Después de los 100 días ¿Y las nuevas narrativas?

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A cien días, nos vemos abrumados por la mitología que ha tejido el ejecutivo y la forma en que ha capturado la imaginación de la opinión pública. Conocedor de símbolos y lenguaje, López Obrador ha definido cada tema de la agenda pública según sus intereses y marcos conceptuales. El mejor ejemplo es el NAIM de Texcoco: sin importar cualquier estudio, se impuso el afán por destruir un símbolo de la administración de Peña Nieto sin que todavía sepamos bien a bien qué pasará. Así ha logrado hasta el momento dominar la atención.

Quienes disentimos con su visión y proyecto tenemos dos opciones. La primera: reaccionar cada día a las nuevas ocurrencias del ejecutivo, haciendo que la discusión trate de él. A decir verdad, eso es lo que desea: así ganó la elección de 2018 a decir verdad.

La segunda es difícil y costará un tiempo definirla y hacerla creíble, pero es la única que podrá hacer que este momento sirva para mejorar nuestra democracia en vez de contribuir a desmantelarla: separar la propaganda de lo que está pasando en realidad con el país, y con esto construir una narrativa alternativa que nos ayude a construir un nuevo “nosotros”. ¿De qué trata esto?

Comencemos con lo básico: construir una visión de Estado sin cursilerías, lugares comunes y frases motivacionales. Un primer esbozo: México tiene una posición geográfica privilegiada que ha desaprovechado. Si se desea aprovechar la sana pirámide poblacional que hoy vivimos, compuesta mayoritariamente por jóvenes, urge invertir en educación que permita integrarnos a la globalización, así como potenciar la infraestructura que nos permita ser atractivos para la inversión.

Siguiente paso: revisar de manera crítica los avances de los últimos 40 años. Es necesario hablar de lo alcanzado desde la reforma política de 1977 hasta el Pacto por México y por qué es necesario. Al mismo tiempo, hay que señalar sus fallas y limitaciones: abrir la economía en un entorno cerrado llevó a un capitalismo de cuates y la inequidad; los ejercicios de democratización se olvidaron de empoderar al ciudadano efectivamente, e incluso la reforma electoral de 2007 convirtió al sistema de partidos en un oligopolio. Y esto llevó a que nuestra élite entrara en un margen de confort que la hizo débil y autocomplaciente.

Por lo tanto, quienes ganaron en 2018 lo hicieron más por la ineptitud de quienes ostentaron el poder que por sus propios méritos. Ante la ausencia de un discurso que consolide los cambios, se usó el término “neoliberalismo” como fetiche para señalar las fallas del nuevo sistema. Al sumar poco a poco los perdedores del nuevo entorno, el ataque fue fulminante – y hay que pagar las cuentas.

Con estos elementos se necesita tejer claramente un escenario sobre hacia dónde llevarán las decisiones que se están tomando. Es decir, la forma que se están desmantelando las instituciones para consolidar una nueva hegemonía que busque permanecer por décadas en el poder. Cómo se está premiando a grupos que contribuyeron a la victoria a costa de la educación, la integración, la inversión y el desarrollo.

Hay que tener claro lo difícil que será reconquistar la confianza del público, especialmente cuando los hoy perdedores hicieron varias reglas a su favor en su momento, como la ya mencionada reforma electoral de 2007. El nuevo discurso también debe ser claro con los costos que tendrá revertir algunas decisiones tomadas por el ejecutivo y dar líneas claras sobre qué hacer.

Por lo pronto, esto requiere del esfuerzo de cada uno: los partidos están en una crisis severa y se ha escrito aquí sobre la duda que tengo de que “los mismos de siempre” puedan ayudar en algo. En la siguiente entrega se hablará de la responsabilidad que cada uno tenemos en superar esta crisis.

@FernandoDworak