Migración, Estados Unidos y la seguridad nacional de México

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El presente texto es parte del libro Operación Gavin, escrito por Carlos Ramírez en la década de los años 80. Reproducimos un fragmento con el fin de ejemplificar que el papel de los Estados Unidos en la región, Centroamérica incluida, no se ha modificado con el paso del tiempo. Nota del editor.

Los hechos no son gratuitos. Estados Unidos aumentó paulatinamente su caracterización de México como lugar clave de su seguridad nacional. Pero más aún, por efecto del avance político de la derecha mexicana y de la búsqueda de aliados y padrinos, la embajada norteamericana se ha convertido en parte importante del sistema político mexicano. En 1972,Daniel Cosío Villegas, apenas esbozaba el papel de EU y de la embajada en México. Como su propósito se centraba en las tres piezas claves del sistema político mexicano —el presidente, el PRI y el avance económico—, Cosío Villegas apenas le prestó atención a Estados Unidos.

Sin embargo, poco más de dos lustros después, la embajada aumentó su presencia. En un ensayo acerca de la evolución política de México en el periodo 1940-1984,50, el politólogo Héctor Aguilar Camín hacía un nuevo diagnóstico del sistema político mexicano y rebasaba el reducido esquema de Cosío Villegas. Aguilar Camín detectó ahora trece actores del sistema político de México, con dos más “cuya persistente ausencia en los análisis de la política mexicana sólo es comparable a su gravitación decisiva sobre ella: el ejército y la embajada norteamericana”. Redactado en el tono de notas para un libro que debiera escribirse sobre el sistema político mexicano, Aguilar Camín perfila el papel de la embajada norteamericana en México:

“El otro desparecido habitual de los análisis políticos, pese a la evidencia histórica de su participación activa y a menudo intervencionista en los asuntos de México, es la embajada norteamericana. Entre 1940 y 1984, las relaciones de México con Estados Unidos han cruzado por varias fases cuyos extremos son el acuerdo para la guerra de los años cuarenta y cincuenta —la guerra caliente y la guerra fría—, el tercermundismo echeverrista de los setenta y la política exterior activa iniciada por José López Portillo de cara al conflicto centroamericano que hoy se recoge con mayor moderación pero similar eficacia en las gestiones del Grupo de Contadora que encauza una negociación política al borde de la guerra Centroaméricana atizada por el reaganismo.

“La relación con Estados Unidos toca también una cuestión central que debiera revisarse a fondo… el tema del nacionalismo mexicano, que quiere decir, fundamentalmente, una lucha por conservar identidad y autonomía frente a Estados Unidos. El análisis de la relación (de México) con la embajada y con la Casa Blanca debería describir ampliamente la hilera no interrumpida de problemas que han definido en estos 40 años la relación conflictiva creciente con Estados Unidos: la caída de Arbenz en Guatemala —hecho poco estudiado pero de gran efecto preventivo en los gobiernos mexicanos de entonces—, la Revolución Cubana, la caída de Allende, el tercermundismo echeverrista y finalmente la política de potencia petrolera o potencia media desarrollada por López Portillo al filo de la revolución nicaragüense y la expansión del conflicto centroamericano. Este trayecto configura un cambio importante en la política exterior de México, que deja de ser una política defensiva y tiene que empezar a ser, por razón de los acontecimientos militares en su terreno inmediato, una política activa, de participación y compromiso, no de neutralidad y no intervención”.

Con John Gavin, la embajada de Estados Unidos en México se mostró más activa y el embajador estuvo, cada vez con mayor audacia, más presente en la vida política de México. En este aspecto, Gavin resultó un embajador a la medida de cierto tipo de intereses estadunidenses: precisamente aquellos que buscaban desestabilizar la vida política de México como una manera de sacar mayores ventajas para la estrategia estadunidense. No fueron rencillas y fricciones gratuitas —si acaso unas pocas, sobre todo las que tuvo Gavin con la prensa—, sino que se constituyeron en riesgos calculados, a decir de algunas fuentes políticas en Washington. Estados Unidos nunca buscó aniquilar a México o llevarlo al colapso, sino tan sólo hacerle evidente sus problemas internos y su dependencia de EU como una manera de distraerlo de su participación en Centroamérica y la ONU, y de alinearse hacia la derecha en asuntos domésticos.

Así las cosas, Gavin cumplió el mejor papel de su carrera: provocaba fricciones con sectores políticos y luego se replegaba; abría polémicas que le interesaban a EU y después dejaba que los mexicanos las siguieran entre sí; hacía más que evidente la dependencia de México de Estados Unidos y casi llegó a pedir agradecimientos públicos; provocaba debates en temas delicados que internamente desgastaban a la clase política; colocó a la política mexicana frente a un espejo y destacó los rasgos más nebulosos del sistema; enfatizó el resentimiento mexicano respecto a Estados Unidos y restregó públicamente errores históricos.

Fue más allá: además de polemizar sobre temas mexicanos con mexicanos como si él fuera un mexicano, el embajador de Estados Unidos se mostró públicamente con opositores de derecha al gobierno, los alentó en su lucha e hizo recomendaciones de política y de economía que iban en contra de la tradición del Estado y del sistema mexicano. Del primer punto, Gavin resultó el artífice del neopanismo como mayor triunfo político personal. Del segundo, el embajador llegó a provocar discusiones y debates internos acerca de las presiones norteamericanas para reprivatizar y abrir la economía al exterior. Paralelamente, el embajador se convirtió en el más duro e insistente negociador y promotor de la inversión norteamericana ante las autoridades mexicanas.

Y más aún: Gavin recorrió públicamente el país reuniéndose a la luz del día con autoridades y partidos de oposición. Llegó inclusive a supervisar algunas actividades de combate al narcotráfico de manera personal. Por si fuera poco, fuentes confiables dijeron que el embajador de Estados Unidos en México llegaba a solicitar audiencia a los jefes de las zonas militares de los Estados que visitaba, sin cumplir con los requisitos de comunicar sus propósitos y temas a la Secretaría de Relaciones Exteriores de México. Según la información, Gavin llegaba hasta las puertas de las zonas militares y solicitaba ver al jefe de zona. La primera vez sorprendió a los generales por su audacia, aunque nunca fue recibido; siempre se le decía que debería traer con él a algún funcionario de la SRE.

Pero Gavin siempre insistió. De hecho, el embajador apostó a dos cosas, seguras ambas: de un lado, a que, pese a los conflictos y pugnas por el mando único en la política exterior —primero con el general Alexander Haig y después con George Shultz—, Gavin siempre contó con el apoyo del presidente Reagan y del gobierno de EU hasta finales de 1985, inclusive en momentos en los que el propio embajador tomó decisiones propias como la de cerrar la frontera cuando el asunto del asesinato de un agente de la DEA en febrero de 1985. De otro lado, a que el gobierno mexicano nunca definió ni una política ni una estrategia ni un estilo respecto al trato con John Gavin y confió más en la relación personal de algunos secretarios de Estado con el embajador; así, el gobierno mexicano dejó hacer y deshacer a Gavin y, mejor, lo eludió, le dio la vuelta, lo criticó indirectamente, lo exhibió como el peor interlocutor y a lo más que llegó fue a permitir algunos conceptos irritantes del presidente del PRI —“imprudente”—, del canciller —“veleidoso”— y a sacar las castañas con la mano del gato cuando el subsecretario de Relaciones Exteriores pidió a la Cámara mexicana de Diputados un dictamen sobre el embajador.

Pero nada ocurrió en el fondo. Inclusive, cuando estalló la polémica con el presidente del PRI, el Departamento de Estado —no muy a gusto, por cierto— salió en defensa de su embajador. En pleno inicio de la Operación Gavin —como consecuencia de la candidatura republicana a la reelección para el presidente Reagan—, Gavin aceleró contactos con la oposición en el norte del país en agosto y septiembre de 1984 con vistas a las elecciones de julio de 1985 y aumentó el tono y el contenido de sus declaraciones enfatizando sobre todo el resentimiento histórico de México con EU y acreditándolo a una falta de madurez.

Ahí ocurrió una de las fricciones más polémicas del diplomático. El 19 de septiembre de 1984, el presidente del PRI, Adolfo Lugo Verduzco, criticó duramente “cualquier intervención en la política de México de parte de los señores embajadores acreditados ante el gobierno” y dijo que “algunas declaraciones del embajador estadunidense han sido imprudentes”. Lugo Verduzco reaccionó 19 días después de que el embajador Gavin había acusado al PRI de decir “verdades a medias” en cuanto a la presencia del PAN en la Convención Republicana de Dallas y evitar la mención a la presencia de priístas e inclusive del embajador mexicano en Washington, Jorge Espinosa de los Reyes, a quien Gavin calificó de “priísta distinguido”.

Gavin no soltó la polémica con el presidente del PRI. Al discurso de Guadalajara respondió con el calificativo de que eran “alegatos irresponsables”. “He decidido no responder por ahora a ninguna crítica que no esté fundamentada en hechos”, dijo el diplomático. Pero le llegaron refuerzos de fuera. El 26 de septiembre el Departamento de Estado dijo que “son totalmente infundados” los alegatos del presidente del PRI en el sentido de que el embajador norteamericano intervenía en política interna de México. “El embajador Gavin no ha trascendido los límites de sus responsabilidades”, dijo el vocero adjunto del Departamento de Estado.

Ahí paró todo… aparentemente. Pero sirvió esa fecha para detectar una nueva etapa de la ofensiva del embajador, quizá la más difícil y accidentada, porque se montó sobre acontecimientos delicados de la vida política nacional: el boicot turístico alegando inseguridad en las carreteras mexicanas a finales de 1984, la campaña de acoso por el asesinato de un agente de la DEA —oficina antinarcóticos de EU en marzo de 1985—, las elecciones legislativas de julio de 1985 y la crisis econó-mica de finales de 1985. El colapso petrolero y el rescate financiero de México en 1986 se montó ya sobre bases diferentes a las de Gavin, inclusive marginando al embajador de las negociaciones. Este hecho facilitó y apresuró la renuncia del diplomático en mayo de 1986.

Hacia finales de 1984, las relaciones entre el embajador y el gobierno mexicano eran más que tensas. El descontento de casi dos años de intervencionismo se trocó, francamente, en un choque abierto. Una nota del The New York Times registró este evento. Además de incluir algunos comentarios puntillosos de Gavin respecto a las críticas del PRI y a la petición de partidos y sindicatos de declararlo persona non grata, el corresponsal del diario norteamericano escribió la respuesta que había dado el canciller Bernardo Sepúlveda, un mes antes, a una pregunta concreta sobre las relaciones con Gavin:

“Bernardo Sepúlveda… elogió el ‘respeto mutuo’ entre el presidente Miguel de la Madrid y el presidente Reagan. Alabó el conocimiento que tiene el secretario de Estado, George Shultz, ‘de la realidad política mexicana, de las tradiciones políticas mexicanas, de la idiosincrasia mexicana, del nacionalismo mexicano y de todas las cuestiones que son importantes para México’. Habló del propio respeto de México por las instituciones políticas de Estados Unidos y de la no intervención como uno de los ‘principios esenciales’ de la política exterior mexicana. Elogió el ‘respeto indispensable’ del subsecretario de Estado, Langhorne Motley, por ‘las cuestiones propias de México’ y ‘el respeto, la comprensión y el aprecio’ por los asuntos políticos mexicanos de Harry Shlaudeman, enviado especial estadunidense”.

El diario remató: “marcadamente —y lo dijo un asistente posteriormente— Sepúlveda no mencionó a Gavin para nada”.

Gavin, por su lado, pareció no preocuparse mucho por este tipo de incidentes. Con el apoyo directo del presidente Reagan y el apoyo forzado del secretario de Estado Shultz, el embajador siguió su camino.

Entre fricciones y polémicas, afianzó alianzas e introdujo a Estados Unidos como un factor determinante en la vida política de México. Por más que algunas fuerzas políticas de Washington y México quisieron centrar la actividad del embajador, Gavin siguió desplegando la mejor actuación de toda su carrera: la del diplomático agresivo y eficiente para el esquema de la política exterior norteamericana. Para la Casa Blanca, lo que estaba en juego no era solamente la relación bilateral México-Estados Unidos, sino el papel de México en el exterior y la oportunidad estadunidense para introducirse, finalmente, hasta el centro mismo del poder político mexicano.

De ahí el papel de Gavin. Otra cosa fue, desde luego, aquella parte de su actuación como embajador que se le acredita a su personalidad. Sus fricciones con la prensa comenzaron desde el momento mismo de su nombramiento y aún como ex embajador tuvo por ahí dos o tres roces más con la prensa mexicana. No era, en realidad, una aversión específica contra la prensa de México, sino con la prensa en general, incluyendo a la norteamericana. Durante su gestión, según información recogida en fuentes fidedignas, Gavin tuvo problemas con los corresponsales del The New York Times, The Washington Post y The Wall Street Journal, entre otros. Gavin no dejaba escapar oportunidad para encarar a la prensa desde su posición de fuerza diplomática. En una ocasión, recién llegado, Gavin tuvo una conferencia de prensa con algunos corresponsales. Uno de ellos le dirigió una pregunta:

— Embajador —comenzó a decir el periodista norteamericano cuando fue interrumpido por el diplomático—, quisiera…

— Perdón —dijo Gavin, quien de hecho conocía al periodista por el medio que representaba, por su fama personal en México y porque ya había charlado en otras ocasiones con él; ahora parecía desconocerlo—, ¿cuál es su nombre?

El reportero se armó de paciencia:

— Alan Riding.

Gavin lo miró entre divertido y serio, esa mezcla demasiado estudiada en el ambiente artístico cinematográfico.

— ¿De qué periódico?, —preguntó el embajador. El reportero no perdió la paciencia:

— Del The New York Times.

Gavin volvió a retomar el hilo.

— ¡Ah!, ¿cuál es su pregunta?

Otra ocasión increpó duramente a uno de los corresponsales del The Washington Post porque en una crónica se refería a Gavin sólo como ex actor. De manera poco diplomática, el embajador le reclamó al periodista haber olvidado los títulos en historia de América Latina de la Universidad de Stanford que Gavin había logrado terminar a mediados de los cincuenta. Pero los periodistas extranjeros le tenían mucha paciencia.

Otros no. El corresponsal del The New York Times que sucedió a Alan Riding, un joven periodista llamado Richard Meislin, fue trasladado repentinamente a Nueva York a principios de 1986 y asignado a cubrir las fuentes policíacas, como un castigo. Compañeros de Meislin dijeron posteriormente que el embajador Gavin y un alto funcionario mexicano le había presentado “pruebas” al director del Times, Abraham Rosenthal, acerca de que las informaciones de Meislin sobre Centroamérica respondían más a los intereses de los grupos izquierdistas que a los intereses globales de Estados Unidos. Meislin permaneció unos cuantos meses en la fuente policiaca de Nueva York y después fue asignado a trabajos especiales.

Con la prensa mexicana fue más duro. Para Gavin, en México existía sólo “un periódico y medio”. “La ciudad de México —una megalópolis de aproximadamente 18 millones de personas— tiene por lo menos una docena de periódicos. La circulación total de todos esos periódicos es entre 500 mil y 800 mil, dependiendo de la cifra que ustedes acepten. Sólo alrededor de uno y medio de los periódicos puede ser llamado responsable”. Aunque Gavin manejó este punto de vista varias veces, nunca dijo que periódicos eran. Según algunos comentaristas, las preferencias de Gavin se dividían entre el periódico Novedades, de su amigo y socio Rómulo O’Farril, y El Heraldo de México.

En su afán por caracterizar a la prensa mexicana de tal manera que sus ataques, críticas y cuestionamientos no fueran aceptados del todo, Gavin destacó algunos de los vicios de la prensa y la enfiló en el conflicto Este-Oeste. En dos ocasiones por lo menos, de manera más que abierta, se refirió a ella. En agosto, al periódico The Houston Post le dijo que los periodistas mexicanos “estaban vendidos a Cuba y a la URSS” y afirmó que los gobiernos de esos países pagaban a periodistas mexicanos para que atacaran a Estados Unidos. Aunque la oficina de prensa de la embajada hizo algunas gestiones para disminuir el efecto de la acusación, posteriormente se publicó el texto íntegro de las declaraciones del diplomático y resultó que siempre sí había afirmado lo que negaba haber dicho.

La segunda acusación fue más seria. En su despedida de México, a mediados de mayo de 1986, impidió a la prensa mexicana estar presente en su último discurso en la Cámara Americana de Comercio, donde atacó a los periodistas y declaró que “toda la prensa mexicana” es corrupta y que mentía por dinero: “en Estados Unidos la prensa miente por convicción”, aclaró. Estos criterios dominaron el ánimo del diplomático para enfrentar a la prensa mexicana. En una ocasión, en una conferencia de prensa en 1985, el embajador recibió una pregunta por escrito y la consideró demasiado política. La leyó en público y pidió que el reportero se identificara.

— ¿De qué medio es usted? —preguntó el embajador.

— De canal 11 —respondió el reportero.

Gavin esbozó una sonrisa de conmiseración, arrugó el papel, lo tiró hacia atrás por sobre su hombro e ignoró al reportero y a la pregunta.

Lo mismo ocurriría en julio de 1986 cuando el entonces ya ex embajador tuvo que conceder una conferencia de prensa en Los Angeles —era flamante vicepresidente de la empresa petrolera Atlantic Richfield— para aclarar su referencia al ex presidente mexicano José López Portillo respecto a la corrupción, en las audiencias del senador Helms. Luego de intentar explicar que —de nueva cuenta— siempre sí dijo lo que decía no haber dicho y ante preguntas bastante calientes de periodistas mexicanos y californianos, Gavin terminó abruptamente la conferencia de prensa y no permitió más preguntas. Pero no dejó pasar una oportunidad. Se acercó al corresponsal del periódico Excélsior, medio con el cual tuvo algunas fricciones durante su estancia en México y le preguntó en español:

— ¿Usted es de Excélsior? —este periódico era el que había destacado las declaraciones de Gavin ante el comité del senador Helms y había publicado la carta de protesta de López Portillo.

— Sí, —respondió el reportero, intentando apenas una sonrisa. El ex embajador dijo en inglés:

— Debía estar avergonzado. Y se fue.

Pero no todo fue rencillas con la prensa mexicana, Hubo excelentes relaciones con el consorcio Televisa y con el periódico Novedades. Inclusive, llegó a influir en el ánimo de su amigo Rómulo O’Farril Jr. para cambiar al director y la línea editorial del periódico The News, publicación diaria en inglés del grupo “Novedades”. Según Gavin, The News atacaba los intereses norteamericanos en la política exterior y se alineaba más a los intereses mexicanos. Según una versión del The Christian Science Monitor, Gavin logró sus propósitos de influir en la línea editorial del diario e imponer la defensa de la estrategia de EU.

Pero no todos fueron malos ratos y triunfos pírricos. Una tarea que se echó a cuestas —y que puede identificarse como parte de su misión en México— fue la de construir, consolidar y proyectar alianzas políticas que beneficiaban al juego exterior de EU. Aprovechando debilidades, disciplinas y el nuevo espíritu tecnocrático del PRI, Gavin se lanzó de lleno a acicatear a la oposición de derecha y a darle virtualmente el beneplácito norteamericano. Primero sentó en una misma mesa a diferentes y desconocidas entre sí corrientes conservadoras y después amarró esa alianza. Así, el grupo PAN-empresarios-iglesia conservadora en su versión de neopanismo pudo alcanzarse con el estímulo de Estados Unidos y la embajada de EU en México.

No son apreciaciones infundadas. Según tareas que se fijó para sí la política exterior de Estados Unidos como una forma de recuperar el liderazgo internacional y sobre todo en las regiones en conflicto —como Centroamérica—, el Consejo Nacional de Seguridad decidió trabajar con la oposición conservadora de países que le interesaban a Estados Unidos. En esa línea se ubicó posteriormente la creación de la Unión Democrática Internacional o Internacional Conservadora y el Fondo Nacional para la Democracia, organismos estos alentados y sostenidos por el Partido Republicano de EU. No por menos, también, esta estrategia de Gavin estuvo conducida por el CNS a través de la personalidad de Constantine Menges, encargado de asuntos latinoamericanos de ese organismo de la Casa Blanca.

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