Para mí, usted es un bot

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Una de las escenas más brutales de la dramaturgia de Václav Havel tiene lugar al final de Largo desolato. A lo largo de la obra se ve cómo el filósofo Leopold Kopřiva, quien había firmado un manifiesto en contra del gobierno, sufre presiones de agentes de la justicia para deslindarse de la firma y de amigos que unos u otros le piden que resista o ceda.

Al final, decide encarar a los agentes diciéndoles que prefiere morir antes de renunciar a sí mismo. Éstos, sorprendidos, le dicen que ya no es necesario que haga nada, pues el asunto ha sido aplazado por tiempo indefinido, aunque provisionalmente. La razón: el gobierno llegó a la conclusión de que el profesor no era el Leopold Kopřiva. De esa forma, al negarle su identidad, lo nulificaron como amenaza: algo mucho más brutal que un asesinato en un terreno baldío, como a Josef K., si nos remitimos a otro escritor que vivió en Praga.

Algo similar pareciera cocinarse en las redes sociales con los bot: programas informáticos que efectúan automáticamente tareas repetitivas a través de la Internet, cuya realización por parte de una persona sería imposible o muy tediosa. Se usan para funciones que van desde excluir otros robots, como recopilar direcciones de correo con fines publicitarios, conocido como phishing.

Los bot se usan en redes sociales para simular la interacción humana, hinchando artificialmente el número de visitas o seguidores, así como automatizando respuestas para posicionar mensajes o influir en debates. Incluso hay bot conversacionales, que son sistemas de inteligencia artificial que simulan una conversación con una persona utilizando el lenguaje natural.

Antes de calificar su uso como algo bueno o malo, categorías que no son de interés de un análisis político, se reconoce que son una herramienta que todos los actores políticos usan; por lo que se tiene que partir de esa premisa y no desde el “deber ser”. Tampoco hay mucha diferencia con otras formas de difusión de propaganda, salvo la rapidez con la que se esparce, la atención inmediata que demandan y lo poco que fomentan la reflexión. Si bien eventualmente se desarrollarán las capacidades cognitivas para no caer con facilidad en este recurso de comunicación, los bot han llegado enrarecer ambientes de discusión a favor o en contra de políticos y partidos.

A sabiendas que hay expertos que tratan exhaustivamente el tema desde el punto de vista técnico, hay otro elemento sobre el uso de los bot, esta vez de carácter discursivo: decir que los oponentes políticos son los únicos que los despliegan para sus estrategias o, como en la obra de Havel, desconocer selectivamente a un interlocutor o grupo de interlocutores argumentando que no son personas reales.

Por ejemplo, el ejecutivo ha declarado repetidas veces que el gobierno no compra bot. A reserva de que no existe un gobernante o estructura burocrática tan tonta como para facturar este servicio, o compañía que afirme llevarlo a cabo, la acusación tiene el objetivo de denigrar a los opositores y, si es posible, impulsar una legislación a modo para redes sociales.

¿O qué decir de aquellos tuiteros que desean deslindarse de toda discusión bajo el argumento de que está dirigiéndose a un bot? Demos un paso más: hay quienes organizan encuestas en Twitter cuyos resultados no deseaban, culpando a bot de su resultado. Aquí hablamos de un recurso banal y falaz, hecha por gente que generalmente no sabe argumentar.

¿Qué hacer? Esperemos llegue pronto el momento donde las guerritas de tuiteros por posicionar un hashtag cuente con tan poca atención que se vuelva irrelevante. Empecemos por nosotros mismos: seamos más selectivos en nuestro manejo de redes sociales. Así se puede poco a poco mejorar la calidad de la interlocución.

@FernandoDworak