Chiapas, el papel de la guerra

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Hablar de Chiapas hace 25 años, era hablar de la historia de pobreza y miseria que ha tenido la entidad desde su fundación. Registrar lo que sucedía en Chiapas, entonces, era el llamado de atención de los rezagos que tenía la modernidad planteada en aquel entonces, durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari.

La marginación, extendida en otros sitios como Oaxaca y Guerrero era un mentis brutal de los avances del desarrollo económico impulsado a través de asumir la globalización mediante la celebración de tratados comerciales. Por eso el poderoso carácter simbólico de Chiapas y la revuelta enarbolada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el 1 de enero de 1994, también hizo pedazos la propaganda oficial y mostró dramáticamente en todo el país la marginación indígena y su conmovedora baja calidad de vida donde el imperio terrateniente había sido (en buena medida sigue siéndolo) inamovible. Lo hicieron encapuchados como una forma de seguridad y porque, según advirtió su discurso, no tenían rostro porque ellos eran la representación de los indígenas maltratados.

La noticia sorprendió al país entero: El Ejército Zapatista ocupó cuatro municipios de Chiapas –San Cristóbal de las Casas, Ocosingo, Altamirano y las Margaritas– mientras que el Ejército desplegó efectivos a 20 kilómetros de distancia hasta que hubo enfrentamientos, por ejemplo al ser atacada la 31 zona militar del estado por algunos efectivos zapatistas.

El EZLN declaró la guerra al gobierno mexicano, así de sencillo y de contundente, y eso tuvo un relieve mediático que le anotó al Ejército su principal victoria más aún cuando uno de sus líderes, el Subcomandante Marcos, tuvo la sagacidad necesaria para emprender una política de comunicación social que rápido puso en jaque al discurso oficial y que poco a poco ganó la simpatía de la prensa. La edición del 2 de enero de La Jornada, por ejemplo, condenó la acción del EZLN y a sus integrantes les llamó delincuentes pero semanas después fue uno de los medios de comunicación más simpatizantes y difundió su propaganda, junto con el semanario Proceso y los diarios El Financiero y unomásuno.

Una historia puntual de la apuesta propagandística del EZLN y el Subcomandante Marcos la puede encontrar el lector en “Chiapas, la guerra de las ideas”, una completa compilación de varios textos escritos en aquel entonces, ideada por Raúl Trejo Delarbre, y también la puede encontrar en “Chiapas, la guerra en el papel”, editorial Cal y Arena, de mi autoría). Lo que se puede plantear como un balance, eso sí, es que 1) “la guerra” fue, por fortuna, sobre todo en los medios de comunicación y la ganó el EZLN que planeó la insurrección justo el día en que entraría en vigor el Tratado de Libre Comercio (TLC) firmado entre los gobiernos de Canadá, Estados Unidos y México; 2) exhibió los grandes huecos de la justicia social en el proyecto modernizador del gobierno; 3) mostro la fragilidad de nuestra cultura democrática dado que el EZLN concentró el entusiasmo y las expectativas de amplios sectores de la izquierda, pero sobre todo, 4) mostró la ineficacia de los medios oficialistas usados como estrategia del gobierno para disminuir el impacto mediático del EZLN, sobre todo la radio y la televisión y 4) hablar de Chiapas hoy, es hablar de la misma marginalidad de hace 25 años y de toda la historia de la entidad, es decir, podemos afirmar que quien perdió la insurrección y los juegos de pirotecnia mediática fueron los habitantes del estado sureño y en particular los indígenas. Ahora Marcos es un personaje intermitente y casi olvidado luego de haber sido un símbolo (la boina y la pipa, sus artículos asiduos en La Jornada), el vestigio de un instante en que el frenesí en favor de las armas despreciaba a la democracia y, con esta, los procesos institucionales para dirimir y procesar las diferencias.

Entonces, me parece que no estamos nada más frente a una efemérides sobre lo que pasó en México hace un cuarto de siglo. Sostengo que estuvimos en presencia del momento más llamativo de amplias franjas sociales que disentían del llamado neoliberalismo no sólo porque no fueron beneficiaros del impulso económico o incluso no sólo porque fueran, digamos, sus damnificados, sino acaso sobre todo porque se estaba incubando un enfurecido estado de ánimo que descalificaba al otro y pretendía cambiar abruptamente el régimen político, no es casual que líderes como (el muy connotado en ese tiempo) Cuauhtémoc Cárdenas Sólorzano o (el joven e impetuoso) Andrés Manuel López Obrador quisieran capitalizar para su causa la presencia que tenía el EZLN. Ya después, vinieron los desencuentros porque, en efecto, se impuso la idea de la lucha política a través de leyes y instituciones aun mediante el desdén de las mismas: en la dualidad discursiva del ahora presidente López Obrador, se encuentra buena parte del éxito, su activismo lo desplegó de acuerdo con las normas democráticas al mismo tiempo que las descalificaba tanto como a sus representantes, aliados de la mafia en el poder. (Una de sus más conocidas arengas es “Al diablo con sus instituciones” en tanto que recibía los beneficios de su actividad en el marco de esas instituciones.

Hace 25 años el EZLN reflejó la pobre cultura democrática mexicana que prevalece, aunque hayamos asistido en ese lapso a la alternancia política en la Presidencia de la República, en 2000 Vicente Fox fue electo Presidente (dijo que el conflicto con los zapatistas los resolvería en 15 minutos), luego Felipe Calderón desdeñó el problema al mismo tiempo que se apagó la estrella de Marcos y con el PRI de regreso en el máximo cargo tampoco hubo algún cambio significativo; no se mira que las circunstancias cambien con el actual gobierno, menos aún cuando el EZLN ha cuestionado al actual jefe del Ejecutivo quien, por cierto, tiene como aliado a uno de los mandatarios más perniciosos en la historia de Chiapas, Manuel Velasco, y la enorme deuda que deja en Chiapas, lo que también implica desvío de recursos pero, ante todo, subraya la pobreza de los indígenas que, ante el enfoque ideológico o político más diverso, no han sido nada más que masa de maniobra de diferentes actores políticos. Por eso recrear esta efemérides nos debe llevar, irremediablemente, a los desatendidos de toda la vida: los indígenas mexicanos de Chiapas.

@Arouet_V