¿Dos regímenes sobrepuestos?

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Hace algunos años escribí un ensayo en el que me refería a dos regímenes sobrepuestos: uno que llamé estatista, populista y autoritario y otro que califiqué como neoliberal, tecnocrático y también autoritario (más en lo económico que en lo político, si se me permite un matiz). Dije, asimismo, que el primero se fundó con el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924) y el segundo, aunque todavía con ciertas ambigüedades e indefiniciones, en 1982 con Miguel de la Madrid Hurtado. Y los llamé “dos regímenes sobrepuestos” porque al iniciarse el neoliberal tecnocrático el estatista populista no había desaparecido del todo.

Muchos de los defensores del viejo régimen, con o sin adecuaciones a los tiempos cambiantes, estaban vigentes dentro y fuera del gobierno federal, de no pocos gobiernos estatales y del Partido Revolucionario Institucional (PRI), uno de sus principales soportes desde su creación en 1929 como Partido Nacional Revolucionario. Al mismo tiempo, los defensores del nuevo régimen —también en el PRI—, que ya habían sobresalido desde el gobierno de López Portillo (1976-1982) en su gabinete económico, afianzaron su hegemonía al ganar para ellos la presidencia de la república, en un país presidencialista altamente centralizado. Podría decirse que a pesar de que los defensores del régimen neoliberal tecnocrático contaban con el gobierno nacional, no habían logrado derrotar a los representantes del viejo régimen. Quizá esto explicaría por qué tuvieron que recurrir a un golpe de Estado técnico imponiendo, primero en el PRI (como candidato) y luego en la presidencia del país, a un tecnócrata también neoliberal: Carlos Salinas de Gortari. Fue éste quien habría de precisar el carácter del nuevo régimen, y afianzarlo, sin importarle los medios para conseguirlo. Podría decir que, básicamente, con Salinas se consolidó el nuevo régimen neoliberal tecnocrático y que así se mantuvo a pesar de los cambios de partido en las siguientes sucesiones hasta el gobierno de Peña Nieto, inclusive. Con éste último presidente se daba por muerto el antiguo régimen estatista-populista, pero el nuevo no gozó totalmente de cabal salud, como se demostraría por las grandes contradicciones que generó y que resultarían inocultables al final de su sexenio.

Ese viejo ensayo lo fui modificando y adaptando a las nuevas hipótesis que los cambios en la realidad me fueron imponiendo, publicándolo con sus innovaciones en diversas revistas y en dos libros distintos. Empero, los resultados electorales de 2018 y la propuesta de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) de instaurar un nuevo régimen político, distinto del neoliberal, me llevan a esta nueva reinterpretación de aquellos dos regímenes sobrepuestos, ahora en sentido contrario: si en 1997 se veía a un régimen neoliberal tecnocrático sobre el antiguo estatista y populista, ahora quizá estamos en presencia de un nuevo régimen estatista y populista (tal vez diferente al antiguo) sobre el neoliberal tecnocrático que, obviamente, se resiste y se resistirá a desaparecer.

Quizá sería válido decir en el presente que el largo periodo del régimen neoliberal y tecnocrático se fue agotando después de unos treinta y seis años de vigencia casi no cuestionada desde las posiciones de otro partido que le fuera realmente competitivo. Pero inopinadamente, sin que nadie se atreviera a pronosticar su derrota por el flanco populista y en cierto sentido también estatista en las elecciones de 2018, fue un nuevo partido (y no uno de los tradicionales) el que por ahora lo ha cuestionado seriamente. Morena, ese nuevo partido en este momento en el poder, o tal vez su líder carismático que fue el creador del partido, se ha presentado como antineoliberal y, por lo menos en el discurso, también antitecnocrático.

¿Está naciendo un nuevo régimen, una nueva forma de Estado? Aparentemente sí, pero no puede afirmarse todavía que el viejo régimen (neoliberal y tecnocrático) esté totalmente vencido, aunque López Obrador declarara el 17 de marzo de 2019 que, para él y sus colaboradores, tanto el modelo neoliberal como su política económica ya habían quedado abolidos. Ese mismo día el presidente dijo que había que construir una propuesta “posneoliberal”, y “convertirla en un modelo viable de desarrollo económico, de ordenamiento político y de convivencia entre los sectores sociales; demostrar que ésta [la propuesta posneoliberal] debe ser sin excluir a nadie y que el desarrollo no debe ser contrario a la justicia social”.

Tal vez sea necesario analizar qué se quiere decir con “posneoliberal”, y ver si es cierto y si no se trata de dos regímenes políticos y económicos sobrepuestos de nueva cuenta. Por el momento y para mí sostendría, como hipótesis aceptable, que estamos todavía en presencia de dos regímenes sobrepuestos y no me atrevería, todavía, a pronosticar cuál ganará sobre el otro.