecta, revive hoy con un mandatario que no acepta haber cometido errores.

Cómo si fuera maldición, tratamos de extinguir a esa hidra de mil cabezas que, en concepción de muchos, es el origen de la corrupción, sin darnos cuenta que por cada extremidad cortada, no surge otra en el mismo lugar, sino que aparece en otro partido gracias a la purificación que otorga la condición de «ex» para seguir con lo aprendido en el priismo.

El uso del lenguaje, que debería ayudar a la comunicación en su más amplia definición, en este caso no es más que una herramienta de manipulación, pues todos corremos el riesgo de ser calificados como priístas por la moderna inquisición de las redes sociales y aunque la mala fama está bien ganada, quitar a alguien el derecho de tener la razón con sólo el uso de esta etiqueta no es justo. Simplemente no lo es.

Pero no podemos esperar mucho en un país en el que muchos de sus ciudadanos insultan a otros llamándoles asalariados.

Quizá la mayor sorpresa es que con todo esto, los priístas no hayan decidido cambiar de nombre a su partido, tal vez porque no han encontrado a otro al cual emigrar.

@AReyesVigueras

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