Codicia

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En el ámbito de los deseos, el afán de tener más poder, más dinero, más bienes en general de los que disfrutamos, casi siempre está inserto en el marco del egoísmo patológico. El tercero de los evangelios [1], da cuenta de una advertencia de Jesús, para evitar el ansia de riquezas, pues según esta enseñanza la vida del hombre consiste en mucho más que la abundancia de bienes que posee y en ese mismo tenor se enseña a no hacerse de tesoros en la tierra, “donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan….” [2] ¿Cómo encuentran compatibilidad, gobernantes que se dicen cristianos –católicos o reformados de todas las denominaciones en ambas ramas- entre lo que hacen con el dinero de los pueblos y la afirmación de que las riqueza son trampas que traen ruina y destrucción? ¿Está consciente el presidente del país que presume de ser el más poderoso del plantea por su terquedad de buscar miles de millones de dólares solo para cumplirse un auténtico capricho? Los países –ricos y pobres- que quieren la salida del presiente Maduro, ¿lo hacen por defender los derechos humanos de los venezolanos o les mueve la avaricia de sentirse dueños o con el disfrute de petróleo y minerales de ese país?

Ahora bien, tampoco se trata de convertirnos todos en pobres y miserables, como pretende la perversidad de quienes todo lo quieren para sí, pues el tema no es el dinero o los bienes materiales en sí mismos sino la prioridad que damos a estos en nuestra vida y por ende en la sociedad o el país al que pertenecemos. Ahora que el dinero pasó de ser poderoso caballero a dios de todo, con disfraces de éxito personal y profesional, coches cuyo riesgo impone la muerte –por un accidente o porque nos maten para robarlo- aparentes cosas exquisitas  que sin sentir nos llevan a cruzar la línea –excesos de drogas o conductas que a la larga se convierten en dañinas y fuente de infelicidad- proliferan metiendo a los pueblos en una confusión y confrontación permanente.

Es difícil explicar la avaricia de tres presidentes de igual número de potencias por hacerse del control del petróleo venezolano, si al parecer antes de que  las reservas de cada uno de esos países se agoten, ya habrá dejado de ser importante este recurso no renovable para los negocios del mundo. ¿Pueden los ciudadanos comunes darse cuenta de la incongruencia de anunciar la ruptura de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, pero sin tocar un ápice los negocios y relaciones comerciales?

El tema entonces parece ser que mandatario ofrece más garantías a sus pares, propios y ajenos, de aumentar sus riquezas ¿Por cuánto tiempo el novel relevo mantendrá su postura de “bueno”, antes de llegar al lugar común de la mezquindad? La codicia es pues uno de los más grandes males de la humanidad moderna y es que en si misma allana el camino a la corrupción, flagelo de tal envergadura que erradicarla se ha convertido en una de la metas del milenio. Difiero de quien asegura que ciertos pueblos son corruptos por naturaleza o que esta tendencia se trae en los genes de ciertos individuos, coincido más en reconocer que es la germinación de la avaricia, implantada muchas veces por propaganda capitalista inmoral, la que se traduce no solo en excesivo e irracional consumismo, sino en corrupción como medio de lograr lo que se anhela.

Desear algo de manera impulsiva, es justamente codicia, un menor de edad puede robar la bicicleta del vecino, solo porque le parece mejor que la propia; jóvenes adolescentes aprender a violar compañeras con el afán de presumir que “yo si logré tenerla” de ahí a escalar a las difamaciones, las injurias, las lesiones y hasta los homicidios solo hay pasos en el camino de la codicia.

La abuelas sentenciaban que el mejor método para ganar una guerra era dividir, una buena estrategia a fin de lograr lo que ruinmente se ansía es justamente poner a uno contra el otro o muchos en oposición a otros; de ahí la sabiduría de nuestra doctrina Estrada. Principios internacionales que se han visto supeditados a un derecho supranacional como el que se postuló en Francia, después del derrocamiento de las monarquías, a los derechos humanos. Pero tampoco hay que llegar a lo cuadrado e inamovible de la norma jurídica, porque al igual que ocurrió en Cuba, en Chile o en muchos otros países del orbe donde la continuidad del ejercicio del poder lleva a la apetencia de poder sin límites, en el caso de los actuales presidentes incómodos, juegan además de lo jurídico, factores políticos y económicos.

Lo que no deja lugar a dudas es que el deseo irracional de poseer o controlar riquezas, así como el anhelo ilimitado de placer, estatus o poder lleva a las personas a la vanidad de sentirse superior al otro y a su vez ello detona la ostentación obscena -económica, sexual o de poder- el cinismo, la deslealtad, la traición y la simulación.

Para bien o para mal la codicia ha existido en todas las épocas. Abierta u oculta, a veces hasta justificada; minimizada sobre todo para quienes niegan las escalas morales, éticas o espirituales; y en algunos casos es tan extrema que ha merecido la atención de especialistas en las emociones como es el caso de los psiquiatras y los psicólogos. ¿Qué mueve a un ser humano a desear más cosas si todo lo tiene? ¿Cómo es que nunca razonan que al morir no se llevarán nada? Quienes atesoran hasta lo inasible ¿se dan cuenta que están perdiendo cosas mas valiosas como el amor, la amistad, el gozo de dar?

Algunos motivadores de “emprendedores”, tratan a la codicia como la última moda y precisamente por ello es que la pontifican y hasta la exaltan, pues en el caso de algunos políticos estos justifican el tener de más para poder erradicar la pobreza ¿será????

[1] Lucas 12:15
[2] Mateo 6:19, 8:20 y Marcos 10:43-45 donde enfatiza que no se puede servir a Dios y a las riquezas como lo resalta con la parábola del joven rico y con señalamientos de humildad, servicio  y la disposición de dar incluso la vida por otros.