Los Pinos: ese caro fetiche del presidencialismo mexicano.

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La medida es extraordinaria. Se aplaude, sí. Acertada y tardía porque retrasar esa apertura ha privilegiado la opacidad de su funcionamiento. Y eso debe de cesar. Podría matizarse las formas, pero no el objetivo.

Abrir Los Pinos al pueblo de México que lo sufraga con sus impuestos se debió de hacer hace años, retrocediendo luego de que Peña Nieto cancelara las visitas que ya Fox y Calderón habían propiciado tan positivamente. Canceladas por esa actitud faraónica que incluso impuso vallas del Palacio Nacional, haciendo que los mexicanos camináramos por el arroyo vehicular y no por la amplia acera frente a sí, obstruida por un capricho peñista que no venía a cuento. Y ese sí era un capricho deplorable.

Lo que vi el domingo 2 de diciembre de 2018 en Los Pinos fue a ciudadanos empoderados, pero dudosos a veces, como si profanaran un espacio vedado, similar en su actitud a quienes recorrimos el Palacio Nacional en sus salones de colores del ala derecha durante la magna exposición del Bicentenario, abiertos al público de forma temporal. Curiosos y deseosos de ver lo que al final de cuentas nos pertenece a todos, cosa por demás innegable. Una niña dijo a su compañerito de orquesta: “(Pasamos) ¿Y cobran?” Estaba yo por decirle: “no niña, esto ya lo hemos pagado hasta lo indecible. Pásale”. Vimos más de lo que conocieron un reportero acreditado o un visitante ocasional invitado.

Un folleto repartido al público dice que el espacio de tres predios –Molino del Rey, La Hormiga y Chivatito– en 56 mil metros cuadrados, acabó siendo 14 veces más grande que la Casa Blanca en Washington, D.C. y advierte: “Lo que Lázaro Cárdenas concibió como una austera residencia de un mandatario republicano, terminó por convertirse en un lugar tan ostentoso como lo había sido el castillo de Chapultepec”. Y termina siendo verdad. No estaría de más un replanteamiento del papel de una residencia oficial, máxime que López Obrador no ha definido su destino ni el propio en la materia. De lo que hay hoy, yo la reduciría a la mitad de espacio invadido al bosque.

Seamos claros: Isabel II permite y cobra por acceder al palacio de Buckingham durante su ausencia estival, mientras vacaciona en Escocia. Se pueden visitar el palacio de Oriente en Madrid y El Pardo. El Kremlin se visita. Antes la Casa Blanca. Todos con espacios reservados. Está bien, pero se abren los inmuebles. Los Pinos se visita porque interesa, porque ahí hay historia de México y merece saberse. Los Pinos han sido opacos en su manejo y en manos del PRI, más. ¿Por morbo se acude? Será por el que propiciaron sus ocupantes. Por fisgoneo y reivindicación, sí. ¿Por curiosidad? Desde luego que sí y se lo anticipo: el recorrido no está para morirse, pero no pierde su fascinación, valía y peculiaridad. Sus vigilantes son asaz amables con el público

Y sépase: no es el Palacio de Versalles. Es más, me parece un espacio incómodo para habitarlo y trabajar desde allí al mismo tiempo. Poco funcional. Así de sencillo. Una prisión arbolada que se comió grandes extensiones del bosque de Chapultepec, sin derecho a ello de parte de quienes poco a poco dispusieron de que así sucediera. ¿Centro cultural? si lo reducen, va. Me agradaría que parte de sus instalaciones –las militares para sus acuartelados, hacia el Auditorio Nacional– fueran demolidas y devueltas al bosque para recreo de todos. Ya el resto pudiera aprovecharse si la idea persiste, sin degradar la zona ni llenarla de ambulantaje como han vuelto otros parajes. Identificando lo que puede volverse museo con todas sus características.

Los Pinos como conjunto opaco nos recuerda que no es un edificio, sino un conjunto de tales. Los libros de historia de la Casa Blanca detallan ese inmueble. Los Pinos se han ido revelando poco a poco, muy poco a poco. Esencia de su opacidad. Una que pasa por el aparente no inventario de bienes visibles, de su patrimonio, del que desconocemos todo lo que lo conformaba, imposibilitándonos saber qué lo componía y mucho menos permite identificar los presumibles faltantes.

Es preferible acceder por Parque Lira y Constituyentes. Caminar la explanada de Francisco I. Madero, admirar el monumento a la batalla de Molino del Rey y ver los arrumbados autos de López Mateos con el museo del Estado Mayor, que era de consumo interno, ya se ve. Luego descender hasta la entrada del bosque muy cerca del tótem canadiense y acceder a las calzadas de presidentes –que deja el pedestal vacío del no ocupante López Obrador– y la de la democracia. La estatua de Peña con una bandera nacional es de pena ajena recordando la entrega del petróleo a manos extranjeras. ¡Vaya patriotismo del sujeto! ¿estará sensacional para los logreros priistas?

La residencia Miguel Alemán se muestra vacía en su planta superior. Semivacía en la inferior. ¿O es que Los Pinos nunca fueron lujosos? Pareciera. De ahí el imaginario popular y el fetiche en que se convirtió. Está ausente de lámparas sobre mesitas o de adornos. Sin cuadros en la mayoría de sus muros ¿Falta algo? No se sabe. Arriba, espacios limpios, aseados, pero vacíos. La recámara presidencial tiene en una pared ¡24! receptores eléctricos, los más, enchufes. No se ven las escaleras usadas para la sesión de fotos de la afamada madre e hija. Pulcras las otras escaleras. La cocina vacía de todo: ni rastros de cubertería, mantelería, aditamentos. Ni un pocillo, siquiera. Y el búnker en su sótano…. Un sótano con sala de cine, pero sin rastros del bar o el boliche o las canchas de tenis que aseguran que hubo en la residencia oficial. En la contigua residencia Lázaro Cárdenas está el salón acristalado donde el general decidió expropiar el petróleo y sin poder identificar en dónde Peña Nieto decidió tan bribón, enajenarlo con los infaustos resultados que seguimos pagando. En la Ruiz Cortines un reducido salón Carranza, presidido por el cuadro de Siqueiros. Paradojas de la vida, un pintor encarcelado por un gobierno priista decorándole. Y las salas de juntas, una tras otra, con grandes sillas de prominentes respaldos, televisores, despliegue y derroche. Podemos oír los ecos de las decisiones. Y tanta modificación. Había manga ancha.

Un columnista hace unos meses hacia rabieta espetándole a López que no tenía derecho a deshacerse de Los Pinos. Extraviado, confundido, no entendió que solo dejaba de utilizar el sitio. Ni que fuera peñista malbaratando los bienes nacionales. Otra periodista decía que los jardines de Los Pinos eran preciosos. Yo lo dejaría en bien cuidados. He conocido mejores. Están cuidados, nada más.

Sí, valdría más abrir Los Pinos con guía, con caminos trazados que preserven sus pastos y jardineras, sí, con identificadores y señalizaciones más ordenadas en cada salón. Mas el paso está dado y si algún día un mandatario regresa a ese sitio, que lo encuentre más reducido, más operativo y aun así que deje pasar, porque desde luego que el lugar merece visitarse, ordenadamente. Y es verdad que seguirá costando su mantenimiento. Ante la aparente falsedad de robo de nochebuenas, la prensa y la gente deberían de poner el acento en presionar para que se esclarezca si se han robado o no bienes de Los Pinos, poniendo el grito en el cielo por las ausencias, los saqueos o las faltas que pudieran sí, presentarse en la exresidencia oficial.

Los Pinos ha dejado de ser la residencia oficial del presidente de la República. Nos queda la incógnita de dónde habitará López Obrador, porque después de todo el Palacio Nacional ya tampoco parece la mejor idea con sus condiciones museísticas actuales y limitar su acceso por residir allí el mandatario, sería un retroceso.

@marcosmarindice