Maupassant, entre el realismo y la locura

0
218

Es inevitable: al intentar reflejar la realidad el hombre la altera, incluso nada más al describirla pues esto implica razonamientos y, por ello, concepciones del mundo, enfoques parciales.

Lo mismo sucede en el arte que interviene en la realidad incluso cuando sólo pretenda retratarla, con el incentivo de comunicar (lo que sea, será acto subjetivo) porque en ese proceso transforma la realidad mediante la interpretación, vale decir, deviene concepto del mundo, cosa intervenida.

La interacción de las diversas y aún contrapuestas visiones de la realidad participan, en eso que desde entonces llamamos “opinión pública” de la construcción de la misma realidad en valores políticos, culturales y sociales, éticos y morales.

Así lo muestra la historia: reflejar la realidad verdadera ha sido también la intención del arte y una de sus corrientes lo expresó grandilocuente, soberbia y a veces procaz: “El realismo”; sus primeros exponentes, y más conspicuos, son la pintura y la literatura francesa de mediados del siglo XIX. Gustave Courbet fue el principal representante y “El taller del pintor” su emblemática proclama que, entonces, fue considerada obscena y sólo un intento del autor por vivir del escándalo a través de querer reflejar la realidad tal cual para cuestionar los valores de la época. El más destacado exponente del realismo en la literatura fue Honore de Balzac quien, como el pintor antedicho, expresó compromisos en favor de sectores populares, movimientos políticos y denunció a la hipócrita sociedad burguesa: por ejemplo, la obsesión por las apariencias que, sin embargo, no esconden la mundana y vulgar ambición, el desprecio por el otro: la riqueza que enaltece sobre el que no tiene y, digamos, la concupiscencia que los exhibe débiles, similares (o peor) a los demás, ante el apetito de la carne o tan ambiciosos que, precisamente, convierten su humanidad en carne para el mercado. Ese es el hecho, proclama el realismo y aunque dice no pretender enseñanza o moraleja alguna, su escala de valoraciones define costumbres delineando esmaltes de moral. Flaubert es otro exponente del realismo en esta perspectiva y, junto con él, Guy de Maupassant, el mejor cuentista de finales del siglo XIX y uno de los mejores en toda la historia, en mi opinión.

Maupassant vivió tan sólo 43 años, entre las telarañas de las drogas y el extravío de la razón, hasta el arbitrario abandono de la existencia. No obstante, el denuedo por escribir lo que veía hizo que, entre 1880 y 1890, escribiera alrededor de diez libros por año, cinco o seis novelas e innumerables cuentos; me detengo en éstos últimos porque son retratos de la época similares a daguerrotipos y fotografías, por su técnica escrupulosa, entre el realismo y el tinte costumbrista, y porque en esas pinceladas de palabras es frecuente que sobresalga la descripción de contextos sobre la historia narrada. Maupassant me remite a Courbet: meticuloso y preciso, verosímil hasta convertir el paisaje en fotografía o las vidas en historia, verosímil hasta la crueldad y, en ésta, la ironía, el desplante procaz y la revelación. El desnudo invitante de Courbet es similar al platillo que prefirió en vida Maupassant al considerar que la abstinencia del placer es parecido a condenarse a comer nada más ensaladas. Tan firmes fueron sus percepciones que así vivió, misógino en sus apetencias y en la soledad de los tormentos de la razón perdida.

El lienzo del escritor es amplio, está montado en el caballete de la vida habitual; narra como si estuviéramos contemplando paisajes costumbristas: ríos de gente yendo a las festividades, trajes azules, brillantes y almidonados parecidos a globos prestos al vuelo de los que salen dos brazos, una cabeza y dos piernas, la organización del rito que espera la muerte del viejo, preparar consuelos, viandas para los visitantes e incluso contener lágrimas para al momento fatal que dilata, tanto, que los anfitriones sienten vergüenza de quedar mal ante invitados y plañideras entrenadas, ante la indiferencia del viejo ocupado en la agonía. Me gustan los cielos de Maupassant: el grisáceo de tonalidades tenues iluminadas de azul en los bordes, horizontes sangrados de sol esparcido entre tilos corpulentos, jamelgos macilentos y patos angustiados que aletean en el canasto de la vendedora normanda campesina.

Guy de Maupassant construye atmósferas en detalles nimios hasta hacernos parte de las mismas. Las hojas secas crujientes por los pasos del soldado alemán que acabará a balazos la nostalgia de dos amigos pescadores; la mujer del guardabosques corta leña rodeada de una suave cortina de nieve que en el piso tiende una delgada alfombra de plata. El escritor esta en el detalle, en la puerta pesada de roble, la olla colgada al fuego para hacer la sopa o la angustiante espera del padre de dos mujeres desguarecidas de lobos y prusianos al acecho. También está en los sonidos: risas y bailes en “La casa Tellier” donde algunas prostitutas contentan corazones rotos o acompañan quijotes desolados y quienes, por los extraños caminos del destino, son miradas como vírgenes que dan la bienvenida a los niños que por primera vez comulgan acompañados de sus padres que también logran la redención del minuto entre los dedos del padre que deposita la hostia en la lengua y la mirada mustia. Entonces, en casi todos sus cuentos huele a furia normanda, sudor campesino, estiércol de vacas, bueyes y cabellos; también se esparce el olor a tierra y hierba cortada por la hoz. Es decir, huele a campo. En ocasiones también a miedo y en otras, franco el aroma como “El origen del mundo” de Courbet, a mar apaciguado que contiene en las entrañas un barco exangüe como las costillas de un becerro muerto. Silencio. En la atmósfera del mediodía se escucha el sutil oleaje, a la vista es un reloj de péndulo, lento e infatigable, y al sonido es similar a la respiración del señor que evalúa el accidente del barco para reportar a la compañía de seguros; es de mediana edad y, por azares de una historia que no les narraré, se encuentra atrapado junto con tres jóvenes mujeres y su padre, en alguno de los resquicios de la nave que no sucumbieron del todo a la profundidad del mar. La respiración es la que interesa, al menos a mí como lector de ese cuento, porque imagino cómo la contiene su dueño para simular a los demás e incluso así mismo que nada le pasa cuando es taladrado por la mirada de una de las mujeres, rubia hasta casi alcanzar el color del metal. Es el reloj de péndulo, el oleaje apacible y su respiración que ahora percibe la fragancia de la nuca y el cabello de esa damisela, debido al brusco vaivén del barco que depositó su espalda en el pecho. Creo que esa respiración lo acompañó toda la vida desde entonces, entre el hecho irremediable de nunca jamás volver a verla y la imaginación que lo hizo sentir suyo para siempre hasta el último de los días.

Con Maupassant la vida se sobrepone a los seres humanos, es decir, el diseño y los comportamientos son los mismos nada más que cambian de protagonistas. La realidad es como es, y su narrativa la refleja mediante la misma sobriedad, y a veces desesperante parsimonia, con la que reseña dos cuerpos inertes envueltos en sangre y color de mar. Quien no puede compartir la impotencia y por ello la furia de Maese Hauchecorne, difamado por agacharse a recoger un cordel y ser visto y denunciado cual vulgar ratero por quien encontró en el infortunio el motivo de venganza. Hiciera lo que hiciera Hauchecorne sería el escarnio del pueblo, vamos, aún cuando el ladrón auténtico confesara su fechoría, porque siempre habrá lugar para la suspicacia del tonto del pueblo que jamás será engañado por la confabulación del otro, condenado a perpetrar cualquier tipo de triquiñuela aunque ni se la imagine. “No hay nada que moleste más que ser mal mirado a causa de una mentira”.

Hay cierta ironía en el denuedo del escritor por apegarse a la realidad y los rasgos de locura que se asoma en algunos de sus últimos cuentos. Él mismo no sabía que eran escritos por el cerebro paulatinamente enfermo y su tesón por aferrarse al pensamiento como hace con la supervivencia la zorra que huye del cazador, como las manos heladas se acercan al fuego o el moribundo necesita un cigarrillo. Vaya paradoja, el realismo de Maupassant nos traslada al beso tibio que consuela al sufrimiento, a la polka animada por el whisky o al aroma de la entrepierna que Rosa, la prostituta alegre y locuaz, ofrece al hombre sentado en el tren cubriendo el rostro con su falda almidonada.

A la locura de Maupassant le hizo falta realidad del mismo modo que muchos de nosotros llegamos a necesitar la sublime locura como forma de enfrentar la realidad. A veces, hasta para modificarla; en el fondo eso es lo que hace la literatura, al ser el terreno de la imaginación infinita retrata y simultáneamente subvierte, la propia realidad. Nos transforma, tanto que hay personajes literarios con quienes tenemos más familiaridad y nos resultan más entrañables que los fantasmas con quienes a diario convivimos. Hoy, por ejemplo, hallo resguardo en la respiración del señor que nunca tuvo entre sus brazos a esa gacela a quien nunca más volvió a mirar en su vida.