Importa poco tener la razón

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El mundo que conocíamos desapareció el pasado mes de julio, al conocerse los resultados de la elección. Debemos darnos cuenta que nada volverá a ser como era antes, y podrá ser mejor o peor dependiendo de cuán rápido sepamos plantear alternativas y seamos capaces de promoverlas.

Frente a este hecho, es una desgracia que los mismos políticos, intelectuales, opinadores y académicos que llevaron al deterioro del proyecto político y económico de los últimos años pretendan ser parte del frente opositor. Para decirlo con mayor claridad, su mala capacidad de comunicar y hacer autocrítica los hace parte del problema.

Hoy día importa poco tener la razón para posicionar un tema, por no decir un proyecto. En los tiempos de la posverdad y el resentimiento, es indispensable cambiar de tácticas de comunicación y en mi opinión, hasta de grupos y generaciones. Comparto algunas ideas para encauzar el relevo:

Primera: se parte del descrédito. Como se ha comentado en este espacio, el discurso del liberalismo de los últimos 30 años ha fracasado. Tenemos mucha gente que hace excelentes diagnósticos, que tiene poca idea táctica para impulsar los cambios y que comunicativamente no prenden. El lenguaje es demasiado técnico para ser entendido por las masas y a menudo su propio estilo de escribir sólo es atractivo para el limitado circuito para quienes se dirigen. Esta constelación de grupos es vista por quienes votaron mayoritariamente como “los de siempre”, y no se puede construir algo nuevo a partir de esto.

Segunda: ¿qué representan? La política se mueve sobre narrativas. ¿Qué causas defienden? ¿Por qué falló el discurso liberal? ¿Por dónde se puede reposicionar el liberalismo? ¿Bajo qué premisas? Es necesario bajarse desde ya del pedestal y retejer una imagen atractiva, pues no se vencerá al nuevo gobierno a partir de ataques, sino conquistando la imaginación del ciudadano. Si lo que existía está ya muerto, hay mucho que remontar. Dicho esto, la siguiente pregunta es: ¿cuántos tienen la capacidad de hacerlo?

Tercera: ¿cómo hablan? El lenguaje define la forma en que la gente ve el mundo. Tenemos frente a nosotros al mejor comunicador político en México, y tiene clara la relevancia de las palabras como instrumento de legitimación para el régimen. Lamentablemente pocos, si acaso, tienen idea de cómo vencer esta inercia y siguen expresándose según los cánones y patrones viejos. Otra vez, no se puede crear el futuro con las formas del pasado.

Cuarta: tengan un plan de acción. Es común confundir la estridencia declarativa con autenticidad y valor, aunque semejantes desplantes terminan haciendo poca cosa aparte de apantallar a impresionables. Que quede claro: decir “verdades” en foros públicos no es equivalente a tener una estrategia. Si se desea incidir, hay que planear, lo cual va desde posicionar agendas claras, conocer el entorno y los tomadores de decisiones, hasta definir los pasos a seguir y tener claros los indicadores de desempeño.

Tenemos en la oposición a masas de personas que han muerto políticamente, aunque todavía no se han dado cuenta de ello. A lo largo de los próximos años veremos cómo desaparecen muchos think tank, organizaciones, políticos y opinadores. Eso será sano si sobreviven los pocos que aprendan cuánto cambió todo y sepan adaptarse y sobre todo, si el fracaso del discurso liberal motiva a nuevas generaciones a redefinir las premisas de la discusión y asumen el liderazgo que les toca. Y entre más pronto suceda, mejor.

@FernandoDworak