Juegos de la infancia

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Si cada época tiene consigo sus propias ilusiones, cada infancia tiene sus propios juegos. Por eso éstos últimos comprenden sitios y momentos específicos, instantáneas que permiten asomarnos a fragmentos de historia, que integra contextos y, entre los mismos, también costumbres. Y acaso ante todo: historias de niños y niñas que, a pesar de todo, documentan la confianza en el ser humano.

Hay juegos clásicos que abarcan a varias generaciones en el mundo entero, en las primeras décadas del siglo pasado, el futbol por ejemplo, desde finales del siglo pasado en Inglaterra para todo el orbe, pero aún mucho antes andan muñecos de trapo, juegos de té o enseres que participan del sortilegio lúdico. También los albores del siglo pasado mostraron raudos ferrocarriles eléctricos y castillos que, entre los veinte a los cuarenta sobre todo, emulaban las proezas del rey Arturo. Desde luego hay que tener en cuenta los soldados de plomo que representaron la Primera Guerra Mundial y a los combatientes de plástico que representaron la Segunda o los de juguete de ese material que protagonizaron la llegada del hombre a la Luna, cuando el Apolo 11 salió de la Tierra el 16 de julio de 1969 y llegó a su destino cuatro días más tarde. (Sí, contra lo que se diga, el hombre llegó a la Luna. Ah, y la Tierra es redonda)

Aquellos juegos son clásicos de todos los tiempos, como los de mesa; el Ajedrez data del siglo VI y casi todos coinciden en que fue concebido en Asia, u otros de menos tiempo como las Damas Chinas que no fue inventada en el país al que nos remite su nombre sino en Alemania. El Dominó sí fue inventado en China a mediados del siglo XIII y el Juego de la Oca en Italia, a mediados del siglo XVI; ah, y también está la baraja, creada en China también, en el siglo XII, desde donde surgieron las versiones inglesa y española. Desde luego que los entretenimientos de mesa antedichos son más adecuados para adultos que para niños aunque varios de ellos también atrajeron el gusto infantil (todavía lo hacen) igual que la Lotería por ejemplo, en su versión mexicana, y la Matatena o las Damas Inglesas.

Los años sesenta y setenta del siglo pasado registran toda una época, a caballo entre las historias de la radio, los cómics y la televisión, así como los juegos en la calle, colectivos e individuales. Entre los segundos la resortera o la liga acompañada de parque, o sea de cáscara de limón o naranja, entre los primeros están las llamadas “tamaladas” que consistía en un grupo de niños entrelazados por entre las piernas mientras otros saltaban en sus lomos hasta que alguno caía, el Burro 16 (“Cuatro jamón te saco y te lo embarró en el sobaco, ¿no quieres un taco”, decía un niño a otro que estaba fletado -agachado- mientras deslizaba la mano entre su humanidad trasera), las “Coleadas”, una fila de niños corriendo dando vueltas en zig zag hasta que el último volaba por todos los aires y las “Cebollitas”, un curioso divertimento que consiste en niños sentados detrás de otros mientras uno de ellos jala hasta arrebatarlo de otros (ese juego me gusta hasta la fecha pero sin la ruindad de que alguien desprenda de mis brazos a quien yo sujete por detrás).

Las “traís” son un clásico de todos los tiempos. Tanto como el trompo, el Yo-yo y las canicas. (Poco después llegó el “resorte”)

Me parece que los sesenta y setenta fueron las últimas décadas en que los niños podían andar en la calle (aún con la cautela frente a los “robachicos”), en las grandes ciudades del país. No sé si ahora se juegue, como antes, al bolillo –un pedazo de madera que hacíamos surcar los aires para luego golpear con un palo–, el bote pateado o los famosos avión y “declaro la guerra en contra de… (no sé, la prensa fifi por ejemplo). Hablar con la letra F también era divertido: (“Tofoñofo, ¿vafas a fa safa lifir afa jufugafar”). Fueron los tiempos de las luchas, sobresalientes en la Arena Coliseo de la calle de Perú en el centro del Distrito Federal, donde brillaron El doctor Warner, Rayo de Jalisco o Mil Máscaras entre otros y que en el cine, como Santo y Blues Demon, potenciaron su fama; en aquellos años comprar los muñecos que los representaban en plazas o mercados era algo de lo más emocionante para el público infantil (yo me amarraba una toalla en el cuello para emular a Batman).

Claro que, además, ya era palpable la influencia de la televisión y lo mismo podría jugarse a la Avalancha con un pedazo de madera y ruedas de balines, que portar la máscara de alguno de los luchadores mencionados además de Ultraman o Ultraseven. La mercancía chatarra también tenía su encanto no solo porque los Submarinos o los Twinky y los Gansitos eran muy ricos (al menos para mí) sino porque llevaban consigo carritos de plástico para armar, algún personaje de los Picapiedra o un pequeño helicóptero en el caso del Gansito. Había distintas opciones para jugar y ya se divisaba a principios de los setentas, en las farmacias, el juego de tenis o el Pac-Man en unas muy raras pantallas con el fondo negro. El caballo de cerámica o fibra de vidrio era, pese a todo, algo de lo más concurrido en aquellas boticas. Ah, y alrededor de las papelerías jugar volados o tapados, la suerte con una moneda, vamos, para reunir la mayor cantidad de estampas posibles, de los superhéroes de Marvel o DC, las estrellas de Siempre en Domingo o los personajes de Hanna-Barbera. Tuvo un éxito atronador el rompecabezas de King Kong por aquellos tiempos en los que Jessica Lange nos implicó alguno de los primeros tentaleos propios a la salud de alguien que, como ella, concentraba las expectativas soñadoras.

No olvido la ballesta, un palo que en el extremo tenía varios nudos que situaban otros dos pedazos de madera aprisionados por ligas y un clavo en el otro extremo para lanzar corcholatas a diestra y siniestra (se llamaron corcholatas porque tenían una delgada pared de corcho aunque ya luego, sin él comenzó a llamarse ficha, las fichas de Coca Cola y Pepsicola eran famosas por los dibujitos que tenían ahí y que, al menos en la tierna infancia, tenían la función de los Cronopios de Cortázar).

Ah, los juegos, y las marcas. Trenes de Scalextric, carros de metal Lili Ledy y los juguetes Mi alegría, entre tantos y tantos. Pero entre todos los juegos yo me quedo con los siguientes:
Para explicarlo, le pido a uno de ustedes que se agache poniendo sus manos en las corvas y la cabeza entre las rodillas. Otro de ustedes desprenda el anillo de la mano y rodeado de otros tres o cuatro compañeros, juegue el anillo en la espalda de quien está agachado y canten juntos: “El anillo está en la mano, en la mano del señor, el que ni me lo adivine, adivine será…”. El otro juego entre mis preferidos consistía en dos filas de niños y niñas de frente, pongamos seis en cada lado y en medio los más grandes. Uno canta mientras sus compañeros avanzan y los del frente retroceden poco a poco: “Amo ato, matarilelireló…”; “¿Qué quiere usted, matarilelireló”, y así hasta que al elegido que era un paje lo hacían chicharrón o eso cantaban los niños en una rueda hecha por ellos, así como la rueda de San Miguel o el ¿Lobo estás ahí?

No hay tiempos mejores, creo, no al menos ahora para quienes desprendemos el olor del pasado con los regaños de viejo. Incluso en más de un sentido, la actualidad es mejor. Estos tiempos digitales también son fascinantes, en particular para mí los juegos colectivos a distancia a través de una pantalla, por ejemplo. De lo que sí estoy seguro es de que jugar por jugar siempre genera el reposo del alma y templa en la alegría el reconocimiento de la falta que nos hace el otro para decir nosotros.

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