Nuestro ejecutivo fantasea con un juicio político

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Un paso elemental para cualquier ejercicio de planeación estratégica es conocer las tácticas, habilidades y limitaciones de los opositores tanto como las propias. De lo contrario, como han dicho todos los manuales sobre estrategia desde Sun Tzu, se está condenado a perder.

Dicho lo anterior, es asombroso que nadie haya podido evitar el ascenso de un líder político tan predecible como nuestro ejecutivo y, aun en el poder, nadie tenga la capacidad de atajar sus excesos. Esto habla de un fracaso total no solo de la oposición, sino de la ciudadanía en su conjunto, toda vez que dejamos que nos dividiese alguien que ha hecho una carrera política a través del maniqueísmo y la polarización.

Una de sus tácticas privilegiadas es la victimización. Es decir, él es tan bueno que quienes no lo siguen son perversos a quienes les pone diversos calificativos para distinguirlos, siendo “fifí” el más reciente. Ellos, como en todo discurso conspiratorio, quieren ganarle “a la mala”, viven tramando cómo deshacerse de él y harán todo lo posible por quitarlo de en medio si el “pueblo bueno” no está vigilando constantemente.

Tanto le funciona la victimización que ha construido su éxito político a partir de una narrativa que explota sus fracasos, desde los dos intentos para ser gobernador de Tabasco hasta sus tres campañas a la Presidencia de la República. Como parte de ese discurso ha tejido numerosas conspiraciones, como el camión con las boletas electorales, el algoritmo de 2006 y granjas enteras de animales “regalados” a cambio de votos. Al apelar a la imagen de la eterna víctima que décadas de nacionalismo revolucionario nos inculcó, ha logrado convertirse en el redentor de los oprimidos: el líder desinteresado que el PRI nos enseñó a esperar.

También ha sabido utilizar cada oportunidad para usar ese discurso a su favor. El ejemplo por excelencia: el 6 de abril de 2005 compareció ante el pleno de la Cámara de Diputados con el fin de presentar argumentos en su defensa ante un inminente desafuero. Una vez en tribuna, hizo un discurso acerca de complots, mafias del poder y bondad que lo catapultó rumbo a la candidatura a la Presidencia y casi la ganó – otra oportunidad, claro, para hacerla de víctima durante los siguientes seis años.

La reforma a los artículos 108 y 111 constitucionales que aprobó el Senado hace unas semanas apunta en esa dirección: dar elementos para que la oposición presente argumentos para tratar de retirarle la inmunidad, pudiendo ser algo aparentemente más fácil de realizar que un juicio político. Poco importa, como se analizó en este espacio, que causales como traición a la patria o corrupción sean demasiado vagas: a él le conviene volver a dirigirse al Congreso para justificarse.

Justo vemos cómo se gesta esto en la opinión pública: ante los reclamos por haber declarado que la justicia está por encima de la ley, diversas voces claman por iniciarle un juicio político. Imaginemos un escenario donde, como sucede naturalmente, el gobierno entra en una espiral de desgaste y se logra iniciarle un procedimiento. El resultado es previsible: proyectarlo a él y a su partido no solo rumbo a 2024, sino hasta 2030. Es así como se acaba de aprobar una reforma constitucional a modo de una persona y su estilo de gobernar.

¿Qué hacer? Para empezar, darnos cuenta que llegamos a esta situación por nuestra poca capacidad de pensar tácticamente la política y comenzar a remediar eso. Segundo lugar, presionar a los legisladores de oposición a presentar acciones más claras y contundentes: quienes no puedan o no les interese perderán votos en 2021 y quienes sobrevivan estarán en la capacidad de tejer un liderazgo sólido.

@FernandoDworak