Vicente Leñero: las obsesiones de un autor

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El pasado 3 de diciembre, se cumplió un aniversario luctuoso más de Vicente Leñero. Periodista y escritor, dejó una huela imborrable en la vida cultural del país, motivo por el cual lo recordamos en esta ocasión con un fragmento de este libro –el cual está disponible en nuestro portal en la sección de eBooks–. Desde luego que sus aportes al periodismo y la literatura son parte del legado que nos dejó. Nota del editor.

—Ya es un tema tocado, ¿no?

La pregunta no sorprendió a Vicente Leñero. Le gustaba hablar de literatura con novatos pero no tenía mucho carácter para aceptar la crítica. Estábamos en el grupo “El mollete literario” un jueves en la noche, después del cierre de edición de la revista Proceso, en Vips, comiendo molletes y bebiendo café y cervezas, para hablar de novelas y cuentos. Rara vez aceptaba Leñero hablar de lo que estaba escribiendo, pero el tema salió y yo no recuerdo por qué: estaba entusiasmado por su novela El evangelio de Lucas Gavilán. Era la reescritura de la escritura: el renacimiento de Jesucristo en el México de 1979 y situaba Belén nada menos que en la merced. Alguien mencionó La tourné de Dios, pero Leñero dijo que era otra cosa: lo suyo no era nada más el sentido literario de revivir una historia clave para la humanidad, sino una revisión de sus convicciones, una forma de decirle a los demás lo que pensaba. Los que estábamos en la mesa entendimos el guiño: la obsesión religiosa de Leñero, un católico convencido pero sufrido por la desviación de las enseñanzas del evangelio. No le resultaba fácil usar su conflicto religioso como tema de sus novelas porque escribirlo era un padecimiento adicional a lo vivido, pero era la única manera —decíamos entre nosotros cuando él no estaba presente para escucharnos— de mantenerse cuerdo.

Leñero sufría el tema religioso. Era creyente pero detestaba a la jerarquía conservadora y sus prácticas que nada tenían que ver con las enseñanzas de Dios, aunque hacia nada directamente para modificar las cosas. Por eso pensaba yo que mejor escribía sus obsesiones. Se apasionaba, por ejemplo, cuando hablaba de Sergio Méndez Arceo, el obispo de Cuernavaca que había tratado de poner a la iglesia en contacto con la realidad social. Eran los tiempos de los setenta. Pero Leñero venía de conflictos más añejos. Le tocó, años antes, el problema del padre Lermecier, quien trató de introducir el sicoanálisis para fortalecer la vocación religiosa de los sacerdotes, y el esfuerzo de Iván Illich para fundamentar y promover la iglesia de los pobres. Y luego se entusiasmo cuando la iglesia se hizo revolucionaria, se ligó a los revolucionarios y hasta hizo la revolución. La Teología de la Liberación también le dio ánimos. Pero luego se apagó. Lo que nos contó como adelantos sobre El evangelio de Lucas Gavilán parecía tener cierto tono de frustración no asumida. No era lo que escribía sino cómo contaba lo que estaba escribiendo. Era difícil tratar estas conclusiones con él, pero había espacios no para la discusión sino para el inter- cambio de criterios y puntos de vista. Yo estaba en la revista cuando llegó Karol Wojtyla al papado y percibí el conflicto de fondo de Leñero: la esperanza de que se comprendiera la necesidad de la iglesia para los pobres. Pero Leñero como que había perdido la exaltación por el tema. En las reuniones para definir la cobertura informativa de la visita del Papa, Leñero no podía ocultar sus contradicciones a veces desgarradoras entre su fe y la realidad de una iglesia cuya dirigencia se había olvidado del Jesucristo de los pobres.

Cuando supe los incidentes en torno a la película del padre Amaro que había hecho el cineasta Carlos Carrera, con guión de Vicente Leñero a partir de la novela de Eca de Quiroz, me dediqué a recopilar información sobre el conflicto de Leñero con la religión. Poco pude tener sobre la condición de la fe de Leñero, pero sus vivencias aparecían ya digeridas en sus novelas y obras de teatro. En los sesenta, Leñero había formado parte de las juventudes católicas conservadoras —reaccionarias, más bien— y había estado en la manifestación católica a La Villa para enfrentar el avance del comunismo en Cuba y sus efectos en México en 1962. Leñero, pues, estaba enfilado en rumbo de colisión en una severa crisis de conciencia pero después de una toma de posición política y a veces ideológica aunque sin muchas ideas propias. Pocos podían resistir este choque de contrarios. Pero lo interesante fue que Leñero, aún con una visión crítica y amarga sobre su religión, nunca defeccionó de sus creencias. Tan sólo las trasladó a la literatura: novelas, cuentos, obras de teatro. Es decir, se las comió todititas.

Esta novela que escribo no quiere interpretar el conflicto interior de un escritor católico, sino busca re-escribir la historia de un novelista que reinventó literaria- mente a un sacerdote que le pertenecía a otro narrador y que se vio mezclado en las tres historias, y la cuarta con la mía. Después de que pasó el escándalo con la película sobre el padre Amaro, Leñero publicó una novela a partir de su guión y basado en la historia de Eca de Quiroz de 1875 pero con sucesos de los noventa mexicanos. Todo lo que aquí se diga no es cierto porque fue verdad. Los testimoniales de la investigación no mienten sobre las mentiras de una verdad. Esta novela es sobre el Leñero que reinventó al padre Amaro y que trató de reinventarse a sí mismo.

—Leñero llegó a la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García” cuando estaba en su pleno apogeo panista —dice sin esfuerzo de memoria una voz de aquellos tiempos—, casi como escuela de cuadros. Septién había sido panista y director de la revista La Nación, órgano oficial del PAN. Eran los tiempos del panismo profundamente religioso y conservador, escaso en votos. En los pasillos se discutía de religión y política, en ese orden. Leñero era de los que batallaban con pasión. No sé si ya estaba en las juventudes católicas de la ACJM, pero actuaba como militante.

Las reuniones de la ACJM eran casi secretas, recuerda el propio Leñero. La confidencialidad le daba un aire de seriedad. Un militante de esos años —no frustrado, por cierto, sino más bien lejano de esas prácticas— me confió que había poco por qué luchar. El país había entrado en una especie de letargo político. Lázaro Cárdenas estaba neutralizado, el país había salido de la guerra, el radicalismo priísta no era tema coyuntural. La lucha ideológica era mucho menor. Las reuniones en la ACJM eran casi como clases de catecismo: muchos rezos y poca política. Los grupos religiosos eran uniformes, no había disidencia evangélica. No había nacido la iglesia de los pobres.

—El conflicto vino hacia finales de los cincuenta y principios de los sesenta —recuerda otro— y fue por Cuba, por la Revolución Cubana.

Cuba, Cuba, Cuba, la realidad cubana fue un punto de inflexión para cuando menos tres generaciones, la que ya estaba grande cuando ganó la guerrilla, la de los jóvenes en esos años de 1961 a 1963 y la de los que eran niños y vieron a Cuba ya consolidada como una estrella solitaria. Leñero no hablaba de Cuba. Pero viajó a la isla en 1975 y a su regreso escribió un libro. Cuba era, por ese año, todavía un sueño revolucionario y Leñero venía del agotamiento de Los albañiles y sobre todo del exorcismo de Redil de ovejas, ambos vinculados a un enfoque social bien llevado a la literatura a través de personajes singulares y contradictorios.

La trayectoria personal de los años de Leñero explicarían los enfoques y alcances de su literatura: de carácter hosco, también tímido, el escritor siempre rehuyó los grupos intelectuales. Las cenas con nosotros en “El mollete literario” —como le puso Armando Ponce, coordinador de cultura de Proceso— eran algo así como la antítesis de las cofradías o las mafias literarias. Y a pesar de que Leñero era el escritor del grupo, nunca ejerció ninguna jefatura. En una de las cenas nos contó lo que sufrió como becario del Centro Mexicano de Escritores, donde más que aprender a escribir tuvo que aprender a defenderse de otros escritores noveles porque eran más bien sesiones de canibalismo literario. Los textos que se presentaban a la lectura ante los demás becarios eran materialmente destrozados por los asistentes. Una vez Leñero tuvo que desquitarse por las críticas de Juan García Ponce y le subrayó todos los “que” que había en un largo párrafo y dijo que Juan nunca se lo perdonó.

Además de anecdótico, este tipo de rasgos de carácter indican pistas muy importantes en los escritores. Todo narrador pierde el control sobre sus sentimientos y sale siempre derrotado por sus personajes. El escritor que gobierna a sus personajes abandona muy rápido el camino de la literatura. Por eso me llamó la atención el especial carácter hosco de Leñero porque indicaría sin duda la principal línea creativa. ¿Cómo un escritor con estas características se enfrentaría a la realidad de Cuba en el 25 aniversario de la revolución de Castro? ¿Cómo alguien con la sensibilidad social de un ingeniero que convivió con los albañiles y reflejó esa realidad de descomposición social iba a enfrentarse a una revolución con muchas carencias? ¿Y cómo el católico que salió a defender su religión contra el comunismo en 1961 y a gritar “cristianismo sí, comunismo no” iba a encarar directamente la realidad del socialismo que quería ser comunismo? Aún a expensas de sus exorcismos, Leñero tendría que encontrarle una solución al conflicto realidad- ficción, militancia-distancia.

Leñero siempre ha tenido una inclinación política progresista pero sin estar atado a ideologías. Su percepción periodística es abierta pero no resiste la confrontación: escribe lo que piensa y ya. Me tocó entrarle en una polémica sobre Leñero cuando yo ya no escribía en Proceso. Como había recibido el premio de periodismo “Manuel Buendía” 1993 de las universidades públicas, me tocó ser parte del jurado para 1994. Ahí Julio Scherer, como jurado principal, decidió que el premiado fuera Vicente Leñero. Yo me opuse con un argumento válido: Leñero es un extraordinario escritor y un dramaturgo de primera línea pero no es un periodista cotidiano. Scherer y yo discutimos. Elena Poniatowska había propuesto a Amado Avendaño, el director de un periódico de San Cristóbal de las Casas que había sido el enlace del EZLN pero que después había pasado a la política. Scherer vetó a Avendaño: quería periodistas puros. Yo dije que Leñero era más escritor y dramaturgo que periodista. Al final tomamos una decisión salomónica: medio premio a Leñero y medio a…

Años después, en una entrevista leí que Leñero decía que él se había metido a estudiar periodismo en la “Septién García” no para seguir los senderos del oficio como reportero en las calles, sino para aprender a escribir. “No quería ser periodista”, afirmó, aunque tuvo el talento de aprender las reglas estilísticas del oficio. Sus novelas tienen más de un ojo periodístico y de estilos de redacción reporteril que técnicas de la novela. Aunque, eso sí, Leñero ha sido un talentoso lector de estilos. Hasta el final tendrá que seguir cargando las referencias a la forma en la que cayó en los brazos del nouevau roman francés o “nueva novela” de los sesenta, cuya propuesta radicaba resumidamente en la escritura automática, es decir, el hilo de las palabras iba dibujando una visión, no había anécdota o historia. Esta novedad estilística necesitaba de un gran dominio del lenguaje. Leñero lo tenía. Su novela La voz adolorida que después corrigió y publicó con el título de A fuerza de palabras, exhibió un control muy profesional de las palabras, de la construcción de oraciones, del ritmo literario y de los personajes.

El Leñero periodista no pudo llegar más lejos. Él mismo se arrepintió en algunas entrevistas de sus estilos literarios en textos que merecían más el rigor periodístico. Truman Capote sufrió mucho cuando escribió A sangre fría, porque tuvo la tentación de salirse de los espacios de rigor realista y se ajustó sólo a utilizar las estructuras de la novela a una historia narrada por sí misma. Años después, su eterno rival Norman Mailer, quien por cierto había criticado la obra de Capote con tono de burla porque decía que una novela sin ficción no era novela, publicó la historia de Gary Gilmore, un asesino que había sido atrapado, enjuiciado y condenado a muerte y que había sido popular por sus cartas. La novela La canción del verdugo, daba pasos delante de Capote: estaba basada en la realidad de Gilmore y en las cartas que le había entregado, pero utilizaba la técnica narrativa de la recreación de ambientes para imaginar la realidad y proyectarla. Capote, irónico, felicitaba a Mailer de haberle dado la razón; Mailer decía que la suya era una novela porque incluía la imaginación. Los dos tuvieron la razón porque detrás de la realidad estaba la literatura como el oficio de la imaginación y la invención.

El espíritu de Leñero siempre se ha movido entre la contradicción y la insatisfacción. La que parecía la más acabada técnica de la literatura realista, Los periodistas, terminó en una mezcla de géneros literarios que sacaron el tema de la realidad y lo llevaron a la ficción. Pero el tema era el conflicto en el periódico Excélsior en 1976 que tuvo su punto más difícil en la salida del diario de Julio Scherer, Vicente Leñero y decenas de periodistas, reporteros, editorialistas y trabajadores. El libro tiene un 60 por ciento de narración real con utilización de técnicas formales de la literatura —estructura dramática, manejo de los diálogos, acomodamiento de situaciones, entre otros detalles— pero el resto es invención utilizando técnicas del teatro y de la literatura que fascina a Leñero: el monólogo interior y exterior. Al final, Los periodistas, es una novela plural basada en un hecho real. La literatura había ganado una propuesta más, aunque el periodismo había perdido una oportunidad para el género. Alguna vez en “El mollete literario” hablamos de estos temas, sobre todo a propósito de los textos de Francisco Ortiz Pinchetti, pero no recuerdo que hubiéramos llegado a una conclusión. Aun en el periodismo, Leñero terminaba por quedar atrapado en las coordenadas de la literatura.

¿Cuál era el común denominador de Leñero como creador en cualquiera de las especialidades? Entre tantas apreciaciones sobre en análisis de un autor, llegué a la conclusión de que su obra creativa y periodística y personal revelaban el drama de un hombre de fe. Es decir, el conflicto entre un creyente católico en un mundo si no perfecto cuando menos justo y una realidad que sabía que no podía modificar ni siquiera en su creación-invención literaria. La obra de Leñero era, para jugar con sus propias percepciones, una voz adolorida. Pero el conflicto era mayor. ¿Realmente era Leñero un escritor católico que llevaba sus sufrimientos a sus obras? Todo indica que sí. Inclusive, en su literatura que no toca el mundo relacionado directamente con el catolicismo se llega a percibir un manejo de personajes que reproduce el apremio de la religión. Y en un mundo plagado de contradicciones, los personajes de Leñero se mueven en el limbo del conflicto pero no de la culpabilidad. Son personajes abiertos, plurales, culpables sólo de vivir en un mundo injusto. Así, la literatura era para Leñero un acto creador para la expiación humana.

Por eso le han molestado siempre las dudas sobre su trabajo creativo. Leñero no se considera un escritor católico aunque no niega la importancia de escenarios y conflictos del catolicismo en algunas de sus obras. Contó una vez que su pleito con el escritor veracruzano Juan Vicente Melo llegó al punto de diferencias los enfoques católicos de ambos: Melo se asumía como escritor católico y concebía a Leñero como un escritor mocho, es decir, afectado por una religiosidad extrema pero sin convicción personal. Pero no, Leñero es un escritor católico que escribió obras con conflictos dramáticos católicos y algunas revelando los problemas de la fe católica. Su acercamiento al padre Amaro de Eca de Quiroz, por ejemplo, estaba basado en su percepción de la falta de fe de un religioso y la forma en que no servía a su comunidad. Al trasladar al personaje a la realidad mexicana de finales de los noventa, Leñero no hizo más que enlistar sus obsesiones sobre la falta de fe de los encargados de promoverla entre los feligreses: el narcotráfico, el sexo, la ausencia de vocación, la pérdida de fe de los propios creyentes y sobre todo la hipocresía de los sacerdotes. Era, pues, una especie de ajuste de cuentas.

Pero esta parte de la creación literaria de Leñero en el contexto del catolicismo tiene una parte todavía oscura: ¿cuál es la propuesta religiosa de Leñero? Ha simpatiza- do, es cierto, con la teología de la liberación, estuvo cerca de Sergio Méndez Arceo en Cuernavaca, conoció a Ivan Illich y al padre Lemercier, pero en sus obras hay más bien una difusión de la realidad. En Redil de ovejas dispone los dos enfoques de la religión católica frente a la realidad, la derecha y la izquierda, pero sus personajes revelan más bien los problemas de una religión alejada de la realidad del pueblo que sufre. No se conocen textos de Leñero sobre la religión, la fe o sobre la función de los sacerdotes. A lo mejor ni falta que hace porque para eso están sus obras literarias, pero de todos modos se necesita de mayor información para tener una percepción acaba de las motivaciones literarias de un autor.