El Chirispiote 81

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NOVIEMBRE de 2018                                                   

REVISTA VIRTUAL SATIRICA, LITERARIA Y POLITICA

El Chirispiote se ha propuesto hacer un modesto homenaje luctuoso a ciertos amigos literatos que ya se fueron. Para comenzar, vaya este recordatorio de Xorge del Campo, recién aparecido en una plaqueta dedicada en el 10° aniversario de su muerte con los testimonios de Arturo Trejo Villafuerte, Roberto López Moreno, Gonzalo Martré y una selección de sus poemas.

TESTIMONIO DE GONZALO MARTRÉ:

Conocí a Xorge del Campo cuando ingresé a la segunda generación de la Liga de Escritores y Artistas Borrachos (LEAB), el año de 1969. Xorge tenía 25 años y yo, 41.

Xorge acababa de publicar “Narrativa joven de México” (1969), ensayo que tuvo mucha resonancia porque incluía a jóvenes promesas de la literatura mexicana, con prólogo de Margo Glantz. La Glantz se lo pirateó cínicamente y publicó “Onda y escritura en México” agregando algunos autores de poco relieve.

La LEAB sesionaba los sábados a medio día en la cantina “Salòn Palacio” ubicada en Rosales y Josè Ma. Iglesias, ahí me introdujo René Avilès Fabila y en ella me dejó porque a poco se retiró de tan noble agrupación.

Todos en la LEAB eran jóvenes de 25 años como promedio a excepción de Alfredo Cardona Peña, Otto Raul González y yo. Los demás miembros de número eran Manuel Blanco, Alejandro Ariceaga, Salvador Camelo, Humberto Musacchio, Tirso Rìos, Josè Luis Colìn, y otros detallados en mi libro de varia invención “Concierto final”, impreso y aguardando mi muerte para ser distribuido.

Xorge bebía mucho alcohol pero por temporadas, cuando estaba inmerso en algún proyecto literario suspendía el chupecín y se recluía hasta terminarlo; luego se aparecía por la LEAB y lo celebrábamos.

Hicimos muy buena amistad Xorge y yo, a tal punto que comía con frecuencia en mi casa y los domingos, cuando yo llevaba mis hijos al campo, iba con nosotros y jugaba con ellos pese a ser chamacos de entre 8 y 10 años.   Yo les decía a los de la LEAB que Xorge era mi quinto hijo. Cuando la judía le plagió su antología poco o nada pudimos hacer, aunque casi todos los de la LEAB escribíamos artículos en el suplemento cultural de “El Nacional” que dirigía el excelente poeta español Juan Rejano. Fue ese plagio el que fincó la fama de la judía como ensayista literaria y que le valió menciones y galardones posteriores.

Xorge creció y un buen día casó con una gordita de cuyo nombre no me acuerdo, tuvieron un hijo al cual le pusieron por nombre Xorge Sol y me invitaron para padrino. Acepté y así me hice compadre suyo. Lamentablemente Xorgito Sol nació muy enfermizo y poco antes de cumplir el año murió; Xorge y la gordita se divorciaron pero él y yo seguimos siendo compadres de grado hasta su muerte.

Por esa época Xorge encontró un empleo en el INDECO y gracias a ello consiguió comprar a plazos eternos un departamento en una unidad habitacional ubicada al final de la calle Guerrero, precisamente donde se pone el Tianguis del Chopo.

Xorge, además de erudito literario, era bibliófilo empedernido, poco a poco levantó en su depa una biblioteca pletórica de libros antiguos, libros raros muy valiosos. Juntó hasta cuatro mil volúmenes. A veces revendía y otras se quedaba con algunas rarezas de alto valor para los bibliófilos.

A su depa Xorge llevaba a sus amantes temporales con el bello cuento de que iba a enseñarles a escribir poesía, vivían con él algunos meses y cuando se aburrían lo dejaban; él no sufría con los abandonos, decía que el mundo estaba lleno de aspirantes a poetisas que necesitaban de su guía y consejos.

Cuando quedaba soltero, entonces Xorge conseguía putas en su depa. No hetairas de alto nivel, putitas de bares furris en donde se hacía de amigas y luego las llevaba a su depa y se emborrachaba con ellas por días enteros. Les pagaba sus servicios y a otra cosa. Xorge amaba a esas putas, les escribía largos poemas que ellas no entendían pero que las halagaba. Un par de veces lo acompañé al Bucabar, antro de cuarta clase que abrió sus puertas en la calle de Bucareli, a la altura y enfrente del Café La Habana, comprobé ahí como las putas lo adoraban porque les hacía poemas, las trataba como seres humanos y era generoso con ellas. No entendían sus poemas, para ellas estaban en sánscrito, pero las halagaba.

Un dìa llevé a su depa a dos amigas: Amelia Duque y Gerd Fleisher, una noruega políglota. Ellas eran grandes bebedoras, pusimos un disco de Sibelius, pero el equipo de sonido de Xorge era de fidelidad muy pobre, entonces declaré que a Sibelius había que oírlo en un equipo digno, como el que yo tenía en casa y para allá nos fuimos. Al rato, de Sibelius pasamos a Beny Morè y luego a la camita.

Mi compadrito y yo hacíamos una buena pareja de buscaviejas, a veces yo ponía las amigas, a veces él.

En la LEAB pasò de ser mi hijo putativo a hijo del poeta juchitico y excelente cuentista de CF y Fantasìa Alfredo Cardona Peña. También bebía con su “papá”.

Hacia 1985 la LEAB decayó, llegaron otros miembros a fundar la tercera generación y mi compadre y yo acudíamos muy esporádicamente. Nos veíamos poco, pero no perdimos el compadrazgo ni la amistad.

De repente, años después, supe que se hallaba enfermo, muy enfermo, lo había atacado un cáncer de estómago. Dejó su depa y se fue a vivir con sus padres en la Bondojito. Mi esposa Lupiskaya y yo ìbamos a visitarlo todos los domingos y fuimos testigos de como el mal fue consumiéndolo. Una semana antes de morir, expresó sus deseos de hacer testamento, quería dejar su depa a sus dos hijos. ¡Hasta entonces me enteré de que tenía dos hijos!

Pues sì, mi compadre era padre de dos hijos –hombre y mujer- que a la sazón ya tenían más de veinte años. Junto con otro amigo común Claudio Andrade , que a su vez era amigo de un notario en Tizayuca, fuimos a hacer su testamento. Claudio Andrade y yo lo llevamos en mi coche y a duras penas, porque apenas sì podía hablar, nombró a sus hijos herederos universales y a mí como albacea.

Esos muchachos hasta entonces conocieron a su padre. El cáncer se lo llevó en medio de grandes dolores atenuados apenas por sedantes poderosos. En su vida, el gran amor de Xorge fue su biblioteca. La adoraba. Yo como albacea no funcioné, porque el gordo Arturo Trejo entregó las llaves del depa a los hijos y de ahì no saqué a la hija. Por más que le expliqué a ella lo valioso de la biblioteca de su padre, nunca entendió como esos libracos polvorientos podían valer tanto. Renuncié a ser albacea y ella me suplió con la madre. Entre las dos vendieron la biblioteca por kilo. Y nunca más volvi a verlas.

Posteriormente, en el año del centenario de la Revolufia, intenté que alguien publicara su monumental obra de los cuentistas de la Revolución. Veinticinco años antes yo escribía artículo de opinión en “El Universal” ahí teníamos los editorialistas un grupo que se reunía a comer en la fonda de uno de ellos llamada “La rueda tasca”, situada enfrente de Telmex. Era un grupo como de quince, en donde acudía el Oficial Mayor de Gobernación quien también escribía en “El Universal”, de nombre Manuel Cavazos Lerma. En 1985 se celebraba el 75° Aniversario de la Revolufia y yo me acerqué a Cavazos Lerma y le informé que un ensayista amigo mío tenía una antología mayor sobre los cuentistas de la Revolufia en 8 tomos. Cavazos Lerma se interesó, los publicó por cuenta de la Secretaría de Gobernación y los 8 tomos fueron distribuidos a todas las bibliotecas del país.

En el año del Bicentenarios busqué quien publicara la segunda edición de esta obra monumental y no encontré.

A continuación, una muestra de sus poemas a las putas:

FATUIDAD DELIRANTE

Recién salido de un coito oloroso

heme aquí de nuevo para otra condorita al vuelo,

el sexo vario de tubo de albañal,

boquiabierto bajo la noche ahíta y lluviosa.

Se diría que todo el prostíbulo ha pasado por aquí;

mi falo múltiple paralelo de tubo

no ha dejado huecos para el macho

porque las he tenido a todas.

Nadie duda ahora de mi virilidad,

yo ebrio que siempre asiste

al baño sexoso de las putillas sudosas

en los lechos hoteleros. . .

Ah coitos de vidas feroces, de abrazos colosales,

clítoris cocodrilos hipopótamos.

Nadie duda ahora de mi potencia viril, de mí

cuyo cuerpo apenas se ha encogido cuando las inyecciones

del pecado se hundían

cínicamente, siniestramente en mi carne

y la marcaban de manera indeleble, mi carne

de hombre consentido por manos muselinas de antaño

y aromas retrospectivos de la cuna xorgera.

Ah mi primitivo bien, mi carne roja canela

cuando era virgen aún de toda cifra lupanar.

Cálmate vanidad mía de risa oratizada,

se ha cumplido el designio:

para mí la prostitución es.

¿Por qué he de arrellanarme en ella? Te lo pregunto

a tí, hembra cuyos senos sólo han sido entretenimiento

de asaltantes de una nocturnidad de escalofríos.

¿Quién ha querido robarme mi virilidad?

Oh putilla de tetas así, la verdadera hombría

(no es burlona:

si bien ríe y se jacta

presume triste y mata triste.

Cálmate,

que ya saciará a todas las fornicadoras

de corazón vago y fofo.

Lo digo yo que ni siquiera he podido ser un miserable.

¿Quién dice aún que el mundo ramero no me pertenece,

a mí, que almas puteo como golfas tengo,

 

tal si fuera el proxeneta del sol o varias llamas

y no digo que abrazo y beso como lengua de fuego?

Abrase este viejadero,

hembras de gruesas mejillas de grasa,

pálidas indigentes,

yo soy Xorgeres falo poseso cráter de sus pechos,

concupiscencia entrevenosa,

esperma lanzallamas.

Poséanme al vuelo de las risas,

a la ebriedad de mis dolores:

he aquí que inyecto una canción

perpetua escalofría y estremecimienta

epitelia de lo ramero.

 

GRIETAS EN LA CUARTA TRANSFORMACION DE LA REPUBLICA

Sí, la Cuarta Transformación de la República aún no arranca formalmente, y ya presenta grietas. No muchas ni muy profundas, pero ya las tiene: son dos.

La Boda de Luis Alonso, llamémosle así. Hasta antes del 1° de septiembre de 2018, la república mexicana había sido gobernada por un sistema político de muchas caretas aparentes pero de un solo espíritu rapaz, antipatriótico y absolutamente corrupto e impune; variaba en estilo de sexenio en sexenio, ya podemos recordarlo con lástima y tristeza como el Viejo Sistema y así hemos de referirlo.

Como decíamos, el 1° de septiembre pasado comenzó el derrumbe del Viejo Sistema con la aparición de la 64ava Legislatura de gran mayoría opositora, mayoría morenista.

Abramos un paréntesis memorioso: en el Viejo Sistema se acostumbraban las bodas versallescas con amplia información mediática en medios impresos y electrónicos, de las más recientes son de recordar las de Enrique Peña Nieto con la cómica de la TV apodada la Gaviota y la de la hija del archicorrupto líder petrolero Carlos Romero Deschamps.

El país entero, sobre todo los 50 millones de pobres y miserables contemplaron el derroche fastuoso, el desfile de lo que AMLO ha llamado “la mafia del poder” haciendo ostentación de sus fortunas malhabidas. ¡Ah, los tiempos del Rey Sol!

Bien, esos tiempos han sido heredados por la Cuarta Transformación de la República, el concepto austeridad arrojado a la basura porque después de la “Boda de Luis Alonso”, el Peje no le pidió su renuncia a César Yañez, el hombre que en realidad será su mano derecha a partir del 1° de diciembre. Y si no hay renuncia, si Yañez ocupa el cargo, ¡pues estaremos jugando! Y el Viejo Sistema no desaparecerá mas que en las declaraciones .

Segunda grieta. En el Viejo Sistema la impunidad paseaba gloriosa por todos los ámbitos del país; los integrantes de los tres poderes de la nación podían cometer toda clase de delitos y no eran castigados. La dictadura perfecta lucía su rostro más desagradable en el ejercicio pleno de la impunidad, los señores diputados mantenían celosos su fuero y cometían toda clase de desmanes sin que fueran tocados…siempre y cuando pertenecieran al PRI o sus satélites.

¿Ah, esos añorados tiempos se han ido?

Parece que no. Sucede que en Ixmiquilpan, pueblo importante del Valle del Mezquital en Hidalgo se obstinan en permanecer. Al más depurado estilo del Viejo Sistema, el diputado federal por Morena en Ixmiquilpan de nombre Cipriano Charrez se puso “hasta las manitas” abordó su coche blindado con valor de un millón de pesos y se dio a recorrer el pueblo, resultado: chocó contra un taxi en circulación, lo volteó, el taxi se incendió y el pobre ruletero murió calcinado.

El diputadete echó la culpa a su chofer, ¿cuál chofer?, testigos presenciales afirmaron que Charrez iba al volante.

El legislador tiene fama en el rumbo de prepotente, arbitrario, déspota y otros lindos atributos por el estilo. Debido a su fuero no está en la cárcel. La Procuraduría de Hidalgo solicitó el desafuero para poder enjuiciarlo. La Cámara de Diputados (mayoría morenista) determinó integrar la sección instructora que dará cauce al juicio de procedencia que culminará (tal vez) con el desafuero del troglodita.

En casos así, en el Viejo Sistema, cuando el tipo por desaforar pertenecía al PRI o sus satélites, se armaba el tinglado para cubrir las apariencias legales y a la hora de la hora la mayoría priísta no desaforaba al culpable . A lo sumo el diputado así salvado de la justicia, soltaba algún billete a los agraviados y …¡aquí no ha pasado nada!

Está a prueba la Cuarta Transformación. ¿ Desaforará la mayoría morenista al homicida legislador morenista, o lo dejará libre como en los buenos y añorados tiempos?

Veremos, dijo un ciego, veremos si la Cuarta Transformación se pandea o se mantiene recta.

Para recordar mejor a los diputados priístas del Viejo Sistema, hace algunos años escribí un cuento acerca de un diputado priísta, no como el tal Cipriano Charrez, tipo cavernario, sino un diputado universitario candidato del PRI pero con ciertos tintes izquierdistas. Para ustedes, amables lectores, el cuento: “El Hexálogo”:

EL HEXÁLOGO

Eduardo leyó en el periódico la lista de candidatos del PRI a diputación federal. Figuraba Carlos Sánchez Dosal, condiscípulo de banca en la secundaria. Increíble, ahí veía su nombre: Dosal, un pendejazo a quien le soplaba en los exámenes. ¿Cómo era posible? ¿Sería el mismo? “Bueno”, reflexionó Eduardo mientras conducía su coche hacía el comité regional del PRI aguijoneado por la curiosidad y la ambición, “cierto es que el puesto de parlamentario sólo tiene como factor limitativo la manquera. Los mancos no pueden levantar el dedo y eso es excluyente. En estos tiempos, ni Obregón ni Cervantes podrían ser diputados”.

   Encontró a Carlitos en la antesala del licenciado Rodolfo González Guevara, oriundo de Jalisco. El precandidato portaba un traje café visiblemente luido de solapas y boca mangas, y una permanente sonrisa de oreja a oreja. Por su pobre atuendo, la sonrisa estereotipada y las genuflexiones inacabables, pensó que era el ujier; rectificó su impresión al observar el tratamiento amistoso de la gente. Su amigo fungía como secretario auxiliar del licenciado González Guevara; como tal, era visto con cierto respeto. Tras el reconocimiento vino el gran abrazo. ¡Por fin! El primer abrazo político de su carrera. ¿Cuál carrera? ¡Oh! Eduardo tenía incrustada la idea de hacer una brillante carrera política, ser un Talleyrand, Disraeli, Clemenceau, he ahí el objetivo. ¡Por Foster Dulles, que en el infierno esté!, si Carlitos iba pitando para diputado, ¿por qué no él?

   Desde siempre admiró los abrazos políticos; en los periódicos, en el cine y la televisión veía al líder abrazando al senador, el diputado a gobernador, el licenciado abrazando al agrónomo y el alcalde al líder. ¡Oh, estremecedor misterio de los abrazos políticos!

   Ahora apretaba a un político la verdad. De séptima fila, cierto, pero no había más.

   Las costillas le crujieron peligrosamente porque su amigo, según sentía, aún conservaba vigor atlético. Carlos lo presentó a dos presuntos diputados como a un querido compañero de infancia, y experimentó el efluvio reconfortante y bienhechor de dos abrazos políticos más. Luego se acercó el ujier extendiéndole su talonario; Eduardo, sin verlo, también lo abrazó creyendo que era otro figurón; simultáneamente salió del estrujón y del error. Una pifia. Disculpable, disculpable, aún era novato.

   -Cuando el Licenciado termine su audiencia, nos vamos a comer –prometió Carlitos. Cinco horas de audiencia. Carlitos salió pisándole la sombra al licenciado González Guevara.

     -Ven mañana a las nueve –le dijo al pasar-. El reloj daba las cuatro, y Eduardo, acostumbrado a comer temprano, ya hacía bizcos de hambre.

A las nueve de la mañana del día siguiente, Eduardo llegó al Regional y no encontró ni al portero. Las labores se iniciaban con la fresca de las once, más o menos. Esperó más porque a las doce llegó el Lic. González Guevara y a unos cinco centímetros de él, su secretario auxiliar. A las tres, Carlitos tuvo un respiro y fueron a comer al Napoleón. Ah, eso sí, cuando otro pagaba Carlitos escogía restaurantes de postín.

Carlos Sánchez Dosal probó sus primeras armas en el Partido Comunista y vivió como paria haciéndole ascos al partidazo oficial durante tres años. Siguió la línea Trotska y fue expulsado del PC. Los troskistas le exigieron acción directa en 1958, en la famosa batalla del Caballito, legítima gloria del general Topete, penúltimo héroe de la revolución (presagio de Hernández Toledo). Carlos falló por exceso de cautela.

-Me dí cuenta a tiempo del error táctico. No era el sistema ni el momento apropiado y decidí no sacrificarme inútilmente como nuestro cuate Hugo Ponce de León, preso político en Lecumberri –explicaba Carlitos en tono doctoral mientras partía delicadamente su filete Stroganoff-. Rompí con la izquierda radical convencido de su fracaso y decidí reiniciar la lucha desde otro ángulo más favorable. Los verdaderos socialistas no reconocemos partido, solamente ideología. La lucha por el bienestar del pueblo puede y debe hacerse desde la posición más adecuada, en este caso, fortaleciendo el ala izquierda del PRI, ala que reconoce como jefe indiscutible al Lic. Rodolfo González Guevara. No, Eduardo, no ha sido fácil, son años y años de lucha incesante, he desempeñado los puestos más modestos en el escalafón del partido, desde simple representante juvenil distrital, pasando por presidente de distrito, luego delegado regional en Hidalgo y Sinaloa, hasta el puesto de Secretario Auxiliar de Rodolfo. Ahora soy candidato del partido a la diputación del 7° Distrito. Lo he ganado a pulso, con penurias. Mira, éste es mi único traje, jamás he tenido coche, me casé el año pasado y ¿sabes a dónde fui de viaje de bodas? A Pachuca, porque el hotel no me lo cobraban. Fui, soy y seré humilde. Mi lugar está con el pueblo y desde mi curul, si la obtengo, defenderé su causa: ¡La más noble de todas!

Eduardo se consideró un miserable al revisar su éxito, basado en lo contrario que pregonaba su amigo. Reconoció el boato y la inutilidad de su propia vida. Pagó la abultada cuenta (el futuro humilde diputado había bebido once jaiboles de escocés, rociando además su comida con tintos y blancos de importación). Eduardo lo llevó en su carro hasta el departamento ubicado en la colonia Roma Sur. El edificio no tenía nada de modesto, el departamento era amplio, los muebles sobrios y caros.

Tengo dos tesoros en casa: mi esposa y mi biblioteca –confió Carlos.

La esposa era una muñeca trigueña y la biblioteca también aguantaba. La primera lucía ojazos garzos y la segunda las obras completas de Marx, Lenin, Engels, Mao, Castro, y metros y metros de estantería dedicada a libros de autores socialistas, traducciones del Fondo de Cultura (primera época), ERA, Siglo XXI, Ediciones en lengua Extranjera provenientes de Rusia, Checoslovaquia, Polonia, Alemania Oriental, y desde luego China. Retratos de Mao, Lenin, Ho Chi Minh, Castro y el Che distribuidos con simetría. Grabaciones de discursos de Castro, de música revolucionaria de Cuba, canciones de protesta, versos de Guillén, en fin, el sancta sanctórum de un sesudo izquierdista donde las cartas a Marcuse, Tom Hayden, Cleaver, David Dellinger, ¡Sartre!, y Dany el Rojo, ocupaban casilleros en una archivera de cuero repujado.

   Has escogido un buen momento para iniciarte en la política –aseveró Carlitos-. Precisamente Rodolfo necesita hombres que lo secunden en su tarea; te guiaré en tus primeros pasos, así salvarás algunos escollos. Toma este pequeño gran libro y búscame pasado mañana en el Regional. La campaña está a la vista.

Eduardo salió más alegre que un líder cetemista en víspera de tomar posesión de las cuotas, es decir, de su puesto gremial. En las manos llevaba una pequeña joya teórica de la ciencia política: “La formación política” de Agustín Yáñez.

1° Conciencia activa de la realidad

2° Imaginación creadora

3° Emoción ejecutiva

4° Espíritu de servicio y humildad ante las necesidades del pueblo

5° Voluntad inquebrantable

6° Desinterés personal

Leía repetidamente la descripción de los seis atributos del buen político, según el librito del maestro Yánez, recomendado por Carlitos como el Hexálogo básico del priísta de corazón. Repasaba sin cansarse párrafo tras párrafo haciendo anotaciones, subrayando y obteniendo nuevas luces en el arte de la política. Se juró solemnemente acatar al pie de la letra los seis postulados de Yáñez, y por principio aceptó lo dicho por su amigo Carlos: “El país está jodido navegando a la derecha; para virarlo a la izquierda, hay que hacerse pasar como un timonel reaccionario y una vez en posesión del mando, ¡quebrar la dirección!” Si señor, eso era tener conciencia activa de la realidad, y si bien Eduardo no estaba en condiciones de mover la tenebra, le ayudaría a Carlos en esa leal y noble cruzada. ¡Ambos desenmascararían a los fariseos de la revolución!

   -Rodolfo aceptó mi renuncia esta mañana al cargo de Secretario Auxiliar con que me venía distinguiendo.

Eduardo se alarmó:

   -¡Cómo! ¿Hiciste algo malo?

   -Nada, Eduardo, nada malo; la renuncia es un requisito previo a la protesta como candidato. Ésta será el próximo domingo, vienes conmigo.

La primera comisión política de Eduardo consistió en reunir mil firmas de ciudadanos del séptimo distrito, condición indispensable del registro interno como candidato del PRI. Después de setenta y cinco casas, diecisiete vecindades, cuatro tiendas, dos tortillerías y tres enormes callos que latían dolorosamente, Eduardo se convenció de que al candidato no lo conocían ni en fotografía, y al reunirse con el resto de los comisionados, compararon las menguadas listas pavorosamente en blanco. ¡Ochenta y dos firmas en total!, todas de minimizados funcionarios del partidazo. Aplicando sus incipientes conocimientos sobre “polaca” y “grilla”, Eduardo dejó libre su imaginación creadora, compró un bolígrafo multicolor y la firmiza inventada fue cubriendo las listas hasta completar las mil rúbricas. Ni Sampietro hubiera podido superar esa marca.

Recibió grandes elogios por el feliz cumplimiento de su comisión y también el encargo de llenar de borregada el teatro donde Carlitos protestaría. Guiado por la experimentada dirección del candidato en ciernes, Eduardo acudió a tres Casas de la Asegurada, dos Centros de Salud y un gran Costurero Público del Departamento Central, y bajo la amenaza de retirarles la credencial, mágica llave de entrada a los Estupendos Servicios Gratuitos, las viejas chimoleras llenaron de bote en bote el local. La gritería era terrible, los chamacos mococolgantes corrían, se peleaban, cagoteaban y orinaban a gusto a lo largo y ancho de los pasillos. Después del maratón de trece oradores encareciendo el privilegio de ser miembros del PRI, la maravillosa revolución mexicana y lo singular de la estabilidad política (sin faltar la cortesana quema de incienso al candidato presidencial Gustavo Díaz Ordaz, suma de virtudes), Carlos refriteó lo antes expuesto juramentando lacrimosamente su fidelidad al pueblo. La verborrea aplastante del joven y guapo candidato conquistó al público femenino (ochenta por ciento de la asistencia), y cuando Carlitos, en el colmo de la demagogia juró por su esposa ahí presente (muy cotorreable, se dijo), ser el defensor de los opresores y el azote de los pobres, ¡al revés, al revés!, las sirvientas, verduleras y afanadoras lo aclamaron hasta el delirio. La protesta fue exitosísima, el quince por ciento de las damas experimentaron copiosos orgasmos.

La campaña principió. Eduardo recibió el nombramiento de Coordinador Escolar y su misión consistió en organizar reuniones con las sociedades de padres de familia de escuelas oficiales en los recintos de las mismas. Esto último rígidamente prohibido por las altas autoridades escolares.

   -No es obstáculo –aclaró Carlitos-. Los directores son miembros del partido; si acaso, las reuniones están prohibidas para el PAN, PARM, y PPS, ¡jamás a nosotros!. Adelante.

   Eduardo se apersonó en la escuela más miserable del distrito; su directora, una viejecilla muy simpática, oyó calmadamente las razones de Eduardo, ducho ya en algunas rutinas publicitarias del partido:

   -…y es por eso , señorita directora, que nuestro candidato, Carlos Sánchez Dosal, amigo de los pobres, pilar de la estabilidad nacional que tiene al país en la dicha y la prosperidad, necesita de su ayuda ahora para poder ayudarla a usted después.

   La avispada anciana contestó haciendo caso omiso de la perorata incontenible de Eduardo:

   -Si su candidato desea una asamblea con los padres de los alumnos de esta escuela, la tendrá, pero antes quiero ver aquí, en este patio, cinco bebederos de agua que nos hacen falta.

Eduardo recorrió las cuarenta escuelas oficiales del distrito: matutinas, vespertinas y nocturnas. Habló incansablemente a directores, presidentas y secretarias. Concertó reuniones, fijó fechas, prometió bebederos, tazas de excusados, pintura, bancas, máquinas de escribir y pizarrones. La cuenta subió escandalosamente, como precio de pescado en cuaresma.

   -Imposible, tú sabes que no tengo un clavo –confesó Carlitos abatido-. Ellos tienen razón, si les vamos a prestar ayuda, debemos hacerlo desde ahora.

   Eduardo recordó otro de los seis puntos del maestro Yáñez: Desinterés personal; entonces propuso.

-Si quieres te presto.

-No, de ninguna manera, bastante haces al dedicarme tu tiempo.

   Eduardo desbordaba ternura con el amigo y abnegación para el partidazo:

-Nada, te presto. Cuando seas diputado me pagas.

Carlitos, conmovido hasta el cóccis musitó:

   -Por el licenciado González Guevara, quien es más que mi padre, juro que te pagaré entonces.

La vehemencia priísta llevó a Eduardo a sangrar su negocio. Era un taller de reparación de automóviles bien acreditado del cual obtenía pingües ganancias debido a la explotación de mecánicos sin seguro social, sindicato ni salario mínimo. La empresa exigía una atención constante y desde que el pícaro gusanillo de la “polaca” anidó en su mollera, todo cambió. Eduardo quería enriquecerse por la vía más rápida como en la belle epoque de Alemán. Desde luego no creía un ápice en los conceptos socialistas de Carlitos; asentía como parte del juego jugado también por González Guevara y metióse hasta el cuello. Al principio el jefe de mecánicos no contabilizó las reparaciones sencillas, luego traficó con las refacciones en beneficio propio. Cuando Eduardo recibió entusiasmado el nombramiento de Coordinador General de Propaganda en la campaña, ya no tuvo tiempo de ir al taller ni los sábados, y el júbilo mayor fue de sus obreros porque tan sólo le entregaban cuentas de las reparaciones insignificantes.

En el comité distrital el trabajo era de sudafricanos. A las ocho de la mañana Eduardo entrevistaba a los directores de las escuelas: concertaba las fechas de los mítines o hacía entrega de artefactos adquiridos con su propio dinero. A las diez, reunía a sus ayudantes en la oficina del comité: despachaba una turba de jovenazos cargados de volantes, efectuaba la supervisión de los letreros en las bardas, asistía a los mítines relámpago que Arnulfo Ahedo y Ernesto García López organizaban en los mercados, rastreaba al personal repartidor de folletos y cartas y a la camioneta oficial de sonido. Comía en cualquier parte: en la casa del auxiliar Antonio Arciniega, el hombre importante del distrito, o con el confeccionista Labardini, el sastre Valverde, el talabartero Bedoya, el árabe Kuri, en fin, donde le ofrecieran. Su emoción ejecutiva era irreprochable.

Una sombra, una leve sombra rompía aquel entusiasmo desplegado. Su hijo Nicolás, a la sazón en segundo año de preparatoria, se negaba a participar en la campaña. Aducía un pretexto baladí: el candidato sería diputado con o sin ayuda. Iba más allá todavía: con o sin campaña. Bastaba ser candidato oficial. ¿A qué perder el tiempo? Eduardo porfió, razonó, rogó, y hasta amenazó inútilmente. Nicolás negó su colaboración.

   -No basta la camioneta oficial –manifestó el candidato-. debemos tener un vehículo propio para darle una sacudida al distrito. Si instalamos un equipo auxiliar de sonido en tu coche, duplicaremos los mítines relámpago y podremos peinar el distrito de cabo a rabo.

Eduardo contempló cómo el taladro horadaba inmisericorde la antes lámina impoluta de su coche. El emplazamiento de la grabadora y las bocinas tomó una mañana. Después, el maestro cartelonista pintó en los costados, cofre y cajuela aquellos grandes círculos tricolores, emblema del PRI, y varios letreros llamativos:

CARLOS SÁNCHEZ DOSAL

CANDIDATO DE LA REBOLUCIÓN

7 DISTRITO

¡VOTA POR EL!

¡BIBIR FUERA DEL PRESUPUESTO ES BIBIR EN EL HERROR!          

¡CON EL SUPREMO GOVIERNO, ASTA LA HIGNOMINIA!                

 

   Del PRI le enviaron dos cintas magnetofónicas grabadas por un afamado lorocutor que repetía los históricos pensamientos del ilustre candidato a presidente, el licenciado Gustavo Díaz Ordaz.

El trabajo se triplicó debido a la supervisión nocturna de los sitios destinados a las visitas domiciliarias.

Sus esfuerzos fueron ampliamente premiados al recibir el nombramiento de Presidente Auxiliar del 7° Comité Distrital (sin sueldo, por supuesto).

Temprano, antes de partir hacia el distrito, telefónicamente informaba al candidato de las actividades efectuadas en las últimas horas de la jornada anterior. Por lo general Carlitos lo citaba en su casa alrededor de las diez, cuando concluía el desayuno político con personajes a los cuales era presentado solemnemente. (He aquí mi brazo derecho en la campaña).

¡Los desayunos políticos!

Ahora no perdía de vista las columnas de chismorreo político de los diarios. Conocía el estilo de “Frentes Políticos”, la sátira en “Los intocables”, el flagelador “Desde el café”, el servilismo de Barril Gómez, lo corruptible de Carlos Denegri y odiaba al autor de “Domingo a Domingo”, lacayo de los poderosos y verdugo de los débiles, manifiestamente hostil a su amigo.

   -Mira lo que dice Julio Teiser, mamita –señalaba Eduardo a su esposa Queta agitando el periódico con desagrado.

   -Mira mejor que no has pagado los seguros –replicaba ella.

¡Los desayunos políticos!

   -Informa Camín que vieron desayunando en el Koala al Lic. González Guevara con Carlos A. Madrazo y dos senadores. Repara en la frecuencia con que Rodolfo aparece en las columnas, mamita –indicaba Eduardo al acostarse cansadísimo, aunque eso sí, firme la voluntad inquebrantable de proseguir hasta el final.

   -Repara mejor las vigas del techo del taller que están muy carcomidas, papito –respondía Queta.

¡Los desayunos políticos!

Cuánto ansiaba Eduardo tener su primer desayuno político. Pasarle la sal a un diputado, arrimarle el chile a un gobernador, elogiar los huevos de un alto funcionario, destapar el Gerolán del senador. Sin embargo, llevaba poco más de dos meses en la “grilla” y aún no tenía su propio primer desayuno político. Eso a pesar de que Carlos desayunaba todos los días con diversas personalidades. Eduardo normalmente era citado cuando los comensales se levantaban de la mesa y aún se podía oler y hasta tocar el humillo escapado del tocino frito.

   -Estos desayunos y comidas me tienen arruinado –confesó una vez más Carlitos-. Ya hasta me atrasé en la renta y en lo del estéreo. También necesitamos comprar un mimeógrafo…

Eduardo hipotecó su taller y obtuvo el dinero necesario. Los bancos y las sociedades tardaban cierto tiempo en soltar los billetes y como el apremio era intenso, Eduardo recurrió a un agiotista. Así el candidato pudo invitar a los “grillos” del partido en los tragaderos lujosos de la Zona Rosa. Compró el mimeógrafo, más bebederos y más inodoros… liquidó el estéreo al contado.

   -En este último mes de campaña –ordenó el joven candidato- la propaganda debe saturar al distrito y entrar en todas las casas. Mi nombre será conocido por la última de las fregonas, así sea sorda y ciega. Todo habitante de nuestro distrito en edad de votar, repetirá hasta dormido el nombre de su candidato: ¡Carlos Sánchez Dosal! –exclamó dando un énfasis pindárico a su oratoria.

   La efectividad del trabajo publicitario se aseguró prescindiendo de los voluntarios. Contrató un equipo que manejó la distribución de las toneladas de propaganda acumuladas en las oficinas del comité.

El candidato ordenaba. Eduardo extendía cheques.

   -Ya se debe mucho –se quejó Queta mostrando un rimero de facturas vencidas.

   -Me debo al partido. Después de Carlos soy el primer hombre en el comité. Sólo falta una semana y terminará la campaña, luego me ocuparé del taller.

La última semana prácticamente no durmió. El exceso de trabajo estuvo a punto de producirle un colapso. El penúltimo domingo, día de cerrar la campaña, Eduardo entrevió un respiro.

   -Ni un respiro debemos conceder a esos reaccionarios del PAN –gritaba desde su tribuna el joven candidato, mientras él veía ascender un maloliente y espeso humo del motor de su coche. El tufillo a corcho chamuscado y el golpeteo infame le sintomatizaron una desbielada ineluctable. La larga caminata a través del distrito terminó en un jardín con épico discurso de Carlitos. Eduardo la hizo a pie, al frente de la columna seguida por una hilera de coches, el suyo encabezándola en manos de un extraño inexperto que lo condujo en “primera” todo el trayecto. Los discursos estaban terminando y él podría descansar.

   -Ahora menos que nunca debemos descansar o dormirnos en nuestros laureles; la próxima semana será dedicada a conseguir que las casillas queden bien instaladas, a la revisión de nuestros representantes electorales y a propugnar porque cada presidente de casilla pertenezca a nuestro partido.

El número de casillas doblaba al de otros distritos debido a las ligas directas de Carlos con González Guevara, dirigente a trasfondo de los mecanismos electorales.

El espíritu de servicio y humildad ante las necesidades del pueblo, triunfó:

Eduardo ubicó las casillas recorriendo largas colonias a pie, lista en ristre y callos estremecedores. Contaba las casillas pendientes y los días por transcurrir de esa agónica semana. Las calles, ahora tan familiares de ese distrito antes desconocido, le resultaban chocantes, opresivas y malvadas. El asfalto y el sol lo hacían hervir en su propia salsa.

   -¡Tenemos todas las casillas emplazadas! –informó gozoso Eduardo.

   -Eres un chingonazo –reconoció el joven candidato a las tres de la madrugada de un cinco de julio-, tienes una facultad enorme para la política. Tú serás el próximo presidente distrital.

   Vino el escrutinio preliminar. Naturalmente, ganaron en todas las casillas, hasta con la aprobación trepidatoria de la madre tierra, movimiento glamoroso del séptimo grado de Mercali, epifoco localizado en Huajuapan de León, Oaxaca.

        Las vigas del techo que daba protección a los coches de pensión nocturna del taller de Eduardo crujieron secamente dos veces y luego se aventaron sobre un Cadillac, tres Galaxies, un Impala, siete camionetas, tres bicicletas y un patín del diablo.

   -Te lo dije, paga el seguro, te lo dije, repara el techo, pero tú metidote con el político ese que ni siquiera las gracias te va a dar –profetizó Queta, su indignada esposa. Este, ante la catástrofe evidente escogió el silencio vergonzante como su mejor defensa. Hizo números; calculó las reparaciones, hurgó en sus cuentas bancarias, en su pasivo y en su activo. Balance desfavorable: no podía cubrir los gastos de tanta reparación. Las aseguradoras de autos se le echarían encima. El único camino: vender sus bienes al agiotista de la hipoteca y lograr la primera opción de alquiler para él.

Decidió ver a Carlitos y contarle sus problemas. Según Eduardo, Carlitos, depositario de toda su fe, de alguna manera lo pondría a flote otra vez.

El flamante diputado oyó muy atento sus peticiones en la escalera frontal de la Cámara:

-Deja que termine el Colegio Electoral –le pidió-, el líder de la cámara me asignó la defensa de varios casos difíciles y tengo poco tiempo. No abandones el Comité, recuerda que serás su presidente, ponte en contacto diariamente conmigo por teléfono e infórmame de lo que acontece allá.

El ominoso augurio de Queta comenzó a realizarse pese al optimismo de Eduardo. Los días anteriores al 2 de diciembre le parecieron angustiosamente largos. En esa fecha, Rodolfo ocuparía importante cargo oficial, por lo tanto Carlitos también y en escala descendente él tendría el premio a su celo priísta. Ese debía ser el orden natural de los acontecimientos, no obstante, ciertos indicios deslizaban la duda en su debilitado ánimo. Carlos no lo recibía en su casa. Lo citaba en la Cámara o en los lugares tan extraños como la peluquería o en una esquina. Ni telefónicamente lo encontraba.

Los anhelados desayunos y abrazos políticos con figurones, se redujeron a la contertulia del Comité Distrital, lumpen del partido. Pasó diciembre, navidad sin pavo y año nuevo sin cruda. Un diciembre pobre e incierto durante el cual se desayunaba el amargo pan de las deudas y la zozobra de no ver colocado a Rodolfo. Carlos se alejaba más y más aprisa. Después del Colegio Electoral su atención y tiempo fueron capturados por los “debates” parlamentarios. Llegó el 6 de enero y leyó la esperada noticia: ¡el Licenciado era ya subsecretario! Eduardo corrió al teléfono, pero el flamante diputado estaba en Acapulco. Se calmó. Carlitos, enterado del notición regresaría volado. Renació la esperanza, ya se veía al frente de una Dirección General o una Jefatura de Inspectores. En un par de años recobraría lo perdido, en dos más sería rico, en tres años vendría la diputación. Al terminar el sexenio la revolución le haría justicia.

-Necesito una chamba urgente –le dijo a Carlos en la calle-, me he sostenido de milagro, pero no duro una semana más.

-¿Tienes alguna idea? –preguntó fríamente el diputado, estacionando su coche nuevo.

   -Sí, he pensado que con Rodolfo puede haber una oportunidad.

   -Ve a verlo –aconsejó Carlitos.

   -Necesito que me eches canilla. Que me apadrines. Pídele por mí, explícale.

   -No puedo. Por si no lo sabes, jamás he pedido algo al licenciado González Guevara. Yo soy así, no me gusta pedir. Si lo merezco, me lo dan. Pero si no me lo dan, aún mereciéndolo, me aguanto. Así soy yo. Ve a verlo tú solo. Si yo puedo le hablaré de ti.

Eduardo se alejó de la esquina fatal rumiando una mezcla de despecho e ira. Pidió audiencia al Lic. González Guevara. Éste lo reconoció, lo abrazó (Oh, felicidad) y lo citó para tres meses más tarde. Esa noche el agiotista le pidió el desalojo del taller. Los empleados incautaron las herramientas en pago de sueldos atrasados y se vio de repente en la vil calle. Tan pobre como un ejidatario del Mezquital.

   -Que pague lo que te debe, estúpido –le gritó Queta desesperada y sin el menor respeto.

Después de algunas semanas de escabullirsele, Eduardo localizó a Carlitos en el bar del Focolare.

   -Necesito que me devuelvas lo que te presté, estoy en quiebra.

   -¡Cómo! Pensé que esos prèstamos no te significaban mucho.

-Para cualquiera son mucho doscientos mil pesos, y ahorita lo son todo. Son mi salvación. Con ellos empezaré de nuevo.

-Te pagaré –prometió el diputado sin decir cómo ni cuándo.

Un mes después, un servicio de mudanzas llevó a casa de Eduardo varias cajas de cartón, acompañadas de una breve carta:

“Querido Eduardo:

“Saldo mi cuenta contigo a costa de lo que más quiero aparte de mi esposa e hijos. Espero sepas evaluar este rasgo mío y aproveches debidamente lo que te envío. Vacilé noches enteras antes de decidirlo. Te abraza: Carlos.”

De las cajas brotaron las obras completas de Mao, Marx, Engels, Lenin, el Che y todo, absolutamente todo el material izquierdista que alguna vez adornó la biblioteca del joven ideólogo de la revolución.

   -¿Ahora estudiarás marxismo? –preguntó Nicolás a su padre. Eduardo medio idiotizado contemplaba los libracos. No contestó la pregunta.

Eduardo, alelado, daba vueltas al primer tomo de Das Kapital primorosamente encuadernado en azul, filos y letras doradas; tenía en sus manos una de las obras más importantes en el desarrollo histórico de la humanidad.

Casi tanto como el Hexálogo del ilustre literato y político Agustín Yáñez.

JUNTOS HAREMOS JUSTICIA

 

AVISOS

DESDE AGOSTO APARECIÓ “LOS SIMBOLOS TRANSPARENTES” EN EDICIÓN ESPECIAL ILUSTRADA PARA EL 50° ANIVERSARIO DEL 68 MEXICANO, NOVELA DE GONZALO MARTRÉ. SE ENCUENTRA EN LAS LIBRERIAS PRINCIPALES.

CONVOCATORIA

2° CONCURSO DEL CUENTO SATÍRICO “GONZALO MARTRÉ”

  • Podrán participar todas las personas mayores de 18 años residentes en la República Mexicana.
  • Premio al Primer lugar de $ 10,000.00 con una mención honorífica

3.- Se participará con un solo cuento de tema libre, deberá tener una  visión crítica y burlesca de la realidad, propia del género satírico .

4.- El plazo de admisión de las obras finalizará el 31 de diciembre del 2017 a las 19:00 horas p.m.

5.- El premio se entregará el día 30 de enero del 2018

6.-Los trabajos se aceptarán bajo las siguientes bases:

  • Estarán escritos en español.
  • Deberán ser originales e inéditos
  • No haber sido premiados en ningún otro concurso.
  • Estarán firmados con seudónimo.
  • Tendrán una extensión mínima de 5 cuartillas a doble espacio y una máxima de 20.
  • Letra fuente: Arial a 12 puntos.

7.-Los trabajos se enviarán a la siguiente dirección. Calle Quetzalcóatl 234 Colonia Aquiles Serdán, Pachuca, Hidalgo, CP 42034

8.-El jurado estará integrado por tres escritores de reconocido prestigio.

FUNDACION TOMATIAN (TIEMPO DEL SABER) A.C.

 

DIRECTORIO

Fernando Sotres Fundador y director general (RIP)

Gonzalo Martré Subdirector

Francisco de la Parra de Grillas, epigramista.

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