Populismo, fe y religión

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No es casualidad que en gobiernos populistas, sean de izquierda o derecha, resurjan el pensamiento religioso y los cultos: ambos se refuerzan, pues operan los mismos canales cognitivos. Por ejemplo, Trump apela constantemente a su base evangélica para movilizar el voto, repartiendo hasta biblias en zonas afectadas por desastres. Putin cuenta con la alianza abierta de la iglesia ortodoxa. Hace unos días en Polonia se quemaron públicamente imágenes consideradas diabólicas. Jair Bolsonaro es la personificación de una derecha populista y religiosa.

En México, López Obrador no solo usa un lenguaje abiertamente religioso, sino que pretende concesionar frecuencias de radio y televisión a evangélicos mientras se autodeclara “juarista”. Ni hablemos de otras violaciones al estado laico que han sido al menos toleradas, como el protagonismo del padre Alejandro Solalinde.

Algo se ha estado rompiendo en el espíritu laico y racional que nos vendió el proyecto democrático occidental. En vez de un ciudadano escéptico y abierto por ello al debate, el libre intercambio de ideas y una visión táctica sobre la política y sus procesos, el populismo promueve la confianza ciega a un líder que propone soluciones fáciles a problemas que son, por esencia, complejos. En este sentido la religión es un aliado natural. Podemos hablar de dos elementos: la fe y una visión teleológica.

La fe es la creencia en algo sin tener evidencia: algo que constantemente exigen los líderes populistas. Y como se trata de una creencia verdadera, para ellos su discurso es incontrastable. De esa forma su discurso es polarizador: se trata de distinguir entre quienes creen y apoyan y quienes dudan, para convertirlos en personas que merecen ser al menos silenciadas.

El lenguaje está cargado de elementos emotivos, para bloquear al máximo la capacidad de contrastar y razonar, haciendo que la persona reaccione ante ideas que ofenden y violentan sus creencias. Se buscan palabras que al hablarlas se genere una idea de comunidad, por lo general negativas: como fue en la antigüedad hablar de “cristianos” y en el siglo XVI de “protestantes”, el uso de términos como “chairo” envalentonan a los creyentes y los reafirman.

Un líder populista está siempre atento al valor del discurso historicista y el ritual, toda vez que apoyan a su imagen y discurso de legitimidad. Se apela a los mitos, quienes son la base fundamental para cualquier explicación sobre el devenir histórico y el presente. Esto es fundamental, háblese del nacionalismo revolucionario, la propaganda basada en próceres o el interés constante de apropiarse de nuevos símbolos del pasado.

Finalmente, la fe exige adhesión, no dudas. Tanto en el populismo como en la religión la herejía no se tolera por sugerir que lo que se vende como realidad puede ser interpretado de manera distinta al canon oficial. De esa forma, y según la fuerza coercitiva del culto o el régimen, toda desviación puede ser castigada desde la segregación, pasando por la reeducación o en ocasiones hasta la pena capital.

Por otra parte, la visión teleológica provee una visión lineal de la historia, donde hay un pasado idealizado, un presente donde se confrontan dos fuerzas y un futuro de redención inevitable. Esto no sólo está presente en las religiones abrahámicas, sino en el pensamiento marxista y en todo relato nacionalista. Al final, habrá una nueva Jerusalén, se restaurará el comunismo originario o vendrá la Utopía, como se ha escuchado repetidas veces en el discurso del actual gobierno.

El lado oscuro de este discurso: si hay un futuro inevitable, entonces el militante partidista es un misionero que difunde la palabra de lo que se considera correcto e inevitable. Y si el futuro es mejor al presente, entonces vale la pena incurrir en cualquier arbitrariedad a nombre de lo que viene: al fin y al cabo, la historia los absolverá.

Estos son algunos de los puntos en común del populismo y el pensamiento religioso. Sigamos discutiendo: sólo así podremos reconstruir el proyecto liberal.

@FernandoDworak