Pax mexicana: entre Venezuela y España

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Así como la Pax romana o la Pax britanica, así la Pax mexicana. Necesaria y conveniente a nuestros intereses en materia de política exterior. Sin tener lamesuelas, sin aspavientos y mucho menos sin las ocurrencias priistas sin ton ni son, que no necesitamos.

La política exterior del gobierno López Obrador cuenta con dos capítulos que permiten identificar algunos atisbos de su rumbo. El caso de Venezuela ante una crisis internacional y el caso español como una continuidad en el marco de los acuerdos y demás soportes de una estrecha relación bilateral, fluida. Ambos gobiernos, español y mexicano, como el mexicano y el venezolano, diferenciados así sean de izquierda. A propósito del conflicto venezolano y de la visita oficial del presidente del gobierno español, se merece unas cuantas reflexiones.

Para el primer caso se trata de la primera crisis que toca enfrentar al gobierno actual y lo será solo si se deja embaucar con la impostura de que México debe de intervenir. Desde luego que la salvará si recurre solo a ofrecer los buenos oficios o si se mantiene al margen no secundando las presiones estadounidenses que ya se amenazaron. México no extiende reconocimientos y no cabe la excepción.

La postura por más que se cuestione, es clara: no intervención. Un valor vigente. Raro para algunos no estudiosos y para los mal intencionados, porque la Constitución lo marca –y si no gustan sus letras, empréndase  una iniciativa de ley para modificarlas– y que echa por tierra la zarandaja de que es un principio obsoleto o que ya evolucionó. Más falso que otra cosa resulta sostener tal. No ha  evolucionado el concepto al grado de que signifique: intervengamos, así sea en el nombre de los universales derechos humanos que nos sirvan de coartada para conseguir ventajosas ganancias y secundemos iniciativas yanquis injerencistas que toman por pretexto los derechos humanos de los venezolanos.

No, definitivamente el principio de no intervención no da ni para todo eso ni ha evolucionado tanto ni se soporta en tanta desvergüenza. Intervéngase solo si los intereses de México van en juego y nadie ha podido establecer cuales serían aquellos. Esa es la enorme gran diferencia que avalaría la postura asumida por el presidente.

No cabe pues, justificar una inexplicable e inaceptable condena a Venezuela tan gratuita e irresponsable a lo Luis Videgaray, o al propio López Obrador sin faltar a la entereza intelectual y tampoco cabe partir de justificar la alucinante e irresponsable política exterior priista no defendiendo los intereses de México en escenarios donde nada tenía qué hacer y de manera soterrada en ello ir aplaudiendo a Estados Unidos, mientras con lágrimas de cocodrilo se afirma desde partidos opositores como el PAN que están con Guaidó y los venezolanos, cosa tan inocente que no cuela.

Ha sido peripatético ver al PAN lamentando la neutralidad mexicana cuando que condujo una política de choque torpe frente a Venezuela en la época calderonista, mientras era descalificado Felipe Calderón por Hugo Chávez desconociéndole su triunfo, cosa que no incumbía al venezolano. Pudo el PAN mostrar esta vez más dignidad y la dejó pasar tan magnífica oportunidad. No es raro, Marko Cortés es persona de pocas luces. Y lo demuestra a diario dando palos de ciego. Nada más, pero cabría guardar tantita dignidad y silencio dejando que los venezolanos atiendan y resuelvan sus problemas no a capricho de los yanquis…o de los panistas.

De momento, la postura oficial mexicana es clara. Una vez que los venezolanos definan en concreto quién es su mandatario, se trabajará con tal. En tanto, Maduro sigue siendo presidente de Venezuela, mientras los venezolanos no concreten otra cosa de manera indubitable. No hay más y no lo han hecho.

Para el caso de Pedro Sánchez se presenta como el primer jefe de gobierno español que visita México en este período lopezobradorista. Sí, es el primer mandatario extranjero que visita México, de izquierda, aunque no necesariamente en la misma tesitura que López Obrador. A decir verdad, quizá comparten poco y sus gobiernos, menos.

Sánchez no ha sido elegido en las urnas, intenta llegar a 2020 para agotar la actual  legislatura que ha emprendido en medio de un acuerdo parlamentario que apartó a Mariano Rajoy y está acosado por la oposición, que puede arrebatarle a los socialistas la presidencia del gobierno si el desgaste ya fuera mayúsculo. Todo eso en medio de la impopularidad que de cuando en cuando asoma en España contra la monarquía y temas candentes como el separatismo catalán o la siempre compleja relación con la Unión Europea, manteniendo equilibrios para no rebasar sus directrices. Sánchez es acaso el jefe de gobierno español menos conocido, menos mencionado en México de cuantos lo han presidido en la era democrática actual. Cosa extraña, acaso, pero sucede. Contrasta con la figura de Felipe VI perfectamente identificada aquí.

Pinta para ser una visita de cortesía, quizá de reclamo por víctimas de la delincuencia o afectaciones a la banca española en México por las intentonas de frenar el cobro de comisiones, y poco más. México está por nombrar embajador. Y no dejan de ser ambos países los socios estratégicos en Iberoamérica y en la Europa comunitaria.

Lo que no pareciera ser es una reunión de dos cercanos. Entiéndase que eso no significa que estén confrontados. Son diferentes, nada más. Un magnífico ejemplo nos lo da su posicionamiento en política exterior donde hay serias discrepancias en la manera de abordar cada tema, no graves, pero ahí están: México aboga por la migración ordenada, España va a más, pues enfrenta la migración africana que compromete de por medio su relación estratégica con Marruecos; es crítica a ella en los hechos, pese al discurso tolerante del gobierno socialista. Trump no es un problema allá, en tanto que aquí es un dolor de cabeza permanente. Venezuela no se toca para López, Sánchez en cambio la ha conminado a  que convoque a elecciones. Ello le ha valido un abierto cuestionamiento del ministro de exteriores venezolano.

De forma tal que ni siquiera en eso hay semejanzas entre ambos gobiernos. López es cercano a Jeremy Corbyn el posible sucesor de Theresa May, la premier británica, con quien guarda afinidades, si ella perdiera en definitiva el proceso del brexit, en el parlamento británico, pudiendo cesar cayendo su gobierno catapultando al cercano a López Obrador. Sánchez en cambio, aboga por la continuidad de May que garantice una salida ordenada de la Gran Bretaña de la Unión Europea. México podría tener un tratado de libre comercio con los británicos. España no puede avanzar en ello sin hacerlo con toda la UE.

No obstante todo ello, la ocasión merece citarse y nos dejará momentos de particular interés una vez que suceda esta visita en la que López Obrador se estrena recibiendo a pares extranjeros. Ahí se juega desde la logística y el protocolo hasta la defensa de nuestros intereses en un marco de cordialidad. Juzgaremos los resultados.