«BUENA MAR Y MEJORES VIENTOS»

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Cadena de Mando

Se ha opinado mucho sobre la presencia de los marinos para combatir a la delincuencia organizada. En su operación, la Secretaría de Marina Armada de México, simplemente ha obedecido lo que la Cadena de Mando le ha ordenado.

La inclusión de los de blanco dentro de la seguridad pública no es fortuita, todo obedece a lo que el gobierno federal determina dentro de la tan «vapuleada» estrategia de seguridad, donde las fuerzas armadas -ejército, fuerza aérea y marina armada- deben participar combatiendo amenazas internas, de las que, guste o no, se contempla la lucha contra el narcotráfico como una tarea permanente.

El análisis general respecto a la realidad de la delincuencia organizada ha pasado por alto un hecho vivo y latente. La lucha que en el pasado libraban los soldados en la sierra, ahora también la tienen en las ciudades -desde rancherías hasta grandes urbes- por lo que la estrategia, logística, adiestramiento y operación tuvo que cambiar, y esto ha hecho que los de uniforme sean visibles para todos. Lo mismo sucedió a los marinos, la batalla en los mares, ahora la deben continuar y combatir en tierra.

Otra cínica realidad es la que dejan gobernadores y alcaldes a responsabilidad de las fuerzas armadas, es decir, ya se hizo costumbre que los representantes del pueblo, bajen la guardia ante las amenazas de seguridad pública que viven en sus entidades y municipios. ¡Al fin ahí están los soldados!

Se insiste sobre la visibilidad que estas realidades les han dado a la SEDENA y a la SEMAR, misma de la que se han aprovechado los que deben combatir de manera preventiva y reactiva la inseguridad, violencia, incertidumbre y pánico que se vive en tantos estados de este país. El irresponsable silencio de algunos gobernantes, se pierde ante el impacto que causa la obligación de informar por parte de las dependencias castrenses; aunque al final, por un lado se aplaude la apertura en la comunicación social y por el otro se critica cuando la información se emite para dar a conocer los resultados de sus acciones.

La semana pasada el fondo de la comunicación respecto a Heriberto Lazcano tomó un mal tiempo en esa mar donde los marinos navegan contra fuertes vientos. Huelga decir que antes del lunes 8 de octubre, nadie -sociedad, políticos, medios de comunicación- le reclamaba a los de blanco él por qué no habían detenido al famoso «Lazca».

El impacto mediático y social que debió haber causado que, en el mes de septiembre y lo que lleva octubre, la marina armada detuvo a los principales líderes del Cartél del Golfo (Mario Cárdenas Guillén y Jorge Eduardo Costilla; y a dos de las cabezas «Zetas», (Salvador Martínez Escobedo e Iván Velázquez Caballero) se diluyó totalmente ante el hecho del operativo en Progreso, Coahuila donde murió Lazcano -conocido también como «El Verdugo»- y que al momento de la agresión entre «malandros» y marinos, no se tenía conocimiento de su verdadera identidad. La cosa se agrava cuando entregan los cuerpos al Ministerio Público de Sabinas y éste a su vez lo manda a una funeraria para la necropsia correspondiente y de ahí, un grupo armado roba el cadáver y desaparecen.

Preguntas a partir de lo anterior muchas. Realidades pocas.

¿Cómo quiere ver la sociedad a los líderes de la delincuencia organizada? ¿Vivos? ¿Muertos? O quizá ¿tras las rejas? Si se atrapan vivos, se presentan ante los medios y después, nada. Ni quien se acuerde de ellos. Si mueren -Arturo Beltrán, Ezequiel Cárdenas, Nacho Coronel- las dudas surgen en torno al exceso de fuerza cometido para abatirlos. Cuando llegan a las penitenciarias, o se vuelven testigos protegidos del gobierno o se escapan por la puerta grande.

Si la muerte del número 1 de los Zetas viene a debilitar a ese grupo, entonces pasa a segundo plano si sabían quién era o no, no importa si no fue parte de una operación de inteligencia por parte de los navales. Otra realidad es que en muchos pueblos de este país, son las funerarias las que operan como servicios médicos forenses, razón por la que el cuerpo fue a parar ahí. No es un «cochupo» de nadie; así se trabaja cuando el presupuesto municipal no alcanza para mantener un SEMEFO. Se necesitaría triplicar el número de efectivos militares y navales para que anden cuidando los cuerpos de los delincuentes muertos.

Lo que importa en verdad es el grado de confianza que la sociedad le da a sus fuerzas armadas. Lo que importa es entender en su totalidad que, la presencia del ejército y la armada en pueblos y ciudades, es a petición de los mismos gobernantes; es, a necesidad extrema de una sociedad que perdió toda seguridad para sobrevivir en sus lugares de origen. Es a la orden del Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas.

Si no es suficiente, que aborden sus barcos para tener buena mar y mejores vientos.

¡A ver cómo nos va!

E-mail: jibarrolals@hotmail.com

Twitter: @elibarrola 

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