Nuevo modelo de desarrollo o habrá otra crisis populista

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El saldo social-productivo que recibió el presidente López Obrador no puede ser más complejo: un PIB de 2.2% promedio anual por presiones inflacionarias, pero ante la necesidad de conseguir un ritmo anual sostenido de 5%. El crecimiento económico y sus mecanismos de distribución van a definir del modelo de desarrollo del sexenio lopezobradorista.

México venía de una tasa promedio anual de PIB de 6% en el periodo 1934-1982 y de 2.2% en el ciclo 1983-2018. La inflación provocada por aumento del gasto público en los gobiernos de Echeverría y López Portillo condujo a una etapa de ajuste estabilizador drástico que bajó el crecimiento económico y provocó el peor saldo social: 80% de los mexicanos con una a cinco carencias sociales y 80% de las familias más pobres con el 48% del ingreso.

De ese tamaño es el desafío social del gobierno de López Obrador y de su estrategia integral de política económica, modelo de desarrollo y Estado de bienestar. Por lo pronto, su primer compromiso fue abandonar el modelo neoliberal de desarrollo y de política económica, pero sin definir el camino a seguir.

Lo peor que le puede pasar al país sería regresar al viejo populismo de Estado paternalista. Aunque el problema no es el populismo en sí, sino la forma de desarrollarlo. El aumento de gasto social sin bases productivas llevaría a mayor dinero en circulación que estimularía la inflación y ésta llevaría a devaluaciones permanentes. Pero mantener la tasa de inflación como límite social llevaría a un aumento crónico de la pobreza y la desigualdad social. El camino intermedio apelaría a un populismo in extremis sólo para atender al 10% de la población en situación de pobreza extrema, pero dejando al 70% de la población marginada sin horizonte de bienestar.

La única manera que tiene un país para el bienestar social es el crecimiento del producto y mecanismos directos de distribución de la riqueza. La meta nacional ahora que se decretó el fin del neoliberalismo sería subir el PIB a una media anual consistente y de largo plazo de 5%-6% y sobre todo la disminución del 80% de marginados a 20%, es decir, una incorporación de 60% de ese 80% (62 millones de mexicanos) al desarrollo.

Por lo que se puede percibir hasta ahora, el presidente López Obrador sólo ha definido algunos programas asistencialistas –becas a jóvenes, apoyos a mujeres y aumentos a tercera edad–, pero no ha ofrecido las tres definiciones básicas de su gobierno en materia socioeconómico: el carácter del Estado, el modelo de desarrollo y las formas de distribución social de la riqueza.

La reorganización de la política del desarrollo que hizo del neoliberalismo a partir de 1983 fue fácil porque se redujo a bajar la inflación por tres vías; disminución del PIB, baja del salario real y reducción del gasto público en sus rubros sociales, teniendo como eje central el tránsito del Estado social al Estado autónomo.

El camino más corto para salir del neoliberalismo ha sido tomar la ruta del populismo con gasto inflacionario creciente. Por eso el gobierno de López Obrador –el presidente y su gabinete económico-social-político– debe darle prioridad al Plan Nacional de Desarrollo como la nueva matriz del crecimiento económico con distribución social de la riqueza, a menos que se agote sólo en el gasto y genere otra crisis populista como la de 1970-1982.

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