Profundizar en la Evaluación de Políticas Públicas: es muy necesario

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“Nuestro defecto es aprender más por la escuela que por la vida”. Seneca

Si se acepta que los dos componentes principales de la evaluación de las políticas públicas son su contribución a la comprensión de la acción pública y su rol de anclaje para el impulso de una democracia más participativa, se comprende que la evaluación movilice la capacidad crítica frente a las acciones de gobierno, pero con la exigencia democrática de rodear de las máximas garantías cualquier juicio sobre una acción.

El énfasis metodológico propio de la evaluación es la diferencia con otros instrumentos de información y valoración de los que se sirven los decisores públicos. Lo relevante de la evaluación es construir sus juicios apoyándose en una metodología que ofrezca las mayores garantías de credibilidad. Precisamente por ello, todo el proceso va encaminado a satisfacer las necesidades informativas garantizando la fiabilidad de los datos, la solidez de los análisis, la credibilidad de los hallazgos, la validez de las conclusiones y la utilidad de sus recomendaciones, así como cualquier otra cuestión de calidad técnica y metodológica que reflejarán sus informes. Para ello se auxilia en la caja de herramienta de las ciencias sociales, pero, también, cada vez más, en la de campos como la planificación estratégica y la gestión pública.

La evaluación emite un juicio de valor, pero no persigue “la recriminación o la sanción” como fin último, sino un mayor conocimiento de las intervenciones públicas, suscitando un cambio de cultura para mejorar lo público. Su planteamiento de la comprensión de los problemas es holístico, interesándose tanto por los contextos como por los procesos, los resultados, los efectos y los destinatarios de las intervenciones públicas. En cualquier caso, por rigurosos que sean los estudios de evaluación no la convierten en una disciplina científica puesto que su razón de ser es la “actividad institucional” y su fin último la responsabilidad de los poderes públicos frente a los ciudadanos.

Las diferencias entre evaluación e investigación social no se refieren tanto a los diseños de investigación y métodos de recopilación de datos, sino a los problemas que abordan y a su finalidad. Los evaluadores trabajan por encargo para un fin práctico inminente. Los plazos de tiempo, la retroinformación y la utilización de los resultados son mucho más cruciales en evaluación que en la investigación académica. Tampoco debe confundirse la evaluación con algunas prácticas complementarias pero diferentes como el control de gestión o contable, la auditoría o la inspección, pues la evaluación se integra en una nueva cultura gerencial y política. La evaluación aporta a esa cultura atributos tales como su carácter relacional y holístico en la comprensión de la acción pública y su razón última es la efectividad (eficiencia y eficacia) social, por lo que la evaluación llegó a ser un  instrumento de mejora de las intervenciones públicas y su utilidad ha sido ya seguida, copiada y aprendida por otros campos del saber, hasta a el punto de que su enseñanza-aprendizaje es una necesidad sentida en donde si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno, ni tampoco es bueno el maestro…