La ciudad santuario de Amieva

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Apoyado en los convenios firmados con organismos internacionales de ayuda humanitaria, José Ramón Amieva presumió ayer la reafirmación de la capital como ciudad santuario y ordenó dar salud, trabajo y hasta programas sociales a migrantes hondureños.

Qué bueno que el jefe de Gobierno se preocupe por los centroamericanos que vienen en caravana rumbo a Estados Unidos y que procure cobijarlos, faltaba más, ¿pero qué no primero tendría que cuidar la casa?

Porque no hace falta que lleguen refugiados para reafirmar que la CDMX es una ciudad santuario; eso cualquier capitalino lo sabe.

Claro que la capital es una ciudad santuario, pero para los delincuentes que hacen sus fechorías y las autoridades son incapaces de garantizar la seguridad de sus habitantes.

También es un santuario para los microbuses y taxis pirata, que son dueños de las calles, las banquetas y los espacios públicos, en detrimento de los ciudadanos.

Ni qué decir de que es un santuario para los vendedores ambulantes, vagoneros, franeleros y coyotes que ofrecen acelerar trámites públicos afuera de las oficinas.

En esta ciudad santuario no podían quedar fuera los narcomenudistas, extorsionadores, cobradores de derecho de piso ni los funcionarios que se llenan de dinero los bolsillos y nada les pasa.

Por supuesto que es una ciudad santuario para los motociclistas de Tránsito que acechan a los automovilistas para sacarles dinero.

Y ni qué decir de una ciudad santuario para los punketos, darketos y demás “ketos” que, cada que se les antoja, se ponen un pañuelo en la cara y destrozan lo que quieren, roban como quieren y nada les pasa.

Para los maestros holgazanes que, cuando se les ocurre, vienen a esta ciudad santuario a  apoderarse de las calles, orinar los parques, los monumentos, cerrar las vías rápidas, bloquear el aeropuerto y, lejos de contenerlos, reciben apoyo humanitario.

Es santuario para el propio Amieva, por el que nadie votó y que, sin ningún mérito, dirige el destino de la capital del país implorando que acabe el sexenio para irse y dejar el cargo, pues el pánico le impide tomar decisiones.

Desde luego, es santuario para la nueva “clase política” de los morenos, que son los mismos pillos que cuando portaban la camiseta del PRD, pero que la capital les dio la oportunidad de lavarse la cara y pasar como santos bajo las siglas de Morena.

Santuario para varios colombianos y venezolanos —no todos, claro— que vienen a formar bandas para robar residencias casi cada fin de semana y afectar la tranquilidad y el patrimonio de los capitalinos.

Pues qué bueno que a Amieva le enorgullezca su ciudad santuario; ¡bravo!, habría que juntar llaves de cobre para mandarle a hacer un monumento por tan importante aporte.

No es capaz de hacer nada por los capitalinos, pero sí se llena la boca ordenando brigadas médicas, trabajadores sociales y educadoras para dar a los migrantes trabajo, alimentación, pernocta segura y hasta enlistarlos en los programas sociales.

La CDMX no es una ciudad santuario, sino una ciudad paraíso; que les pregunten a sus habitantes.

CENTAVITOS…  Los diputados de Morena pidieron en el Congreso de la CDMX reducir en 50% las prerrogativas a los partidos políticos, lo cual estaría muy bien si no fuera porque no lo habrían propuesto cuando no eran mayoría ni tenían el Gobierno, por la sencilla razón de que desaparecerían. La intención de los morenos es exterminar a los partidos de oposición y quedar como partido casi único, como bien lo señaló el diputado perredista Víctor Hugo Lobo. Mañosos.