Una guía cínica sobre libros de políticos

0
655

Voy a confesarles algo: mi primera reacción cuando me entero que sale un nuevo libro escrito por algún político es de hastío existencial. La mayoría de esos lanzamientos suele tener lugar aproximadamente un año antes de alguna elección donde el autor tiene ambición de participar, siendo el objetivo mostrarlo humano, inteligente y si se puede visionario. En estos casos es posible hallar al poco tiempo tirajes enteros de estas obras en librerías de segunda mano, pues no van más allá del lugar común y la propuesta general o hasta buenista.

Otro gran género son las memorias, por lo general de ex presidentes, donde el afán es más por hacer una auto apología que el exponer sus decisiones difíciles, dar una visión sobre los contextos y asumir responsabilidad. Hay dos o tres que hacen de pisapapeles en mi biblioteca.

¿Abundan en este tipo de obras los llamados “escritores fantasma”? Sí, y no es algo que me escandalice salvo un supuesto: que el autor que firma ni siquiera de una revisada a lo que otros le redactan.

¿Ayuda que algunos pensadores se metan en política y luego narren sus vivencias? Hace tiempo leí un libro de un académico de izquierda español que logró ser electo al Parlamento Europeo: me resultó tan pedante que liberé al ejemplar en un parque y me olvidé tanto del título como del autor.

Sin embargo, eso no significa que todo lo escrito por políticos sea malo. Quiero compartir una guía sobre tres supuestos donde esos libros pueden llegar a ser hasta verdaderos clásicos.

Primer supuesto: ¿el político también escribe? En estos casos hablamos de alguien que ha desarrollado la pluma de manera paralela. Mi ejemplo por excelencia es Václav Havel: dramaturgo y disidente checo que tras la caída de la “cortina de hierro” fue presidente de Checoeslovaquia y tras su disolución, de la República Checa. Su pluma antes, durante y después de dejar el poder es fascinante. Además de recomendar sus obras de teatro, recomiendo Sea breve, por favor, publicado en Galaxia Gutemberg.

Segundo supuesto: ¿el político cultiva la pluma como parte de su actividad? No hablemos de la persona sea necesariamente escritor: basta con que como parte de su actividad arrastre la pluma. Mi ejemplo por excelencia: Winston Churchill, especialmente en una rama de la literatura política que merece ser apreciada de manera separada: el discurso.

En este rubro también podríamos citar a políticos que han desarrollado actividades como pensadores o ideólogos. En México hemos tenido varios como Carlos Castillo Peraza y Jesús Reyes Heroles. También valen la pena las memorias de Ireneo Paz, abuelo de nuestro Nobel de Literatura.

Tercer supuesto: la honestidad póstuma. En su libro La conciencia de las palabras, Elías Canetti decía que un diario era un interlocutor cruel, con quien se debería ser totalmente honesto. Por lo tanto, si se decía su publicación debería ser una vez que el autor hubiese muerto y no estar expuesto a represalias.

El mejor ejemplo en este rubro son las Memorias de ultratumba, escritas por Chateubriand, que parten del reconocimiento del autor de que la obra será publicada cuando ya hubiese muerto, para hablar con libertad desde su perspectiva y convicciones.

Pero si me presionan, en realidad disfruto más de una buena obra literaria que hable de política, muchas veces de manera indirecta. Pero como diría Michael Ende, esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

@FernandoDworak

Compartir