¿Quién le teme a Donald Trump?

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En febrero ha comenzado la cuenta regresiva de las elecciones presidenciales de noviembre en los EE.UU y es la hora en que   los gobernantes de otras naciones parecen agobiados con sus propios problemas. Pero como nunca antes, el próximo presidente de la primera potencia militar del mundo parece interesarles a muy pocos.

Ciertamente que los problemas el día a día agobian a los gobernantes, pero también los sucesos sobresalientes definen los espacios de los políticos y de los estadistas, los primeros se preocupan por consolidar su espacio y los segundos miran el horizonte histórico. Así que cada quien saque sus propias calificaciones.

Las elecciones en los EE.UU. ocurrirán en una triple crisis: de sistemas económico y financiero internacional, de dominio multipolar improvisado   y de políticos/estadistas.

1.- La crisis que estalló en el 2008 no fue sólo expresión de la coyuntura, sino del agotamiento de las dos vertientes de la posguerra: el orden de Breton Woods y el Consenso de Washington. El efecto no debe medirse en función de las expectativas el PNB sino del efecto en el mercado laboral sobre todo con el fin del modelo de estabilidad social/laboral: antes el mercado laboral llegaba hasta el retiro; hoy la jubilación es sumirse en una crisis personal y social.

2.- El colapso del imperio soviético en 1989-1991 no condujo a un nuevo orden porque los EE.UU. no entendieron la necesidad de buscar una transición propia hacia un nuevo equilibrio mundial; Washington se hundió en el pantano del Medio Oriente aprovechando el repliegue de Moscú. El regreso de la Rusia de Putin, el papel geopolítico de China y la diplomacia iraní acotaron a la Casa Blanca. El terrorismo fue efecto y no causa del desequilibrio geopolítico; y la obsesión por la seguridad reventó los espacios de la democracia.

3.- A pesar de que el desafío del fin de la dialéctica Washington-Moscú obligaba a los EE.UU. a una transición política e ideológica, los presidentes estadunidenses no entendieron la geopolítica: George Bush Sr. se atascó en la guerra del Golfo, Clinton se perdió en las faldas de la Lewinsky, Bush Jr. quedó atrapado en Ground Zero de las torres gemelas y Obama no entendió una elección basada en el color de la piel como simbolismo sociológico.

Y ahora de repente ha irrumpido en el escenario político Donald Trump, un eficaz y fallido empresario, hombre de expresión mediática. La sociedad norteamericana se ha movido con resortes de resistencia. Pero Trump se explica como se entendió el carisma engañoso del belicista John F. Kennedy, la personalidad explosiva de Nixon, la candidez de Jimmy Carter, la astucia cinematográfica de Ronald Reagan, la pasividad de Bush Sr., la frivolidad de Clinton, la superficialidad de W. y el color de la piel de Obama.

Más que Trump, la preocupación debiera comenzar por entender la lógica sociológica de los estadunidenses: agobiados por ocho años de crisis y con una economía que rompió la permanencia del empleo y la dinámica trabajo- retiro, la sociedad imperial ha regresado al conservadurismo por la ineficacia del progresismo —cualquier cosa que ello signifique en los EE.UU.—: si no hay bienestar, entonces que haya superioridad, el american way of life que alentó guerras igual que la democracia estimuló las de Pericles.

¿Qué sociedad produjo a líderes como la lista de los últimos presidentes? Entenderlo permitirá saber los escenarios reales del proceso electoral presidencial de este año en los EE.UU. Frente al Trump de las declaraciones explosivas de racismo lógico e histórico aparece nade menos que la abuela Hillary Clinton que había prometido estar despierta a las tres de la mañana para ordenar el bombardeo de los enemigos de los EE.UU., pero que muchas tardes y noches permaneció roncando mientras su marido brincaba de cama en cama.

Lo que hay que aclarar como primer apunte es la dinámica del contexto de las elecciones estadunidenses: una lógica de seguridad nacional pero no sólo hacia fuera de sus fronteras sino hacia adentro, es decir, la seguridad del modo de vida estadunidense sustentado en la explotación, la colonización   y el imperio del dólar. Ya no se trata de votar por Clinton porque era la secretaria estadunidense de Estado el día en que mataron a Osama bin Laden y aparecía en la foto oficial con la mano tapándose la boca en gesto femenino de sorpresa, sino de ver a un Trump que quiere comenzar por la reconstrucción de la fuerza interna. Y el primer aviso esta dado: Trump ya dividió a los EE.UU. y lo retrotrajo a los tiempos del racismo contra los negros.

¿Cómo van a lidiar los países y sus gobernantes con Trump presidente     o con Hillary presidenta, los dos con el acotamiento conservador? Acosada por el socialista Bernie Sanders, las posibilidades de Hillary son carrollianas —correr cada día más aprisa para permanecer en el mismo lugar o retroceder poco—, mientras Trump ya puso la agenda migratoria a una sociedad que no entiende lo que está pasando en su país.

Al final de cuentas, no debe olvidarse que cuando menos un lustro los EE.UU. seguirán marcando el rumbo mundial porque China entró en fase   de crisis y a Putin no le alcanza su fuerza geopolítica para reconstruir el mundo bipolar de la guerra fría. Todos los países tienen sus problemas locales; España tendrá meses para resolver el crucigrama del próximo gobierno, Europa no sabe qué hacer con los refugiados e Iberoamérica padecerá el relevo revolucionario e Iberoamérica sigue en el escenario ideológico de los sesenta cubanos; pero si no atienden y descifran la elección presidencial de noviembre próximo, después será demasiado tarde.

No es Trump, sino la sociedad estadounidense

Es la sociedad de la Asociación del Rifle, la que aprobó la guerra contra Irak con información falsa y votos demócratas de la Hillary Clinton que también aplaudió el asesinato del terrorista Osama bin Laden sin pasar por procedimientos judiciales, la sociedad que derrocó a sangre y fuego al presidente socialista Salvador Allende, la que convirtió a la CIA en el ejército privado del presidente para derrocar y asesinar.

Trump es, en este amplio escenario histórico, un producto típico de   la sociedad estadunidense, la que paga salarios de hambre y explota a mexicanos que buscan ingresos y la que aplaude la existencia de los cazadores de indocumentados en los desiertos de Arizona. Es también la sociedad progresista que busca contemporizar con nuevos derechos, pero también la que legaliza el consumo de la marihuana cuando la droga en los EE.UU. es un mecanismo de control social de marginados: preferibles drogados que quemando autos en las calles.

La sociedad que ha prohijado a Trump es la misma que quiere a Hillary Clinton como candidata demócrata, la precandidata cargada de presuntos casos de corrupción, a la que su marido le fue infiel en la misma Casa Blanca y ella sin darse cuenta, la que prometió en la campaña de 2008 que estaría despierta a las tres de la mañana por si era necesario ordenar el bombardeo de alguna zona que amenace la seguridad nacional —que es todo— de los Estados Unidos. Es la sociedad que votó por Obama porque encarnaba un cambio sociológico y de clase, pero que al final de cuentas Obama resultó un presidente típico del imperio expansionista porque ha mantenido la política militar en el medio oriente. La sociedad que quiere a Trump y a Hillary es la que frenó a Hitler pero no para encabezar una construcción de un mundo más justo sino para consolidar a los EE.UU. como el imperio a escala planetaria.

Por eso Trump y su lenguaje racista, bélico, expansionista, racial y hasta violento encabeza las votaciones republicanas, porque es el partido republicano que también ha empujado a Ted Cruz y a Marco Rubio con el mismo pensamiento exclusionista aunque sin los gestos agresivos de Trump, pero al final con la misma doctrina republicana. Y es la misma sociedad que avala el enfoque imperial, de seguridad nacional estadunidense y de expansionismo hegemónico de Trump aunque con lenguaje no agresivo porque el belicismo es de decisiones de poder, no para asustar a la gente.

Así que no hay que dejarse llevar por las pasiones nacionalistas. Trump   es una expresión social, política y moral del estado de descomposición de la sociedad estadunidense. Algunos se horrorizan porque amenazó con construir un muro en la frontera con México y declararle la guerra a los mexicanos si no pagan el muro, pero demócratas y republicanos han iniciado guerras absurdas: la de Corea, Vietnam, la invasión a Cuba, la invasión a Irak y Afganistán basados en información que la Casa Blanca sabía que era falsa.

Sí, en efecto, Trump ha sacudido las buenas conciencias. Pero Clinton y los dos Bush no fueron buenos con el mundo. Bush padre se forjó en la CIA, invadió Panamá y atacó a Irak; Bush hijo profundizó la guerra en medio oriente después de los ataques terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York; Clinton le prestó 50 mil millones de dólares a México para salir de   la crisis de 1995 pero embargó la factura petrolera y al final necesitaba los 100 millones de mexicanos como consumidores de la chatarra estadunidense. Obama quedó varado en Irak y Afganistán y es responsable de ataques múltiples a poblaciones civiles árabes con saldos de decenas de miles de inocentes muertos como daño colateral.

EE.UU.: “la mera aplicación de dolor no cuenta como tortura”

Pero la candidata demócrata olvidó que como senadora demócrata aprobó las leyes patrióticas de George W. Bush y luego como secretaria de Estado las revalidó en la práctica en el tema de autorización a militares y a agentes de la CIA a torturar a iraquíes para obtener información sobre terrorismo.

El tema de la tortura a detenidos realizada por militares y agentes de la CIA es en los EE.UU. un asunto de seguridad nacional. En mayo de 2004 el periodista Seymour M. Hersh reveló torturas a prisioneros de Abu Ghraib en Irak realizadas por militares estadunidenses y presentó fotos. El gobierno de los EE.UU. abrió una investigación pero exoneró en abril del 2005 a los militares torturadores.

Como esposa de un presidente de la nación, senadora, secretaria de Estado y ahora candidata, Hillary Clinton sabe de la existencia de manuales de tortura que aplica el ejército de los EE.UU. El primero data de 1963: Kurbark Counterintelligence Interrogation de la CIA para operaciones militares, incluyendo el camino para “llegar a ser un perfecto torturador”.

Luego se redactó el Human Resource Exploitation Training Manual de 1983 (Manual de entrenamiento para la explotación de los recursos humanos), también basado en técnicas de torturas militares a prisioneros terroristas. Los dos manuales fueron exportados a gobiernos autoritarios de América del Sur de 1983 a 1987. Las técnicas de tortura por parte de militares estadunidenses fueron convertidas en cursos de especialización a militares sudamericanos en la Escuela de las Américas en Panamá.

En 2002, como respuesta autoritaria a los ataques del 9/11 de 2001   el presidente Bush aprobó un memorándum para usar la tortura contra detenidos iraquíes y obtener información sobre actos terroristas en preparación. La tortura permitió la localización y asesinato de Osama bin Laden. Paradójicamente, de haber sido detenido, Bin Laden debió de ser liberado por la violación al debido proceso por la obtención de datos a través de la tortura.

En su libro de memorias, el director de la CIA en 1997-2004, George Tenet, reveló que las torturas “eran órdenes directas del presidente”. El periodista Bob Woodward publicó el dato de que el presidente Bush decidió no aplicar la Convención de Ginebra a detenidos y los declaró “combatientes ilegales”. El periodista Tim Weiner reveló en Legado de cenizas. La historia de la CIA que Bush firmó el 17 de septiembre de 2001 una orden ejecutiva de 14 páginas al director de la CIA para el arresto sin órdenes legales, el interrogatorio con tortura y cárceles secretas.

El responsable de la tesis de la tortura fue el subprocurador de Justicia John C. Yoo, quien afirmó en un documento que “la mera aplicación de dolor o sufrimiento” en realidad “no contaba como tortura porque la Convención de Ginebra asumía la tortura como dolor “severo” y él apoyaba sufrimiento.

De ahí que la candidata Hillary Clinton haya olvidado la aplicación de tortura por militares y agentes de la CIA en los EE.UU.: la paja en el ojo ajeno que olvida hipócritamente la viga en el propio; y si gana, México tendrá que lidiar con esa conducta imperial.

Así queTrump nodebe asustar; debe preocupar, eso sí, quelos EE.UU. hayan perdido el dinamismo constructor de la segunda guerra. La descomposición de su sociedad es responsabilidad de sus gobernantes demócratas y republicanos. Obama despertó la expectativa de la comunidad afroamericana y en ocho años gobernó para la estabilidad del sistema financiero de los blancos, a costa de multiplicar la pobreza. Y lo peor: Obama careció de grandeza para construir una nueva fase del ciclo social de los EE.UU. pero dejará una sociedad igual a la que heredó de Bush hijo: hundida en la crisis social. Pocos han atendido a un dato de esa ruptura social: el empleo ya no garantiza el retiro tranquilizador. No quiere decir que Trump sea igual a Hillary o al revés; hay que subrayar que los dos son producto de la sociedad estadunidense o el american way of life o modo de vida estadunidense basado en la explotación a escala mundial, la especulación sin controles y la codicia multimillonaria. Obama falló al no modificar el destino de los EE.UU. Y la tendencia adelantada de Trump en encuestas y primarias sería uno de los indicios más preocupantes del estado de ánimo agresivo de los estadunidenses. En esta dinámica disfuncional se explica a Bernie Sanders, el candidato socialista anti-Wall Street con buena tendencia de votos pero casi imposible de ganar la nominación demócrata.

En todo caso, la tendencia adelantada de Trump debe dar oportunidad para analizar el estado del mundo y la descomposición que no encontró el camino social viable después del fin de la guerra fría en 1989. Trump y Hillary sólo confirman que el mundo está en manos de oportunistas y no de estadistas.

Trump y la amenaza de risa del muro de los pasteles

El muro fronterizo que Trump va a construir y que costaría entre 5 mil y 10 mil millones de dólares —como se lo confesó Trump a Bob Woodward y Robert Costa, del The Washington Post—, estaría localizado del lado estadunidense y por tanto México no tendría justificaciones presupuestales para pagar una inversión en otro país. Y la amenaza de Trump de detener el pago de remesas implicaría una decisión imposible de instrumentar.

Lo que queda es la declaración de guerra que señaló Trump para obligar a los mexicanos a pagar el muro, la cual significaría una segunda guerra de los pasteles que Francia decretó en 1839 contra México por una cuenta de 60 mil pesos en pasteles y daños al restaurante de un tal Remontel, aunque el fondo era aprovechar el caos mexicano durante el santanismo para apoderarse de su economía. Y si hay guerra con de los EE.UU. contra México, ¿qué pasaría si la gana México?

La Guerra del Muro ha sido más bien un factor de campaña de Trump porque la frontera ya tiene varios kilómetros de muro que no han servido para detener el flujo de migrantes y en Europa han comenzado a construir muros —como el de Melilla, en España— contra migrantes africanos.

Lo que parece pasmar a los analistas estadunidenses es la convicción de Trump de que sí va a construir el muro. Woodward y Costa lo entrevistaron en abril y el aspirante republicano les entregó dos hojas manuscritas con el diseño de su estrategia de cobrarle el muro a los mexicanos.

Los dos periodistas del Post utilizan el sentido común para demostrar la irracionalidad de Trump: si México no paga el muro, entonces Trump como presidente de los EE.UU. deportaría a 11 millones de mexicanos ilegales y frenaría el flujo de remesas de mexicanos que envían a México y que constituyen el primer rubro de ingresos de divisas de la balanza de pagos mexicana; pero sin esas remesas, México entraría en una nueva zona de crisis porque frenaría su PIB sin remesas y entonces millones de mexicanos volverían a meterse ilegalmente a los EE.UU. en busca de empleo, con muro o sin muro.

Así, Trump no tendría muro ni migrantes enviando remesas ni dinero en México para pagar el muro y sí millones de más migrantes ilegales. Woodward y Costa dijeron: “¿puede alguien con un mandato tan risible de la aritmética básica ser un aspirante serio a la presidencia?”.

La indagación periodística revela que la oficina Goverment Accountability Office —Oficina de Responsabilidad Gubernamental— de los EE.UU. ha señalado la imposibilidad de realizar seguimientos de los dineros que inmigrantes ilegales envían a México a través de miles de casas de transferencia de dinero. De ahí la imposibilidad práctica del muro y el cobro.

Lo malo de todo es que la estridencia nacionalista de Trump le ha dado a los políticos mexicanos una bandera de nacionalismo oportunista, burdo y patético a Vicente Fox, Felipe Calderón o Jorge Castañeda y otros rasgándose la bandera nacional contra el molino de viento de Trump.

Sólo queda que los mexicanos se preparen para una segunda guerra de los pasteles.