La literatura que surgió del frio

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Ofrecemos a nuestros lectores un fragmento del eBook La Sombra de LeCarre, de la autoría de Carlos Ramírez, mismo que puede descargar de nuestro portal. El texto ofrece un acercamiento a la novela de espías abordado por la pluma de un periodista. Nota del editor.

I

Cuando Anastasio Somoza gobernaba todavía Nicaragua, mi revista me envió a una misión secreta: viajar a Costa Rica, lograr ciertos contactos, viajar a Managua y entrevistar a dirigentes del Frente Sandinista de Liberación Nacional. El viaje resulto bien, todo cuanto planeábamos se logró. Y en Managua, que se encontraba en plena guerra civil y Somoza caería un año después. Los contactos me encontraron en la noche, a través del cristal de un restaurante de hamburguesas. Después de varios rodeos por esa ciudad oscura y semidestruida por un terremoto, me taparon los ojos con vendas y lentes oscuros y me llevaron a las afueras de la ciudad. Terminada la entrevista, retorné al hotel. Tuve que pasar dos días en tensión y temor hasta que salí de Managua. Escondí las cintas grabadas y los papeles y manifiestos políticos de los guerrilleros entre mi equipaje y en el jardín del hotel. Al salir de Managua en uno de los aviones cuya empresa era propiedad de Somoza, un suspiro de consuelo se disolvió en un vaso de whisky.

Años más tarde viaje a Libia a entrevistar a personajes del gobierno. Libia estaba, entonces en una guerra abierta contra Estados Unidos pues la VI Flota norteamericana había derribado dos aviones libios en aguas mediterráneas propiedad del país árabe. Llegar y salir de Libia fue fácil, aunque lo difícil lo constituyó ese ambiente de guerra y de sospechas mutuas que había en Trípoli: ambiente pesado, lleno de premoniciones. En el hotel, situado en la bahía mercante y militar, se escuchaba todo el día y toda la noche la salida y retorno de aviones de combate; desde la terraza de las azoteas se alcanzaba a ver todas las mañanas las llegadas y salidas de submarinos militares. En las calles, el visitante era mirado con recelo y había más desconfianza hacia aquellos turistas que portaban cámaras fotográficas. Se necesitaba un permiso especial para imprimir placas, con la prohibición absoluta de fotografiar complejos militares. Al salir de Trípoli, ya en territorio europeo, los desconocidos que sabían que uno había estado varias semanas en Libia lo miraban con desconfianza, como a un espía o un agente libio. Al fin y al cabo hasta el hermano de un presidente de Estados Unidos había servido como agente libio en la misma Casa Blanca, a cambio de cientos de miles de dólares.

Estas estampas ilustran dos hechos que, a mi juicio, conforman ese género literario conocido como novela de espionaje: primero, una situación internacional caracterizada por hechos de guerra, que pueden se fríos, tibios o calientes, además de un choque de carácter ideológico entre dos sistemas diferentes. Segunda, la sensación que da el hecho de que, en el fondo, todos somos espías, todos tenemos una cierta carga de emoción por la aventura que nos hacen sentir, a veces, los cosquilleos del espionaje. En ambos casos, el estado de ánimo del lector y el contexto de unas relaciones internacionales en tensión, precisan el ámbito de acción de una temática literaria que no se reduce solamente a la presencia de un secreto que descubrir y transmitir al enemigo, sino que se extiende en un verdadero juego de apreciaciones y especulaciones político-militares. El juego se complementa con una esencia: recobrar y recrear, a través de la literatura, una realidad específica.

El espionaje es tan viejo como la literatura, así como la realidad tiene la misma edad que la creación literaria. Aunque es difícil precisar el origen del espionaje y por tanto el género literario específico, puede señalarse que el espionaje nació con la Humanidad. Nada más fácil que indicar que con el mundo nacieron tres personajes, puntos de partida de la realidad que vivimos y origen de la sociedad: un progresista, un reaccionario y un espía. Antes Mata Hari, James Bond y los adustos topos ingleses, hubo espías que –con seguridad– propiciaron cambios en la historia del mundo. Si Xavier Domingo[1] habla de la muerte de Abel en manos de Caín como un hecho policiaco, plagado de celos y de conflictos entre terratenientes, ¿no podría ser cierto que Caín mato a Abel para conseguir ciertos secretos que servirían a otras tribus? El hecho de que Abel fue el bueno de la familia y que los padres de ambos hayan sido fundadores de una dinastía –Adán y Eva– constituía hechos y secretos que mucho valían.

No puede ocultarse que la novela de espionaje surgió como una expresión concreta de la realidad, tal vez más que ningún otro género literario. Hablar de espionaje nos remite inmediatamente a un esquema preciso: dos fuerzas en choque, un secreto que interesa a cualquiera de las dos partes o a las dos partes por igual, una lucha, a veces sorda y a veces abierta, por conseguirlo. Si en un principio las guerras fueron por cuestiones de honor, de expansionismo y de pulsación de fuerzas, hoy el belicismo tiene un tufo a ideologías, a sistemas. En ambos casos, el espía resultó ser una pieza imprescindible en el coctel. En rigor, el espionaje como oficio surgió al mismo tiempo que las guerras. Una forma de ganar una guerra es, siempre, adelantarse al enemigo y conocer sus planes; una forma de saber qué tiene y que piensa el enemigo es infiltrársele en sus tropas y conseguir información secreta, pero de tal manera que los planes no cambien. Hay hechos históricos en los que el espionaje resolvió problemas fundamentales. Recientemente, el periodista francés Jean Jacques Servan-Schreiber[2] reveló que el Presidente Roosevelt conoció anticipadamente –vía espías– el ataque japonés a Pearl Harbor, pero no hizo nada para impedirlo pues es ataque sería la justificación para que Estados Unidos entrara de lleno en la Segunda Guerra Mundial y el propio Roosevelt rompiera su promesa en el sentido de que los hijos de América no irán a Europa.

Ha habido casos similares. Tal vez la Segunda Guerra Mundial marcó el reciclaje del oficio de espía. Si en la Primera Guerra surgieron espías importantes que Graham Greene recopila en un libro fundamental para el espía[3], la Segunda Guerra fue más importante porque el espionaje asumió un rango hasta de ministerio: la CIA nació como una Oficina de Servicios Estratégicos (OSS en inglés), el Circus o M-16 de Inglaterra pasó a formar parte del organismo responsable de la política exterior británica, los alemanes fundaron su servicio de inteligencia, los judíos vieron la necesidad de crear sus oficinas de espionaje, Francia actuó con el OAS en Argelia y así sucesivamente. Al final, el espionaje llegó a ser parte fundamental del delicado mecanismo de relojería que es la diplomacia. Y si Claussewits dijo que la política era la continuación de la guerra por otros medios, el espionaje fue –y es– la expresión de la guerra por otros medios, nuevos y sofisticados. Desde entonces, la política exterior se conforma, además de la política y del arsenal militar, con el espionaje. No es gratuito –por ejemplo– que ésta sea diseñada con el auxilio y la presencia imprescindible de la Agencia Central de Inteligencia, cuyas solas siglas son, hoy día, el sinónimo más cercano al de espía: CIA.

II

La literatura no está hecha de arquetipos sino de realidades concretas que se recrean en la invención de la escritura. Por eso el mundo del espionaje es, por esencia, el ámbito de la literatura. Al parejo de las relaciones internacionales en constante tensión y en la magnitud de la inserción del espionaje en el sofisticado mundo de la diplomacia, la literatura fue conformando y modelando su propio género como una expresión concreta de la realidad. Hay momentos, sin embargo, que realidad y ficción extravían sus fronteras. Tengo para mí, por ejemplo, que los dos mejores libros de literatura de espionaje son los siguientes: Mis años en la Casa Blanca, de Henry Kissinger y La verdadera guerra de Richard Nixon. En ambos textos confluyen las características de la novela de espionaje: secretos, choques internacionales, intervenciones extranjeras, lenguaje cifrado, esquemas específicos y temas recurrentes.

Aquí cabe una aclaración: el sólo auge del espionaje no trae consigo un boom de la literatura de espionaje. La correspondencia no es mecánica sino, valga el término, dialéctica. Existe, como evidencia, la explosión de la novela bestseller que reduce las características de la literatura de espionaje a un coctel burdo, elemental. Como toda la literatura, la de espionaje debe asumir, antes que nada, lo fundamental de la creación artística: la invención de una realidad; es decir: la autonomía del texto de la realidad circundante, la ruptura de esa dependencia insolente que convierte a las novelas y cuentos en insignificantes actas de la sesión anterior, presentadas al lector para su aprobación. Una novela de espionaje no se convierte en literatura por sola cita de conceptos como espía, CIA, KGB, secretos de Estado, entre otros. Si la literatura es la reinterpretación estética de la realidad, la novela de espionaje es la presentación de un mundo autónomo del real, ya sea como desenvolvimiento del existente o extensión del conocido, pero con ese toque mágico –llamémosle de algún modo– que el verdadero escritor debe dar a sus obras para que los conceptos elementales del coctel del espionaje se conviertan en válidos por si mismos. La diferencia entre la literatura y la escritura de consignación es la misma que existe entre la creación y las citas citables.

Por eso es tan escasa la verdadera literatura de espionaje. Hay, en este contexto, ciertas situaciones que conviene destacar. Entre ellas, una nota interesante: así como el carácter anglosajón y la violencia de la sociedad norteamericana pudo engendrar y desarrollar con maestría la novela negra –como en ningún otro país–, la novela de espionaje presenta sus mejores cartas en la flema inglesa. Dashiell Hammet, Raymond Chandler y Horace McCoy tienen su correspondencia –por citar a los más importantes– Eric Ambler, John Le Carré, Graham Greene e Ian Fleming. La diferencia es cuestión de flema y realidad: la novela negra responde a un contexto de violencia social, decadencia, lucha sorda por sobrevivir; la novela de espionaje actual se ubica en el contexto de un combate ideológico sordo, frío, calculador, entre dos fuerzas políticas nacionales. Tal vez Estados Unidos esté más cerca de la ruptura social; Gran Bretaña, antiguo imperio capitalista, parte fundamental del sistema de libre empresa, está a tres horas de la fuerza aérea de los países socialistas del Pacto de Varsovia.

De los cuatro escritores ingleses citados, tres de ellos hacen suficiente hincapié en este hecho. El cuarto, Eric Ambler, prefiere transitar oblicuamente por estos parámetros, tocándolos apenas a vuelapluma. En sus dos mejores obras –La máscara de Dimitrios y No sigas mandando rosas–, Ambler (Londres, 1909) asume el espionaje en un contexto de guerra militar –la primera– y guerra industrial –la segunda– para desarrollar con brillantez las características de la novela de espionaje: la tensión, las claves, la complicidad e ingenuidad del lector. Ambler incursionó el tema con una novela que al final resultó frustrada: Doctor Frigo, cuyo argumento se le escabulló por las ramas de la fácil denuncia de las dictaduras latinoamericanas.

El repaso será incompleto. John Le Carré (David Cornwell, Poole, 1931), profesor de literatura barroca, comprendió desde su verdadero nombre y desde su puesto en el servicio diplomático inglés las situaciones del mundo de las guerras caliente, fría y tibia y abandonó su puesto de primer secretario cuando la fama le llegó con El espía que surgió del frío (1964). Desde su primera novela de espionaje Llamada para el muerto (1961), Le Carré encontró una veta que ha ido explotando con madurez y oficio la mayoría de las veces, aunque en otras la fama y el tema fácil le distraiga de sus posibilidades. Sin duda, sus mejores novelas son El espía que surgió del frío y El Topo (1974, con el título original en inglés de Candelero, sastre, soldado y espía), donde el escritor inglés crea un mundo paralelo al real, autónomo, peo muy cercano al lector abrumado por la propaganda advertidora del avance del comunismo. Creador del personaje que encarna, en sí mismo, todo el mundo del espionaje, Le Carré ha inventado al espía real, a un espía de carne y hueso. George Smiley, ratón del espionaje, de vientre prominente, cegatón, enamorado de su esposa Ana y consciente de la ninfomanía de ella. Smiley ha llegado a ser tan autónomo de su autor y el mundo de Smiley ha llegado a ser tan real, que en la revista española Cambio 16[4] se publicó una sensacional entrevista de Xavier Domingo con Smiley, no el personaje actuado como nunca por el actor inglés Alec Guiness, sino con el espía Smiley de las novelas de Le Carré. A Le Carré hay que analizarlo mucho: por ejemplo, su trilogía de Smiley: El topo, El honorable colegial (1978) y La gente de Smiley (1980) refleja los complejos problemas de un escritor que pretende copiarse así mismo, al tiempo que refleja esa característica de la novela de espionaje: responder a un contexto internacional preciso. Le Carré exhibe en su novela la decadencia de Inglaterra, el avance de Estados Unidos, la preeminencia de la CIA en el mundo del espionaje, la distensión soviética y el peligro chino, al tiempo que en esas tres novelas repasa el enfrentamiento de los dos espías más inteligentes y hábiles de la literatura: el inglés Smiley y el soviético Karla.

Graham Greene (Berkhamsted, 1904) es un caso especial. Escritor del drama humano de la vida difícil de vivir –al margen del existencialismo sartreano–, incursionó en la temática de espionaje por divertimiento. Entre obra y obra, Greene se divertía narrando aventuras de espías. Pero eso no fue al principio y fueron divertimentos en comparación con El Americano impasible, (1955) El poder y la gloria (1940), Caminos sin ley (1938), entre otras. Entre sus divertimentos destacan Nuestro hombre en La Habana (1959), El agente confidencial (1939). Pero Greene no pudo sostener los divertimentos. Sí en Nuestro hombre en la Habana se rio hasta el cansancio con Mr. Wormold y su invención de una estación de espionaje en la capital cubana, inventando espías, cargos, informes, mapas y la famosísima “red del caribe”, Greene decidió asumir finalmente la seriedad. El factor humano (1978) fue su reinicio en la literatura de espionaje, con un poco de reflexión filosófica que posteriormente proyectaría con fuerza en la novela El doctor Fisher de Ginebra (1989). Para reiterar su confianza en lo que hacía, Greene publicó en 1973 un collage de notas, recortes, investigaciones, recuerdos y reescrituras, todas bajo el título de El libro de cabecera del espía, auxiliado por Hugh Greene. Si el desapego inicial de Greene hizo que pocos tomaran en serio su colección de espionaje, la relectura de sus divertimentos son una doble seriedad: literatura y realidad se dan la mano para ofrecer a los lectores un mundo tan conocido como al mismo tiempo tan subrepticio.

Ian Fleming (Londres, 1908) fue conocido por la invención de un personaje cinematográfico: James Bond, cuya única encarnación válida ha sido Sean Connery. De oficio espía, Fleming uso 007 –con permiso para matar– en el combate de siniestros personajes al servicio del comunismo internacional –Estados Unidos tenía ya su Capitán América–. Sobre todo del soviético. La evolución cinematográfica de James Bond, fuera del control de Fleming, se desvió por la aventura, la conversión del sorprendente inglés en el Superman de Occidente: fue la ideologización del 007. Sin embargo, Fleming tuvo su lugar en la literatura de espionaje, que nada tiene que ver con Connery o con el ácido e infumable Roger Moore.

III

La literatura de espionaje es eso y más. Es La cabeza de la hidra (1979), de Carlos Fuentes. Es, también, El complot mongol (1969), de Rafael Bernal. México aporta, pues, su granito de arena. Hace meses, el mismo Carlos Fuentes desarrolló el argumento de una novela medio de espionaje y medio de política internacional: cómo influyó México en la sucesión presidencial de 1980 en Estados Unidos. De éste y de muchos otros modos, la novela de espionaje tiene posibilidades amplias, inscritas en la búsqueda de la expresión literaria de una realidad específica. Si el ascenso de Reagan al poder representó un coqueteo de la realidad con los escritores de oportunidad, la literatura de espionaje atraviesa por una etapa de revisión y búsqueda. El propio Le Carré ha declarado que Smiley ha pasado definitivamente a gozar de una jubilación bien ganada, a pulso, después de que Circus lo mandó sacar de la tranquilidad del retiro para que descubriera a topos soviéticos incrustados en los altos mandos del espionaje inglés. No obstante, el género sigue siendo generoso y enigmático. Dos hechos pueden ayudar a comprobarlo: por un lado, la forma en que la literatura de espionaje ha influido –cosa ciertamente difícil– en la realidad del espionaje. En una operación mimética, el mundo real del espionaje comienza a absorber lenguaje, conductas, situaciones y posibilidades de la literatura de espionaje: los informes y personajes dela CIA, de la KGB, del servicio israelí, del espionaje libio y de otros países destilan un tufo a novelas de espionaje.

Por otro lado, la realidad ofrece oportunidades reales a la ficción. En septiembre de 1981, la revista Cambio 16 publicó un sensacional informe sobre los topos de verdad[5]: las historias de cuatro ingleses que espiaron durante la Segunda Guerra Mundial y años después para los servicios de espionaje soviéticos. Guy Burggess, Mac Lean, Kim Philby y Anthony Blunt –este último con título de Sir– fueron espías de la Unión Soviética en Inglaterra. El escándalo fue mayor cuando se supo que Sir Anthony Blunt, criticó de arte de la Reina Isabel II y del Palacio de Buckingham, era también espía de la KGB. Philby, con la cobertura de corresponsal del legendario periódico Times, de Londres, fue condecorado por el generalísimo Francisco Franco en 1938, por servicios y simpatías hacia el caudillo por la Gracia de Dios; Philby era, entonces, espía de la URSS. El informe narra cómo la guerra de espías sacudió y continúa afectando la flema inglesa.

El tema de espionaje es infinito. La literatura es, por tanto, amplia en posibilidades. Hay dos hechos que ayudarán siempre: la complicidad del lector que siempre anhelará correr alguna aventura de espías y la novedosa división social del mundo contemporáneo: toda sociedad tendrá siempre un progresista, un reaccionario y un espía.

Finalmente: creo que toda conferencia sobre temas y géneros de la literatura queda incompleta si no hay buenos tips. En el caso de la literatura mexicana de espionaje, Carlos Fuentes ha abierto una veta muy interesante: el petróleo mexicano, objetivo estratégico de potencias militares e industriales. Otro tip: Fernando del Paso, en un artículo escrito en la revista Proceso, apunta apenas el descubrimiento de una red de espionaje enorme, tal vez de más importancia que las legendarias OSS, CIA, KGB o la Orquesta Roja. Dice Del Paso que “en una entrevista por televisión, un exministro de la premier Margaret Thatcher reconoció la enorme influencia política de la Iglesia Católica y señaló que el Vaticano constituye una fuente muy valiosa de información, gracias a su vastísima red de ‘inteligencia’, de la cual todo sacerdote y todo católico ferviente, o casi todos, son o pueden ser agentes”[6]. No será, ni con mucho, la bonhomía del rechoncho Padre Brown, personaje surgido del misticismo de Chesterton y de su complejo de culpa católico; podría ser, en todo caso, el descubrimiento de una vasta red de espionaje que tiene en la literatura el campo de expresión más amplio. ¿Quién agarra el toro por los cuernos?

[1] El dossier Caín, por Xavier Domingo, revista Gimlet No.9, noviembre de 1981, Barcelona, España.

[2] El desafío mundial, Jean Jacques Servan-Schriber, editorial Plaza Janés, 1980.

[3] El libro de cabecera del espía, de Graham Greene y Hugh Greene, editorial Sur, Buenos Aires, Argentina, Colección Índice, 1973.

[4] Cambio 16, No. 514, 5 de octubre de 1981, Madrid, España.

[5] Cambio 16, No. 511, 14 de septiembre de 1981, Madrid, España.

[6] Proceso, No. 274, 1 de febrero de 1982, México.