Los intelectuales inventaron a Fidel Castro

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Polémico aún después de muerto, Fidel Castro se mantiene como una creación de un grupo de intelectuales que mitificaron su obra. Esta es la conclusión a la que Carlos Ramírez llega en su texto, mismo que ahora presentamos a nuestros lectores en un extracto. El eBook completo se puede descargar en el siguiente enlace: http://www.indicadorpolitico.mx/?p=77248 (Nota del editor)

I

Los intelectuales, paradójicamente, habían inventado a Fidel Castro. Fueron los intelectuales progresistas, lo mismo Cabrera Infante que Regis Debray y muchos otros que después abjuraron de su creatura. Y Castro los usó y después los desdeñó.

La relación de los intelectuales con Cuba, Castro y la revolución cubana ha pasado por etapas. Entre ellas, hay una que muchos intelectuales críticos de la fase estaliniana del castrismo quisieran olvidar: cuando esos intelectuales convirtieron a Fidel Castro no sólo en el jefe de la revolución socialista mundial, sino en un intelectual-revolucionario o en un revolucionario intelectual. Como Sísifo, esos intelectuales subieron cargando a la montaña una pesada roca llamada Fidel Castro, pero luego esa roca se viene pendiente abajo. Y otros intelectuales le entran al relevo para volver a subir la roca hasta lo más alto de la montaña.

Las críticas de intelectuales a la decisión autoritaria de Castro de fusilar a tres cubanos que habían secuestrado una lancha para huir del país y de encarcelar a 75 disidentes en el 2003 llamaron la atención no tanto por la crítica al endurecimiento político en Cuba sino por las firmas. En los “abajo firmantes” aparecieron intelectuales que no sólo apoyaron en el pasado a la revolución cubana, sino que convirtieron a Fidel Castro en el prototipo de los intelectuales revolucionarios. Castro, en realidad, era un político, un revolucionario y un abogado. Pero nunca había publicado algún ensayo o novela, salvo sus largos discursos.

            De los intelectuales que antes apoyaban a Castro y que luego rompieron relaciones ideológicas y sentimentales con la revolución cubana, pocos —casi ninguno, en realidad— hicieron algún acto público de razonamiento sobre su ruptura. Si acaso, el peruano Mario Vargas Llosa allá por comienzos de los setenta a raíz del caso Padilla, el chileno Jorge Edwards justamente por haber sido uno de los protagonistas del caso Padilla y haber sido echado de Cuba como persona non grata por reunirse con el poeta Heberto Padilla y el francés Regis Debray con su libro de autocrítica Alabados sean nuestros señores. Los demás tienen en su pasado ese encumbramiento de Castro como revolucionario y como “intelectual”.

Debray fue un caso singular. Como estudiante nacido en 1940, Debray había hecho su primer viaje a Cuba en 1961. Ahí recopiló datos para su ensayo, escrito a los 25 años, “El castrismo: una larga marcha de América Latina”. Luego de haberlo leído, Fidel Castro invitó a Debray a La Habana en 1965. Y de inmediato lo incorporó a tareas revolucionarias. El ensayo había sido publicado en julio de 1965 en la revista Les temps modernes, dirigida por Jean Paul Sartre. Durante una visita a París, Ernesto Che Guevara había leído el texto. Atraído por su con- tenido, Guevara lo tradujo y se lo envió a Castro. Y Castro lo cooptó. De 1965 a 1967, Debray publicó bajo el influjo de la revolución cubana, varios ensayos sobre América Latina para culminar en 1967 con su clásico “¿Revolución en la revolución?”, un texto promotor del foquismo guerrillero. Ese mismo 1967, Castro lo ayudó a viajar a Bolivia para entrevistarse con el Che Guevara, pero éste lo mandó de regreso porque el intelectual francés carecía de preparación guerrillera.

Apenas salido de la zona del Che, Debray fue aprendido junto con el argentino Ciro Bustos. La historia aún debate quién de los dos proporcionó los datos de ubicación del Che, pero el ejército, asesorado por la CIA, arrinconó al Che, lo aprendió y lo asesinó. Debray estuvo detenido hasta 1970 y fue exiliado a Chile. Ahí tomó relación con Salvador Allende hasta el golpe militar de 1973. Más tarde regresó a Francia, rompió con los comunistas, se afilió al Partido Socialista Francés, asesoró a Francois Mitterrand en el partido y en la presidencia. Y finalmente se dedicó a la reflexión sin partido.

La firma de Debray no sorprendió en los comunicados públicos de abril del 2003 en contra de Cuba y de Castro. Lo que sí debió de haber sorprendido a muchos fue el hecho de que Debray había sido uno de los más entusiastas promotores de Castro y la revolución cubana. Sus textos “¿Revolución en la revolución?”, “El castrismo: la larga marcha de América Latina” y “América Latina: algunos problemas de estrategia revolucionaria” —incluidos en su libro ensayos sobre América latina de Editorial Era en 1969— contribuyeron a teorizar sobre la lucha guerrillera como la vía para acceder al poder. Debray fue el promotor de la tesis de que “lo decisivo para el futuro es la apertura de focos militares y no de focos políticos”. Asimismo, Debray consideró al castrismo como “un leninismo hecho práctica”.

Pero Debray fue más allá. Se convirtió en uno de los primeros en razonar el papel de Fidel Castro no sólo como líder guerrillero y factor revolucionario sino como intelectual. Era, ciertamente, la época romántica de la revolución cubana. Y los intelectuales extranjeros, infectados de ese romanticismo revolucionario, habían comenzado a subordinar su capacidad creativa a la prioridad de enaltecer a la revolución y a los revolucionarios. En el número de marzo-abril de 1966, la revista casa de las Américas —un centro de agitación de la propaganda intelectual de la revolución cubana— publicó el texto de Debray titulado “El papel del intelectual en los movimientos de liberación”.

El razonamiento de Debray fue, de origen, el del compromiso. Escribió que correspondía al pueblo, el campesino y el obrero, concluir si “sienten en su lucha la necesidad del intelectual”. El intelectual debería, en consecuencia, esperar el directamente del pueblo, a menos, decía que el intelectual “haya participado realmente en un combate armado”. Debray fue el promotor de la “teoría del salto cualitativo del intelectual”: pasar de “intelectual” y “sabio” a la fase de “revolucionario”. A partir del papel del intelectual como factor revolucionario, Debray dio su propio salto cualitativo: convertir al intelectual en revolucionario. “Corresponde igualmente a los intelectuales desencadenar (subrayado de Debray) la lucha: Fidel, Luis de la Puente, Douglas Bravo y tantos otros”. Debray consideraba que en un país sin pasado obrero y sin organizaciones revolucionarias, los intelectuales deberían asumir el liderazgo revolucionario de la sociedad. “El castrismo reclama mucho del intelectual: le pide que sepa aprender una humildad alerta”.

Pero la propuesta de Debray tenía un punto de partida audaz: asumir a los líderes de la revolución cubana no sólo como intelectuales —en realidad eran clase media ilustrada y educada: Castro como abogado y el Che como médico— en funciones de acto revolucionario, sino como prototipos de intelectuales. A partir
de los modelos de Ernest Hemingway, John Dos Passos y André Malraux —los
dos primeros combatieron en la guerra civil española junto a los republicanos y Malraux también en la resistencia francesa contra los nazis—, Debray encontraba
una fusión a priori. Su análisis se sustentaba, por cierto, en una opinión de Malraux sobre el hecho de que el acto intelectual no se consumaba en libros sino que
se refería a la posesión de “una sola idea, por elemental que ésta pueda ser”.

Para el Debray revolucionario, en consecuencia, el valor del intelectual no se agotaba en la reflexión sino que se consumaba en la acción: intelectual y además revolucionario. “El secreto del valor del intelectual no reside en lo que éste piensa, sino en relación entre lo que piensa y lo que hace”. Pensar no basta, escribió el Debray de 1966; es “necesario aprender de y en la lucha revolucionaria”. La conclusión de Debray se convirtió en uno de los factores del estalinismo intelectual de Castro desde aquellos años hasta el 2003 del encarcelamiento de disidentes por no pensar con la revolución cubana: “hombres nacidos de esta América, como Fidel Castro y Ernesto Guevara, ¿no delinean, sin ellos ni nosotros saberlo, la verdadera figura del intelectual, elevada a su más alta incandescencia?

Si la función del intelectual es la de pensar la realidad para criticarla, Debray había subordinado la tarea intelectual a los objetivos de la revolución. Lo escribió claramente en las conclusiones de ¿revolución en lA revolución?: “no escapa a nadie que hoy, en América Latina, la lucha contra el imperialismo es decisiva. Si es decisiva, todo lo demás es secundario”. Esta reflexión de 1967 de Debray es exactamente la misma de Fidel Castro en su ofensiva represiva del 2003: acallar la disidencia porque la lucha contra el imperialismo norteamericano es decisiva para Cuba.

La revolución mexicana había radicalizado a los intelectuales. En septiembre de 1967, Debray envío una “Carta a sus amigos” para razonar su papel como intelectual subordinado a la revolución cubana. Lo interesante era que a Debray le había tocado vivir de cerca el primer conflicto de Castro con los intelectuales: la crisis del documental p.m. que había llevado a la ruptura en el suplemento lunes de revolución que dirigía Guillermo Cabrera Infante. Ante la necesidad de controlar la crítica, Castro había lanzado ya su apotegma: “dentro de la Revolución, todo; fuera de la revolución, nada”. Debray había asumido sus propias palabras de darle prioridad a la revolución por encima de la labor como intelectual.

La prueba de fuego ocurrió durante su encarcelamiento. Debray había sido acusado de ser guerrillero y él aclaraba que no pero agregaba que estaba en camino de serlo. “Cuando se ha escrito lo que yo he escrito, se debe necesariamente, como una necesidad teórica y moral, llegar a ser un simple combatiente un día u otro. Sin fusil, pésima pluma; sin pluma, pésimo fusil”. Como intelectual y “si escribir es un acto de compromiso”, Debray se declaró “responsable de haber justificado y ensalzado la guerra de guerrillas y acepto esta responsabilidad como un cumplido”.

Años después, Debray habría de asumir su realidad diferente. En 1973 publicó el libro La crítica de las armas para reconocer el fracaso de la guerrilla. La decepción por Castro ocurrió en 1989 —el año del desmoronamiento del campo comunista y de la caída del Muro de Berlín— con el caso del general Arnoldo Ochoa, héroe de la revolución cubana fusilado por Castro luego de un proceso irregular. Debray escribiría con dolor en Alabados sean nuestros señores: “desde esta fecha yo llamo, a Fidel, “Castro”. El cambio de nombre no se ha llevado a cabo sin animosidad, Con tristeza y en silencio, como después de una derrota íntima. No estoy seguro de haber envejecido mejor que mi antiguo mentor —sin duda más expuesto a las desfiguraciones de la edad que un memorialista marginal—. Hay que tener cuidado de no odiarse a sí mismo en los padres difuntos”.

Las razones políticas eran entendibles. Pero en ese texto doloroso, Debray habría de reflexionar —después de pasar por la experiencia práctica— sobre los motivos intelectuales de la imposibilidad del intelectual de ser político. Se trataba, pues, del Debray que había encontrado en Castro y Guevara la síntesis filosófica del intelectual con el político revolucionario: “con la gran desventaja de sus lealtades, es cosa probada que el hombre de pensamiento sería más fácilmente lapidable que el corazón de oro. Abraza la lógica de las ideas, cuando seguir la lógica de las fuerzas es el destino de la gente del poder. Porque es más rigurosa, luego más abstracta, la inteligencia exige líneas rectas, mientras que la voluntad zigzaguea para ajustarse al acontecimiento; por lo que el intelectual es más propenso a traicionar al político”.

La reflexión de Debray fue hasta el fondo filosófico: “el qué filosófico se vuelve contra el quién político, porque a menudo el quién se acomoda a cualquier qué. Como el juego de las fuerzas cambia más rápido que nuestras ideas, buenas o malas, el hombre de acción habrá tenido tiempo de cambiar tres veces de chaqueta antes de que el doctrinario a su lado se percate de que se ha cambiado de ortodoxia. Pero es el práctico quien, al simbolizar para las multitudes la causa que de hecho niega, fijará en definitiva la norma de lo recto y lo desviado”.

La fábula del príncipe y el cantor había llegado a su fin. “No me vanaglorio de mis abjuraciones”, razonaba Debray en Alabados sean nuestros señores. “Son otros tantos remordimientos. Me despiertan antes del alba”. Y más adelante: “necesité diez años para dejar a Fidel Castro”. Y su ruptura fue de fondo. En La Crítica De Las Armas ajustó cuentas consigo mismo y con su propuesta de ¿revolución en la revolución? Debray había estado en la cárcel y había pasado por el fracaso del Che en Bolivia, los golpes de Estado de derecha en AL y la derrota de Salvador Allende en Chile, así como otras evidencias de derrotas guerrilleras en el continente.

En este contexto, Debray había cambiado de parecer en pocos años. “Fue un libro de un momento”, escribió sobre su ensayo de exaltación del foco guerrillero. Su pasión por las armas formaron parte, reconoció, de “fiebres hoy mitigadas”. El calentamiento intelectual de un lustro, de 1966 a 1971, había registrado el dato de que “todo el mundo dejó plumas y muchos la vida”. Además, Debray consideró que su ensayo había sido tomado casi como libro de texto. Y Debray se asumió como el tercero en discordia: “no fui más que un chivo expiatorio ideológico y ¿revolución en la revolución? No habría causado jamás todo ese sobresalto de no haber permitido a los portavoces latinoamericanos de determinada ortodoxia vaciar su rencor largo tiempo comprimido por no haber tenido la audacia de dirigirlo a quien correspondía, a la dirección de la revolución cubana”.

Pero el daño ya estaba hecho. Los intelectuales habían sido los responsables de encumbrar a Castro, de endiosarlo hasta dotarlo del don de la infalibilidad y luego
ver cómo la roca camusiana de Sísifo se iba pendiente abajo. En 1969 el escritor colombiano Oscar Collazos habría de tropezarse con la piedra debrayiana. Trabajando en la Casa de las Américas de Cuba, Collazos publicó un ensayo en la revista uruguaya Marcha, de Carlos Quijano. Titulado “La encrucijada del lenguaje”, el texto causó escozor: era una crítica a la novela Modelo Para Armar de Julio Cortázar,

a declaraciones de Mario Vargas Llosa en el suplemento La Cultura En México de la revista Siempre! y a Carlos Fuentes por su novela cambio de piel.

En 1969 acababa de pasar la polémica por el primer desencuentro del caso Padilla: la premiación del poemario Fuera del juego, en medio de un debate sobre la libertad del creador frente a la revolución. Cortázar, Vargas Llosa y Fuentes eran escritores reconocidos internacionalmente en el contexto del boom literario latinoamericano, como lo calificó en crítico Emir Rodríguez Monegal. A muchos molestaba en el fondo la fama de los escritores, sobre todo porque los había alejado del apoyo a la revolución cubana. Collazos era de la opinión de que la revolución cubana había parido al boom de narradores. Los escritores habían, por su parte, simpatizado y apoyado a la revolución cubana pero sin perder su cosmopolitismo.

El debate abierto por Collazos tocaba la relación del intelectual y la revolución. Vargas Llosa ya había roto con Cuba, Cortázar se mantenía dolorosamente fiel porque tenía que pasar por constantes agravios a su literatura fantástica y alejada del inmediatismo revolucionario —aunque en lo personal siempre apoyó a las revoluciones socialistas— y Fuentes se encontraba deslumbrado con la experiencia revolucionaria cubana. Vargas Llosa y Fuentes aparecieron firmando el desplegado de abril del 2003 contra Castro por los fusilamientos y encarcelamientos.