México-EE.UU.: Ebrard alejado

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WASHINGTON, D.C.- Si la política exterior de la Casa Blanca se construye a través de lobbies foráneos en Washington, México aparece alejado de los centros de poder y el canciller mexicano Marcelo Ebrard quiere jugar sus propias cartas demócratas y liberales.

La diplomacia de México –por llamarle de algún modo– radica en la política nacional del presidente López Obrador y su táctica de abanicar las bolas ensalivadas de la Casa Blanca, pero sin atender la agenda mexicana resumida en el tema de migración vista desde los EE. UU. como asunto de seguridad nacional. La separación de agendas aleja a México de la línea de confrontación, aunque lo deja sin referente externo en los reacomodos políticos trumpianos.

El canciller Ebrard se encuentra atrapado en una tela de araña: apoyó a Hillary Clinton en las elecciones de 2016, está más cerca de los demócratas, el enlace de Peña Nieto era el yerno Jared Kushner, esa oficina está declinando y no hay diálogo con Ebrard, el canciller mexicano quiere ser candidato presidencial morenista en el 2024 –lo fue como sucesor de AMLO en el gobierno del DF en 2006– y sabe que Washington tiene intereses en esa sucesión mexicana.

Pero el problema mayor es que México se quedó sin lobbies en las estructuras del poder de Washington. A lo largo de sus años como cónsul, el diplomático Carlos Manuel Sada había tejido alianzas estratégicas en los funcionarios del gobierno, las agencias de política exterior y sobre todo del congreso, pero una enfermedad lo retiro del activo diplomático a mediados de 2018.

Lo malo fue que nadie retomó ese esfuerzo de estrategia diplomática, Peña Nieto confiando en que su canciller Luis Videgaray iba a tener suficiente con la relación personal con Kushner y ahora el gobierno de López Obrador sin interés en construir un nuevo tipo de relaciones políticas.

Los indicios más sólidos señalan que Trump va a querer repetir su estrategia de 2016: colocar el tema del muro y de los migrantes en el centro de su campaña por la reelección, y de nueva cuenta sin que México elabore alguna línea de acción de emergencia.

El tema migratorio se está calentando en los EE. UU. por las cifras de especialistas de que la presión en la frontera podría llevar a un aumento de hasta 20 millones de hispanos ingresando en la economía y la sociedad. Los demócratas, en su obsesión anti Trump, no están calculado el efecto desestabilizador de migrantes legales e ilegales que están llegando sin cumplir con los requisitos de inserción en la vida cotidiana estadunidense y sí como comunidad hispana. Grupos sin militancia política comienzan a preocuparse por esa ola migrante que, por encima de todo, no puede ser contenida por las autoridades migratorias en la frontera sur. Obama usó el tema migratorio en sus dos elecciones y decepcionó a todos.

La revisión del TCL 2 en el congreso estadunidense no se ve bien para México y para Trump, quien obligó a Canadá y a México a cambios de fondo que de todos modos no han sido aceptados por la economía y las empresas.

En este contexto, la agenda EE. UU. para México se presenta no sólo compleja, sino sin una política exterior coherente, una tendencia al aislacionismo y un escenario geopolítico que México debiera encarar. Al final, todos los caminos de México pasan por Washington.

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