Marcos: La espada y la pluma

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Quizá el peor drama del subcomandante Marcos fue haber organizado la última guerrilla marxista tradicional del Siglo XX, pero haber ayudado a la victoria presidencial del PRI, del PAN y de Morena. Y lo peor fue que la lucha zapatista arrancó como una ofensiva militar y armada contra el sistema político priísta y terminó con una agenda bucólica de defensa de la agenda indígena de hace 500 años.

Y hubo otras paradojas en la biografía de poder del jefe militar de la guerrilla del EZLN: su primer Comunicado de la Selva Lacandona rezumó un lenguaje de crítica amarga contra las prácticas priístas, pero el punto culminante de su lucha fue la visita a la ciudad de México en el 2001 en un sarao al más puro estilo priísta de la venta de imágenes mediáticas. En esta visita, Marcos y los comandantes indígenas que se alzaron contra la guardia pretoriana del viejo sistema político priísta –policías, militares y espías– fueron custodiados y protegidos justamente por los representantes del viejo régimen pretoriano.

Los juegos de imágenes no terminaron ahí. Marcos organizó una guerrilla armada estilo Cuba para derrocar al gobierno priísta autoritario, pero al final terminó como un agitador de la pluma en lugar de la espada. La guerrilla propiamente dicha duró apenas 10 días. Marcos y el EZLN no pudieron romper el cerco militar y político que impuso a San Cristóbal de las Casas el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y el día 10 de enero de 1994 se decretó el cese al fuego unilateral por el gobierno y la guerrilla. Y desde entonces han sido vaticino años de una paz forzosa y negociaciones limitadas.

El Marcos del alzamiento el primero de enero de 1994 fue diferente al Marcos del cese al fuego del 10 de enero y fue otro Marcos –aunque en esencia era el mismo– el que negoció la paz con Manuel Camacho y acordó 36 puntos que iban a derivar en el fin de las hostilidades. Y fue el mismo Marcos, aunque diferente el que mantuvo la política sostenida por alfileres con sus comunicados provocadores, pero siempre con la amenaza de las armas. Y el mismo, pero diferente de igual, el que decidió su propia muerte política y civil en mayo del 2014 para renacer de sus propias cenizas como el subcomandante Galeano, con más pena que gloria. En suma, el país vio la evolución-involución de un jefe guerrillero que quería derrocar al gobierno salinista y marchar desde Chiapas hacia la ciudad de México en una caravana victoriosa.

Pero se trató también del Marcos que se convirtió en la conciencia política de una sociedad acostumbrada al PRI y a sus juegos de espejos. En momentos de confusiones y de traiciones políticas, el país volteaba la vista hacia Chiapas y se encontraba con algún comunicado o algún cuento del guerrillero-escritor que había seducido a intelectuales extranjeros que vieron en Chiapas una estación más de su turismo revolucionario. Lo malo fue cuando, sin embargo, la comandancia zapatista apareció en carne y hueso en la ciudad de México firmando una especie de paz virtual al reconocer la institución legislativa del Congreso que le mereció a Marcos severas críticas y entonces la eficacia de la declaración de guerra dejó de tener efecto. Al participar en una sesión oficial de la Cámara de Diputados en marzo del 2001, la guerrilla zapatista prácticamente decretó la ineficacia del camino armado, aunque a cambio no recibió más que una ley indígena parchada que negó la posibilidad de la autonomía de las comunidades de indios.

El principal problema que ha tenido que enfrentar Marcos y el EZLN en un cuarto de siglo –de 1994 al 2019– ha sido la disociación entre un alzamiento armado marxista para derrocar al gobierno y establecer un gobierno popular, con la agenda permanente de reconocimiento de los derechos y la cultura indígenas. Durante 1994, Marcos convirtió al EZLN en el factor de democratización más consistente y plural desde el Movimiento Estudiantil de 1968, pero después del cambio político de 1997 –la pérdida del control priísta en el Congreso y la derrota del PRI en la lucha por el gobierno del DF– la parte de la democracia nacional en la agenda zapatista se diluyó y sólo quedó la negociación indígena. Y ahí Marcos y el EZLN definieron demandas que apuntaban a la autonomía de los pueblos indios, pero separándolos del desarrollo nacional. Ahí se trabó la legislación pactada con la Comisión de Concordia y Pacificación.

La larga marcha de Marcos fue una expresión de la ardua lucha de los mexicanos por la democratización. Como Rafael Sebastián Guillén Vicente, Marcos se fue en 1982 a Chiapas a organizar la guerrilla en las comunidades indígenas. Hasta ahora no ha habido una explicación del motivo que tuvieron organizaciones y luchadores marxistas para organizar la revolución en comunidades tan alejadas no sólo de la capital de la república sino del desarrollo nacional. Asimismo, no ha habido una reflexión crítica sobre cómo los marxistas del Frente de Liberación Nacional, seguramente la guerrilla más antigua del país que estuvo directamente relacionada con el Movimiento Estudiantil del 68 operó en la lógica del marxismo, pero no explicó por qué la revolución tenía que venir de comunidades indígenas que no participaban del modo de producción capitalista como para promover la lucha de clases entre proletarios y burgueses.

El fracaso histórico del Partido Comunista Mexicano, dramáticamente encarnado, novelado y padecido por el escritor José Revueltas, dejó a los sindicatos y organizaciones proletarias sin una dirección política confiable y dinámica. Perseguido y reprimido, el PCM agotó sus posibilidades en la periferia de pocos sindicatos y en las universidades a través de su activa sección juvenil. Alejado del control de la URSS, mirando con desconfianza el liderazgo guerrillero de Fidel Castro en Cuba, el PCM se redujo a su mínima expresión. Las relaciones del PCM con algunas organizaciones guerrilleras contribuyeron a su deterioro más rápido, sobre todo cuando esa guerrilla urbana se confrontó directamente con el Estado a través de secuestros, asaltos bancarios y agresiones. La liquidación de la guerrilla significó también una derrota política para el PCM, al grado de que la reforma política de José López Portillo en 1978 lo llevó a la lucha en la legalidad y a porcentajes electorales de 3 puntos porcentuales.

La viabilidad del marxismo en México siempre dependió de los espacios dentro del PRI o facilitados por el PRI. Cuando la izquierda marxista y el PRI se enemistaron, las posibilidades del socialismo se redujeron a su mínima expresión. Varias personalidades importantes de la izquierda socialista y comunista encontraron espacios en el mismo PRI. Por ejemplo, Enrique Ramírez y Ramírez fue un ideólogo importante del PCM y encontró una carrera en el PRI como diputado y senador y como ocupante del espacio de izquierda dentro del partido tricolor. Ramírez y Ramírez había sido uno de los marxistas más ortodoxos del PCM, al grado de que fue uno de los que condenó la novela de Revueltas que narraba los dramas humanos existenciales —Los días terrenales y Los errores— de los comunistas mexicanos.

Hacia comienzos de los noventa la izquierda se encontraba sin espacios. Alejada de Cuba, sin atención de la URSS, reprimida en Tlatelolco y liquidada por la guerra sucia del sistema priísta, los grupos marxistas se dispersaron, disminuida ideológicamente a un rancio nacionalismo revolucionario pospriísta y poscardenista. Fernando Yáñez, fundador y sobreviviente del Frente de Liberación Nacional, se fue a Chiapas y hasta ahí llegó Guillén Vicente con todo y su estilo universitario desgarbado para la lucha revolucionaria. Más de diez años tardó el FLN en consolidar su fuerza en las comunidades indígenas de las Cañadas. Marcos fue el pivote militar, pero consolidando su liderazgo con la urgencia del levantamiento en armas contra el supremo gobierno. El primero de enero de 1994, el EZLN realmente esperaba repetir el fenómeno revolucionario de Francisco I. Madero cuando llamó a la Revolución para las seis de la tarde del 20 de noviembre de 1910. Los postulados del Primer Comunicado de la Selva Lacandona para derrocar al gobierno priísta e instaurar la república popular no eran ingenuos, sino ciertos. Al final, Marcos tuvo la capacidad de entender la lógica del conflicto con la realidad y para reconstruir el discurso guerrillero del zapatismo indígena.

En lo personal, Marcos resultó toda una sorpresa. La misma fuerza que mostró con su AK-47 el día del alzamiento guerrillero fue la que retomó con la pluma: el daño al enemigo y adversario resultó similar. Los comunicados del subcomandante zapatista, verdaderos verbos expansivos al cerebro con explosiones retardadas, causaron bajas como los de una guerra con balas de verdad. Marcos dejó muchos inválidos en el campo de batalla. A veces hasta con necedad, Marcos se jaló el debate nacional democrático a Chiapas, aprovechando sobre todo la pérdida de autoridad política del PRD y el descuido priísta del flanco izquierdo de la nación. El EZLN fue un santuario para los grupos de izquierda sin partido y sin corriente y a todos los convocaba con frecuencia Marcos.

En lo ideológico, Marcos arrancó una guerrilla marxista y la llevó por un camino diferente hacia un movimiento económico antineoliberal. El jefe guerrillero pareció comprender que la típica guerrilla marxista no tenía sentido en un mundo que venía de regreso de la experiencia comunista de la Unión Soviética. Por eso redujo su espacio de acción hacia un modesto movimiento ya no revolucionario sino de resistencia. Y fue de resistencia porque su antineoliberalismo fijó muy bien los términos de la crítica, pero no ha podido hasta la fecha conformar una propuesta alternativa viable. Por eso es la hora en que Marcos-Galeano y el EZLN sobreviven por el romanticismo de su lucha y los cargos de conciencia de sectores nacionales que se olvidaron de los indígenas.

Los vaivenes políticos e ideológicos de Marcos no podrían entenderse sin atender la personalidad de Rafael Sebastián Guillén Vicente. Como estudiante y profesor universitario, Guillén resultó una especie de iconoclasta lúdico, rebelde intelectual formado en las actitudes contestatarias del filósofo francés Louis Althusser. En su militancia en el FLN, Guillén nunca se destacó como ideólogo sino como organizador militar. Antes de irse de guerrillero, Guillén nunca se acercó al PCM ni a cualquier otro grupo de izquierda similar. Su tesis trató el tema de la educación porque ahí encontraba la mejor movilización contra las reglas establecidas. Así, Guillén nunca fue un marxista típico.

Cuando pasó a la clandestinidad y se convirtió en Marcos, Guillén se sumió en el mundo indígena y lo entendió como pocos. Su habilidad consistió en la argumentación marxista para el alzamiento en armas de comunidades indígenas marcadas por el conformismo y descompuestas por la explotación y el alcoholismo. Uno de los principales conflictos que ha enfrentado Marcos en un cuarto de siglo de lucha ha sido la presión indígena para la guerra contra el gobierno que no los entiende porque los indígenas no tienen ya nada que perder. Pero la lógica de la lucha política indica la urgencia de contener para consolidar y de negociar para avanzar. No han sido pocas las veces en que Marcos ha tenido que lanzarse a fondo para evitar la ruptura interna dentro del zapatismo por la existencia de una guerrilla armada que ataca solamente con palabras.

En este contexto, el subcomandante Marcos es un poliedro de cuando menos cinco lados: el guerrillero, el marxista, el líder indígena, el escritor e intelectual y el político estratega. Y para todos tiene balas de palabras. El guerrillero no pierde las esperanzas de derrocar al gobierno, aunque sus últimas apariciones revelan una especie de cansancio pesimista, el marxista se regodea con la fundamentación del antineoliberalismo, el intelectual disfruta de sus guerritas de palabras contra las mafias de escritores y el estratega político utiliza las tácticas guerrilleras para sobrevivir. Ocurre a veces que los cinco rostros del subcomandante operan en una misma lógica, pero ha habido ocasiones en que uno decide a espaldas de los demás y otro se impone sobre los que quedan. El político decepciona al marxista y el guerrillero contradice al intelectual. Y al final, el indígena traiciona a todos: no todos los Marcos sin Marcos.

Lo malo es que Marcos se encuentra ya en un callejón sin salidas. La oportunidad de su alzamiento guerrillero abrió el debate sobre el agotamiento del sistema político priísta, pero no pudo diseñar una alternativa a la globalización y se quedó en un mero movimiento de resistencia mediática y, a nivel internacional, romántica. El carisma del subcomandante le permitió ocupar espacios en los medios cuando dijo, con ironía, a un grupo de turistas en San Cristóbal de las Casas: “disculpe las molestias, pero esto es una revolución”. Oculto detrás de una máscara que ha ocultado siempre a los luchadores por la justicia, Marcos nunca perdió el sentido del humor. Aunque muy tarde se declaró derrotado por la imposibilidad de organizar a los grupos disidentes de la izquierda, siempre pelados unos contra otros. En la guerrilla latinoamericana no hubo otro líder tan carismático sino Fidel Castro en Cuba.

Pero no todo se agota en los juegos de poder y de espejos del subcomandante. El problema no es nada más la resistencia o la lucha por imponer una agenda indígena que debe debatirse en el contexto del desarrollo político y social de la república, sino la posibilidad de derivar en la construcción de un grupo homogéneo de lucha por el poder y de una alternativa de gobierno y de modelo de desarrollo nacional. Nada hay más fácil que la oposición al neoliberalismo y la globalización, pero ya no hay ínsulas Barataria sanchistas. El desgaste de la lucha en la trinchera de una guerrilla armada sin disparar no le ha permitido al EZLN tener representación o influencia decisiva en los grandes centros de poder ni en las estructuras de toma de decisiones.

El problema es que el iconoclasta de Marcos ha devenido en un icono de la revolución social. El crítico por excelencia es muy sensible a la crítica. Y el rebelde por antonomasia ha derivado en un sacerdote de religión indígena. Nada peor le puede suceder a un movimiento revolucionario que convertirse en un espacio conservador. Ahí se ha estancado el movimiento indígena, sobre todo porque Marcos no ha permitido debatir si la agenda indígena pudiese derivar en un modelo de desarrollo nacional competitivo en un mundo globalizado. Ahí se ha estancado el debate contra el neoliberalismo. Al final y por exclusión, el EZLN podría caer en la paradoja de apoyar un modelo de desarrollo populista y estatista similar al del sistema político priísta que ayudó a derrocar la guerrilla zapatista.

A pesar de que Marcos y la guerrilla zapatista se metieron en el centro de la lucha política por la democracia, la alternancia y la transición, resulta que Marcos y el EZLN se excluyeron de la lucha cotidiana. Y el PRD, que nunca se convenció de las razones de la batalla zapatista y siempre se negó a ser el brazo político de la guerrilla, ha operado al margen del zapatismo. Este ha sido un verdadero drama político personal de Marcos, pues al final de cuentas el EZLN tiene vigencia sólo cuando Marcos escribe comunicados y se mete al debate antineoliberal. Su agenda indígena, por ejemplo, abrió una riquísima discusión política en el Congreso, pero se aisló del debate del desarrollo nacional, como si el tema indígena fuera nada más un cargo de conciencia criolla.

Con el paso del tiempo, Marcos cayó en los espacios de su crítica y derivó en un mandarín político y cultural. Se trata de una desviación provocada por el desgaste y la conformación de estructuras políticas verticalistas. Sin un partido ni aspiraciones de poder, Marcos ha padecido el desgaste de su propia personalidad. Cuando arribó a la ciudad de México en abril del 2001 para defender la iniciativa de ley indígena de la Cocopa, el centro de la atención fue Marcos y los capitalinos vieron a la dirigencia zapatista indígena con simpatía, aunque sin relevancia política. Cuando Marcos no asistió a la sesión del Congreso y envío a los comandantes a exigir la ley de la Cocopa, un sentimiento de decepción le quitó lucimiento al evento. Al final, el centro de atracción era Marcos, el mismo jefe guerrillero que como priísta se paseó por la ciudad en camión sin toldo para saludar a las multitudes. Marcos se convirtió en el promotor de su propia leyenda.

Todo le había salido muy bien a Marcos hasta que le cambiaron al país. Y se quedó en una especie de limbo político con una agenda indígena que no tiene influencia en las grandes definiciones nacionales. Al contrario, el gran debate sobre la agenda indígena radica en el tema de la fragmentación de la república, la limitación del concepto del Estado nacional y la revalidación de usos y costumbres indias que implicarían una regresión social. La lucha electoral del 2000 de la primera alternancia dejó a Marcos fuera de juego porque el EZLN nunca quiso entrarle a la participación electoral. Y en un cálculo mal hecho, Cárdenas y el PRD marcaron su distancia de la guerrilla zapatista. Fue paradójico que Marcos hubiera sido un factor de la transición política de 1994 al 2000, pero sin encontrar un espacio en el México de la alternancia. El presidente panista Vicente Fox le abrió todos los espacios a Marcos en el DF porque su presencia iba a legitimar el valor de la derrota del PRI y los cambios de prácticas políticas: la guerrilla revolucionaria de izquierda que se alzó en armas para derrocar al PRI pudo llegar con tranquilidad en el primer gobierno de la alternancia conservadora panista en la presidencia de la república.

Marcos cometió dos errores de cálculo: estallar un alzamiento guerrillero que duró sólo diez días y luego sentarse a negociar la paz con un enviado del gobierno del Salinas repudiado. Y luego pugnar por la democratización de la república, pero no participar en los procesos electorales que le iban a dar concreción justamente a esa nueva democratización de la república. Hasta la fecha no se ha entendido la jugada de Marcos, quizá porque los paradigmas del análisis político operan sobre escenarios de transición a la democracia y no sobre tradiciones indigenistas del sureste del país. El líder guerrillero ayudó a modificar la política mexicana sin ocupar sus propios espacios para consolidar las corrientes de sus simpatizantes. El PRD, por ejemplo, ganó las elecciones a gobernador en Chiapas con un ex senador priísta, pero nada ha podido cambiar en las reglas del juego social.

Y Marcos cometió un error de estrategia. El efecto político de su alzamiento guerrillero contra el gobierno de Salinas y su objetivo militar de derrocarlo no pudo consolidarse en el largo plazo. Presiones de sectores progresistas casi lo obligaron a sentarse a negociar, aunque en el fondo el propio Marcos había llegado a la conclusión de que no podía derrotar al ejército mexicano ni a la estructura priísta de poder. El EZLN había logrado poner un nuevo punto de partida en la composición de grupos políticos, pero en enero mismo Marcos y el EZLN se sentaron a negociar con Manuel Camacho.

Muy tarde se dio cuenta Marcos que había entrado en los juegos de poder del sistema priísta. Ciertamente que Camacho era un político y funcionario confiable del gobierno de Salinas, pero al final de cuentas representaba al gobierno que el EZLN había caracterizado de ilegítimo y por tanto sin representatividad política. Por tanto, Marcos perdió efectividad política cuando negoció con Camacho. Camacho lo sabía. Y Salinas lo estimuló protegiéndose detrás de la figura de Camacho. Al parecer Marcos no tenía otro camino porque veía venir la gran ofensiva militar. Sin embargo, la guerrilla es un juego de estrategias. Y Marcos reaccionó con demasiado conservadurismo. Y Salinas, en cambio, jugó a su estilo de las medidas extremas, extraño intercambio de personalidades con uso de poder.

Marcos se encontró con un Camacho demasiado hábil. Hubo momentos en la negociación en la catedral de San Cristóbal, como revela Alejandra Moreno Toscano, la principal asesora de Camacho en su libro Conversaciones en la Catedral, en que Camacho tenía el control de la iniciativa y le dejaba al EZLN caminos abiertos para no ceder en su agenda social para las comunidades abandonadas en Chiapas. El día en que se abrieron las negociaciones, Marcos sorprendió a los presentes al desplegar una bandera nacional para cobijar a los comandantes zapatistas, pero Camacho, con una reacción en segundo, apenas pescó una punta de la bandera para impedir que el efecto beneficiara solamente a los zapatistas.

Hacia mediados de marzo, Camacho había respondido a todas las peticiones del EZLN, salvo la más importante: la renuncia de Salinas. Sin embargo, Camacho fue astuto al convencer a los zapatistas de dejar abierto ese punto, pero firmar un acuerdo de paz con los demás aspectos ya negociados. Marcos se convenció que no había otro camino, y más cuando Camacho llevó la negociación a la ruptura al amenazar con retirarse por la forma reiterada de Marcos de cambiar los términos de la negociación u operar con radicalismo hacia los medios para no perder margen de maniobra. La mediación del obispo Samuel Ruiz fue decisiva para evitar que la negociación se rompiera antes de llegar a acuerdos concretos.

Antes del 23 de marzo de 1994, Marcos aceptó los puntos negociados con Camacho pero pidió tiempo para llevarlos a las comunidades indígenas de Chiapas. Sólo que en el camino se atravesó el asesinato del candidato presidencial priísta Luis Donaldo Colosio. El cálculo de Marcos era certero; sin embargo, no pasó la prueba de la realidad: el magnicidio sería la tumba del PRI y de Carlos Salinas, pero también de Marcos y Camacho. Por tanto, el EZLN no podía fortalecer a Salinas con un acuerdo de paz. Después del asesinato, Marcos dijo que las comunidades indígenas habían dicho que no a los acuerdos de paz y circuló un comunicado celebrando el fin del sistema político priísta. Sin embargo, el sistema no se deshizo, Salinas pudo imponer a un segundo candidato y el PRI ganó las elecciones presidenciales enviando a Cárdenas al tercer lugar de las preferencias.

Marcos no pudo evitar que Salinas jugara con las negociaciones de paz de Camacho y al mismo tiempo promoviera la existencia de la guerrilla como una amenaza contra la precaria estabilidad de la república. Salinas, así, pudo encontrar el punto sensible con el lema electoral priísta de “yo voto por la paz”. El PRD con Cárdenas equivocó la estrategia y el PAN se benefició de los errores del PRD y del EZLN. La aparición de la guerrilla que había sido un factor de lucha política por la democratización y la alternancia se convirtió en un obstáculo para la democracia. Marcos y el EZLN se quedaron en su espacio chiapaneco sin influir en el rumbo político de la república, con todo y sus convenciones democráticas.

Conocedor del sistema político priísta y de sus resortes sicológicos, Marcos no pudo operar con habilidad hacia finales de 1994. Fue, en efecto, un factor de transición política, pero no pudo meterse en el debate operativo. Salinas se vio obligado a reformar urgentemente los órganos electorales en 1994 para evitar el peso muerto de su fraude electoral de 1988 y la limpieza electoral –aunque con el ogro del Estado priísta favoreciendo al PRI– legitimó la victoria de Zedillo. Paradójicamente, Marcos apareció para deslegitimar al PRI y al final provocó cambios que ayudaron a legitimar al PRI. Así, Marcos fue víctima de sí mismo.

Después de las elecciones presidenciales, Marcos quedó con las manos atadas. Cuando estalló la violencia antizapatista en Acteal en diciembre de 1997 –con el Congreso en manos de la oposición y el PRD en el gobierno del DF–, las reacciones de protestas apenas rasguñaron a Zedillo. La caída del secretario zedillista de Gobernación, Emilio Chauyffett, encontró en la matanza de Acteal el último empujón, pero se debió básicamente a su lucha contra el Congreso opositor y a la moción de censura que le organizó en septiembre el diputado independiente Marcelo Ebrard, por cierto, asesor de Camacho en las negociaciones de paz con el EZLN en 1994. Otras matanzas de indígenas chiapanecos multiplicaron las denuncias de indignación sin conflictos serios: la guerrilla zapatista había sido políticamente desarmada.

En su relación con los presidentes, Marcos logró sobrevivir. Salinas consintió a Marcos y al EZLN y no lo dejó romper el cerco político y militar. Zedillo jugó a los límites, negoció con Marcos, luego le giró orden de aprehensión y estuvo a punto de aprehenderlo y todo el sexenio lo arrinconó. Fox le abrió los espacios a Marcos, aunque la guerrilla no supo aprovecharlos y se agotó en una gira artística al estilo PRI. Con Salinas y Zedillo, Marcos negoció la paz siempre con desventaja. Lo peor de todo fue que Marcos parecía tener la seguridad de que ninguno de los dos estaba realmente comprometido con la paz y al parecer el EZLN no tenía mayores espacios de maniobra porque su movimiento no cuajó a escala nacional y el fenómeno mediático del marquismo se agotó en las simpatías, pero no en la construcción de un sólido frente de lucha política.

Al final, Marcos encontró en el neoliberalismo un instrumento de lucha y de cohesión social. El EZLN apoyó a los estudiantes paristas de la UNAM que protestaron contra el alza de cuotas en 1999-2000, apadrinó al sindicato de electricistas que se oponía a la privatización de la industria eléctrica y consiguió colocar al Frente Zapatista de Liberación Nacional en la vanguardia de impresionantes marchas de protesta. Pero ese movimiento no encontró un brazo político en el PRD o al menos no en la calle. Y las manifestaciones de grupos diversos desembocaron en el vacío político. Hacia el año 2000, el EZLN había perdido su influencia social y política y apenas cohesionaba la agenda indígena de Chiapas porque otras comunidades indígenas de otras partes de la república tenían sus propias demandas.

Endiosada en su momento, la figura personal de Marcos se desgastó por una sola razón: se agotó en el liderazgo de opinión y no derivó en una organización política y electoral. ¿Qué hubiera pasado con Marcos como candidato a un puesto de elección popular? A la distancia podría decirse que bastante poco. No es posible imaginarse a un Marcos como diputado en una Cámara agobiada por la mediocridad y las mezquindades o en un Senado controlado por el jefe Diego Fernández de Cevallos. Pero los espacios de acción de todos modos fueron limitados para un Marcos asumido como líder de opinión política. Sus manifiestos antineoliberales fueron profundos y divertidos, pero con escasa influencia en la realidad por carecer de una organización social y política consolidada. El peor drama del zapatismo sería verse reducido a un grupo globalifóbico dispuesto a chocar literalmente contra la policía que guarda las reuniones de los globalifílicos.

Visto en retrospectiva, la tarea política de Marcos y el EZLN se cumplió con la derrota del PRI. El zapatismo jugó a las expectativas con la ley indígena y ganó poco aunque no perdió. Pero esa ley no generó ningún reacomodo de largo plazo en la construcción del nuevo sistema político democrático. Una guerrilla en el primer gobierno de alternancia tendería a la etaízación del EZLN, es decir, a un grupo tipo ETA que le conviene a los grupos duros del neofranquismo. En nada ayudó a la transición a la democracia insistir en una agenda indígena limitada a las comunidades de Chiapas y en la existencia de una guerrilla armada que no puede utilizar las armas contra un gobierno legítimamente votado, por más ineficaz que sea en la práctica.

De ahí que el gran dilema del EZLN y de Marcos fue muy claro: desaparecer en la bruma de las noches indígenas de Chiapas o convertirse en una fuerza política con propósitos de alcanzar el poder por la vía de las elecciones. Como guerrilla, el EZLN sería un factor de regresión. Como liderazgo de opinión política, su influencia es muy escasa en una etapa de alternancia donde las decisiones se toman en las instituciones políticas y legislativas. Como movimiento antineoliberal, su espacio sería solamente el choque físico contra la policía. Y como mandarinato cultural, Marcos pareció haberse quedado en los espacios de un escritor de protesta para la lectura de café.

La decisión fue seguir en la rebeldía, sin partido, sin alianzas con el sistema, sin agenda más allá de los indios.

El drama de Marcos radica en haberle hecho el trabajo de talacha política y guerrillera a la derecha y por extensión al PRI en el 2012 y al neopopulismo en 2018. Se esperaba un camino estilo español: un primer gobierno de izquierda para consolidar el nuevo sistema democrático y después un gobierno de derecha. Pero la izquierda partidista le falló a Marcos y al EZLN y la derecha resultó beneficiada con la lucha de la guerrilla. Poco podía hacer Fox con Marcos si el EZLN había reducido su agenda al tema indígena que no era prioritario para la alternancia o la transición a la democracia salvo por satisfacer un cargo de conciencia criollo. Y menos podía ofrecerle Fox a Marcos con un Congreso sin dominio panista, con un priísmo dispuesto a evitar la destrucción del Estado priísta y con un perredismo sin un modelo de transición a la democracia. La iniciativa de ley indígena naufragó por el desequilibrio legislativo y porque al EZLN le faltó lobby legislativo y mayor coherencia del PRD.

El Marcos del 2018 fue muy diferente al Marcos de 1994 por la sencilla razón de que es el mismo. El Marcos de la espada perdió ante el Marcos de la pluma.