Cuestión abierta: la democracia

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Agapito Maestre

O gobierna Sánchez o gobierna Casado, dicen los del PP. O gobierna Casado o gobierna Sánchez, reiteran los del PSOE. Los partidos que han gobernado en España, durante los últimos cuarenta años, no dudan de su futuro. Pretenden seguir marcando la agenda política de los próximos años. Falso. La cosa ya no va por ahí por mucho que se esfuercen en decir lo contrario los voceros de esos partidos. Cambiemos de actitud; seamos un poco más realistas, una posición que, a veces, como es el caso, no está reñida con la imaginación. Nadie sabe quién ganará las elecciones del 28-A. La mayoría de las predicciones son especulaciones a favor o en contra de algunos de los contendientes. La democracia, por fortuna, aún es una cuestión abierta para la sociedad española. Ni la ley electoral, ni los institutos encuestadores, ni los partidos políticos, ni los medios de comunicación, ni las instituciones estatales, ni los sistemas propagandísticos, ni siquiera la preparación de un suceso terrorífico como el del 11M, que llevó a Zapatero al Gobierno, podrían predeterminar cómo se comportará democráticamente un grupo social ante una elección.

La sociedad española, o mejor, la pluralidad de individuos que componen nuestra sociedad es libre de votar a quién le dé la real gana. Callen, pues, quienes se empeñan en buscar coaliciones raras, extrañas y hasta perjudiciales para una sociedad rica, compleja y variada como la española. En cualquier caso, quienes insisten en plantear que algunos partidos deberían concurrir a las elecciones en coaliciones, por ejemplo, el PP con C´s, o el PP con Vox, etcétera, reparen en que estarían sustituyendo el rico entramado social por reglas aritméticas que distan mucho de ser implacables. Una sociedad que doblegara su carácter abierto e imaginario, democrático, a realidades institucionales sería una sociedad potencialmente enferma y camino de su muerte. O la realidad institucional del ejercicio del poder real está en tensión con las invisibles realidades simbólicas de los ciudadanos, que apuestan por una democracia de calidad, o mueren las instituciones y los deseos de más y mejor democracia. En las sociedades post-totalitarias no existen “fuerza económica” ni élite política determinantes de la praxis democrática.

Quien no aprenda el significado de esa tensión entre lo real y lo simbólico, entre la institución y quienes desean transformar las inercias y límites de los ordenes institucionales, fácilmente caerá en la demagogia del que compara nuestra sociedad del XXI con la del siglo XIX, o peor, cree que la democracia post-totalitaria funciona como el régimen liberal de la primera Restauración. Falso. Nada está decidido de antemano en las sociedades plurales. La democracia sigue siendo una cuestión abierta. Es nuestra única esperanza en una España cada vez más fanatizada por partidos y medios de comunicación.