De la revocación de mandato a la no reelección. Caminos adecuados

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Ya descansarán los apocados que no duermen pensando en que López Obrador se reelegirá ad aeternum. No sabemos si lo hará, dice que “no” en marzo de 2019 y sabemos bien que hoy está impedido por ley y carece de las legislaturas estatales para imponer una reelección por la vía de una reforma constitucional. Salía sobrando decir que no se reelegirá, pero acalla opositores. Al igual que con la Guardia Nacional, requeriría de la complicidad de alguno de los partidos mayoritarios si procediera a reelegirse. Uno de esos que apoyan sus opositores. Así que no se hagan de la boca chiquita. Lo demás es propaganda.

Y en cuanto a la revocación de mandato, merece refrescarse la memoria. La izquierda mexicana de tiempo atrás ha clamando por distintas formas de participación ciudadana. Han postulado desde su trinchera la importancia de una democracia no solo activa, sino participativa. Una vigilante que no se limita a acudir a votar y a callar después. Una que da seguimiento a sus decisiones tomadas en los comicios. Y es positivo que lo proponga.

Otras corrientes ideológicas lo han postulado de manera menos radical y se han quedado a la saga. Hay quien desde otras corrientes por supuesto que cuestiona y descalifica las más elementales propuestas alternativas y quiere que solo prevalezca  votar en comicios programados. Es natural. En eso, la izquierda mexicana siempre les ha sacado ventaja, pues lo mismo ha propuesto el voto de los mexicanos en el exterior que el plebiscito, el referéndum y modalidades extremas como la revocación de mandato. No es poca cosa y no es inventiva de López Obrador, para infortunio y despecho de sus opositores.

En esa tesitura nos topamos ya con esta propuesta aprobada en la Cámara de diputados federal, aún faltando el Senado al momento de escribir esta entrega, que va encaminada a revocar el mandato de un sujeto cuyo cabal cumplimiento a su función encomendada, genere tal repulsa que se le pueda sancionar deponiéndolo, cumpliendo ciertas causales y requisitos, naturalmente. La medida es audaz y tendrá frenos más metajurídicos que legales. Pasará con ella lo mismo que con la reelección de legisladores y municipes: el sentido común del político de turno le permitirá olfatear si se conduce como político o como un vil politicastro, situación que propiciaría el descrédito desde sus conciudadanos, dispuestos a deponerlo por incumplir sus tareas, aun sin terminar el encargo.

No es cosa banal coincidiendo tantos casos de desapego al cargo público en detrimento de mayorías; y en consecuencia, a los intereses de los electores. Y quede claro: no solo es cosa de populismos. Ojalá que solo fuera eso. Difícilmente esta medida desencadenará tormentas. Partimos de que el sujeto de turno se conduzca razonablemente con responsabilidad en el ejercicio de su encargo, de manera que la medida no de pie a suponer que se reprueba a medio cuerpo de funcionarios por incumplidos e inoperantes. Pinta más para la excepcionalidad de la regla el que se materialice tal revocación.

Y desde luego que es absolutamente equivocada la idea de que revocar abre la puerta a la reelección. Como propaganda barata, vale y se entiende que se consuma por desinformados y mal intencionados. Ya como planteamiento serio, se resbala, patina, no cuela. Se revoca lo que posee un tiempo perentorio. Y la revocación no es sinónimo de extender un mandato vía la reelección, ni mucho menos de replantear un nuevo periodo consecutivo ni alternado. No nos equivoquemos. No revolvamos conceptos.

En cuanto a la no reelección del presidente, en un país donde PRI y PAN votaron a favor de la reelección de los legisladores y alcaldes en 2011, resulta pasmoso y alucinante escuchar al estrambótico líder del PAN, Marko Cortés, hacer un ridículo llamado de alarma a la comunidad internacional advirtiendo que Morena intenta reelegirse en la presidencia. Partiendo de las palabras expresadas en el párrafo anterior, el dirigente sencillamente se hace fuera de la bacinica. No puede expresarse más claro, pero sí más alto.

El sistema político mexicano está saciado con un sexenio presidencial. Es más que suficiente. Más si nos toca un insufrible como Peña Nieto. Acaso es demasiado y más si hubiera reelección. Aquella se ha propuesto en ocasiones anteriores si y solo sí, se redujera a periodos presidenciales de cuatrienios que parece que nadie ha querido asumir. La reelección en otras instancias de gobierno ya autorizada, ha tenido por freno a la ciudadanía. Los gobernantes olfatean si recibirían nuevamente la confianza ciudadana y se abstiene de postularse de nuevo; ello va recordándonos que el ciudadano, después de todo y antes que nada, sigue teniendo la última palabra, mal que le pese a políticos y opinólogos de ocasión.

Siendo pues, dos cosas distintas el revocar mandato y el reelegirse, porque no hay manera de que sean iguales. Debería de bastar saberlo para no errar veredictos. Se trata de que la una mira hacia atrás, la otra hacia delante; ergo, la firma de un documento frente a la Nación en donde López Obrador se compromete a no reelegirse en 2024, acalla de  momento rumores que dicho sea, no corren en su primer círculo, sino en las oposiciones vociferantes. Por otra parte, tal define y separa claramente dos realidades: reelegirse de revocar mandatos. ¿Qué se someterá a una consulta de revocación de mandato en 2021? No parece que esté claro ese asunto. Si la pierde, la Constitución dice qué hacer a falta de presidente, si aquel se retira.

Es sano para una democracia valorar los desempeños. Salen sobrando las palabras absurdas del dirigente panista.

Y por lo demás, uno supondría que la República merece la no reelección presidencial por tres razones: 1) Por muy acertada que hubiera sido una función pública, suponiendo que lo fuera y la de López la primera, la idea de república sugiere movilidad en el cargo. Que se roten; 2) En esa tesitura, a los políticos como a los pañales hay que cambiarlos seguido y por las mismas razones; 3) La movilidad partidaria a lo más puede detenerse, es decir, que repitan siglas pero no personas, por la voluntad popular, pero en todo caso mutando personas para otorgar la oportunidad de ejercicio a nuevos grupos.

Es por ello sano ante la sospecha reelecionaista que existe de ciertos sectores opositores hacia López Obrador, si es lo que tanto fastidia, que el personaje firme un compromiso de no reelegirse, más movido a hacerlo por la presión opositora que por facilitarla nuestra Constitución, que hoy no lo hace. De eso a que los opositores ganen en 2024 es muy temprano para saberlo.