Rumbo a un nuevo “nosotros”

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Toda nación tiene un discurso de pertenencia, donde se define un origen y un destino comunes. A partir de ahí se tejen otros elementos como el idioma, los símbolos patrios y la historiografía. No puede haber un Estado moderno sin esa noción de comunidad imaginada.

El viejo “nosotros” está desapareciendo. La interpretación posmoderna señala que las sociedades se diversifican de manera tan acelerada que se pierde una noción de identidad colectiva, llevando incluso a la marginación de grupos que optan por radicalizarse. Ejemplo de ello son tanto los integrismos islámicos como los grupos de extrema derecha en Europa. Valiéndose de ello, diversos líderes a nivel mundial han tejido su discurso a partir de la división de sus respectivas sociedades, gobernando a partir de la polarización constante.

Durante décadas imperó en México un discurso retrógrado y retardatario cuyo objetivo era gobernarnos a través de la resignación: el nacionalismo revolucionario. Sin embargo, y aun sabiendo que es responsabilidad del Estado fomentar y renovar esas visiones, en tres décadas no hubo una revisión. Como resultado, se impuso un gobierno que enarboló y busca gobernar a través de esas interpretaciones atávicas y todavía peor, a través de la polarización.

Si deseamos superar esta etapa, urge retejer un discurso sobre quiénes somos, lo que nos une y cuál debería ser nuestro destino común: un nuevo “nosotros”. Si desea arraigarse, no debe plantearse en contraposición a la demagogia vigente, sino dibujar una alternativa que no solo nos englobe a todos, sino también se convierta en una alternativa atractiva. Sabiendo que hay mucho por hacer en este campo, comparto algunas reflexiones.

De acuerdo con filósofos como Jacques Rancière, lo que falta en tiempos de la posmodernidad no son ideales, sino sujetivaciones colectivas, entendidas como nuevos discursos de identidad que transformen el malestar que muchos grupos sienten en claves políticas de emancipación igualitarias abiertas e incluyentes. Es decir, visiones de comunidad donde todos quepamos, incluyendo a los que algunos quieren mostrar como “enemigos”. Es así como la acción política podría desarticular el discurso de odio.

En mi opinión, este será trabajo de ciudadanos en lo individual, agrupaciones civiles y grupos partidistas a nivel local, concatenando identidades a partir de las comunidades y de ahí a una visión nacional. Bajo esta dinámica, quien no sepa explicar la alternativa sin recurrir a dogmas o adoptar una posición de superioridad moral o intelectual, no solo no es mejor que los dogmáticos del otro lado, sino también es parte del problema.

Todo discurso tejido desde un pedestal estorba: la gente votó el año pasado contra actitudes como esas. Tampoco será de utilidad atacar a quienes basan su estrategia en la descalificación: la polarización no se combate con polarización. Por ejemplo, abandonemos palabras como “chairos”, entendiendo que son tontos: son tan inteligentes como cualquiera de nosotros, con la salvedad de que han abandonado su capacidad para dudar. De esa forma, al volverse refractarios a información que contradice sus creencias, pueden tejer todo tipo de saltos lógicos para darle la vuelta.

Aunque algunos ven esperanza en otros países con líderes como la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez, no veo mucho futuro en esos perfiles: la “disrupción” sólo exacerba al lado contrario y lo reafirma. Además, para efectos prácticos, está en su primera elección y según la estructura de carreras en el Congreso de Estados Unidos, el único poder que tiene es mediático. Los nuevos liderazgos necesitan inspirar sobre posibilidades para superar el estatus quo, no chocar de frente.

A lo largo de este y los tres textos anteriores en este espacio he querido dar un manifiesto sobre cómo veo la situación y qué hacer para superarla. Abramos el debate y enriquezcamos nuestras visiones.

@FernandoDworak